Se acuerdan de aquellos rugidos...? No, no les hablo de los leones de San Mamés sino de aquella historia de hace más de veinte años, cuando Bilbao se convirtió, por unos días en un circuito urbano. Recordemos lo que pasó.
El Circuito urbano automovilístico de Bilbao fue un sueño que se hizo realidad en julio de 2005 con una prueba de la World Series by Renault y la Eurocopa de Fórmula Renault. Eran 4 kilómetros trepidantes donde la velocidad se coronó reina.
Hubo un fin de semana en el que Bilbao decidió escuchar el rugido de los motores como quien abre la ventana para dejar entrar el mar. Era julio de 2005 y la ciudad, acostumbrada al hierro, al fútbol y a la lluvia que pule la memoria, se convirtió por unos días en un circuito urbano. No un circuito cualquiera: el primero y único que la capital vizcaina ha conocido hasta hoy, trazado sobre sus propias arterias, como si las avenidas quisieran recordar que también podían latir a 200 kilómetros por hora.
La World Series by Renault y la Eurocopa de Fórmula Renault desembarcaron en un escenario que parecía improbable años atrás. Donde antes se hablaba de reconversión industrial y de grúas dormidas en la ría, de pronto había chicanes, pianos rojos y blancos y tribunas improvisadas. Bilbao, que ya había empezado a reinventarse con acero y titanio, se probaba ahora el casco y los guantes.
El circuito urbano fue una anomalía fascinante. No se trataba de un recinto cerrado ni de un autódromo clásico; era la ciudad misma convertida en escenario deportivo. Las calles habituales se transformaron en un trazado técnico y exigente, delimitado por barreras de seguridad, pancartas y el rumor expectante de miles de espectadores.
La experiencia tenía algo de fiesta popular y algo de experimento urbano. Los bilbaínos caminaban por su ciudad reconociendo esquinas conocidas convertidas en curvas rápidas, rotondas transformadas en puntos estratégicos y rectas que, por un fin de semana, dejaron de pertenecer al tráfico cotidiano para entregarse al espectáculo.
Los coches de la World Series by Renault aportaron el glamour tecnológico: monoplazas estilizados, mecánicos concentrados como cirujanos y pilotos jóvenes con la mirada fija en el asfalto. La Eurocopa de Fórmula Renault añadió la energía de las promesas emergentes, creando una atmósfera donde la velocidad convivía con la esperanza de descubrir futuras estrellas del automovilismo. El nombre de Kubika, el piloto que corría con una estampa del Papa Juan Pablo II, era un ejemplo claro.
El circuito urbano tuvo un impacto que fue más allá del cronómetro. Hoteles llenos, terrazas desbordadas y comercios atentos a una clientela distinta marcaron aquel fin de semana. La ciudad vivió un ensayo de turismo deportivo que ampliaba su imagen internacional, ya transformada por el efecto Guggenheim y por la apuesta por grandes eventos.
Hubo también debates inevitables: el coste económico, las molestias al tráfico, la complejidad logística, el ruido en la ciudad. Como toda irrupción inesperada en la rutina urbana, el circuito dividió opiniones. Algunos lo vieron como un símbolo de modernidad; otros, como una extravagancia difícil de repetir. Pero incluso quienes lo cuestionaron reconocieron que durante unos días Bilbao había mirado hacia el mundo con una mezcla de curiosidad y orgullo.
El circuito urbano fue un episodio breve, casi una nota al margen en la larga historia deportiva de Bilbao. Sin embargo, su existencia reflejó una tendencia más amplia: la voluntad de la ciudad de diversificar su relación con el deporte y con los grandes eventos internacionales.
La tradición futbolística convivía con nuevas propuestas: maratones urbanos, competiciones ciclistas, eventos náuticos en la ría y espectáculos deportivos que buscaban proyectar una imagen moderna y dinámica. Bilbao aprendía a narrarse a sí misma no solo como capital industrial reconvertida, sino como escenario capaz de acoger disciplinas diversas.
El automovilismo, aunque efímero en su versión urbana, dejó un recuerdo persistente. Demostró que el espacio público podía transformarse en escenario deportivo sin perder su identidad. Mostró también que la ciudad tenía capacidad logística y cultural para asumir desafíos complejos. Después de aquel julio de 2005, el circuito urbano desapareció con la misma rapidez con la que había surgido. Las calles volvieron a su ritmo habitual, los semáforos recuperaron su autoridad y los vecinos volvieron a caminar sin escuchar motores de competición. El legado fue más simbólico que permanente. El evento reforzó la imagen de una ciudad abierta a la experimentación deportiva y cultural. También dejó una enseñanza: el deporte puede ser un laboratorio urbano donde se mezclan identidad, espectáculo y proyección.
Quizá lo más valioso de aquel circuito fue su carácter irrepetible. Como ciertos veranos que solo ocurren una vez, como ciertos partidos imposibles que quedan grabados en la memoria colectiva, el circuito urbano de Bilbao fue un instante en el que la ciudad decidió probarse otro traje. Y aunque después volvió a sus hábitos cotidianos, durante unos días demostró que el asfalto también puede soñar, que todo es posible en una ciudad que se atreve.