En Bilbao, entre el murmullo constante del tranvía que serpentea por Atxuri y el paso de generaciones que suben y bajan hacia el Casco Viejo, hay un lugar que parece casi un latido íntimo de la ciudad. No es la gran Plaza Nueva, ni ese ensanche que se abre con vanidad hacia la ría; la Plaza de la Encarnación es otra cosa: un espacio donde se cruzan historias, piedras centenarias y el bullicio cotidiano, como un libro desgastado que ha pasado siempre de mano en mano. Es Bilbao en la intimidad.

Estratégicamente situada junto a la estación de metro de Casco Viejo y casi a los pies del puente de San Antón, la plaza de La Encarnación fue renovada en 2009 para ofrecer 2 750 m² de espacio peatonal, pavimento multicolor, mobiliario urbano cuidado y una iluminación que le da vida propia al caer la tarde, cuando las sombras de los edificios parecen querer abrazar el pasado.

Si hay un protagonista absoluto en la plaza, ese es sin duda el Convento de la Encarnación, un conjunto formado por iglesia y claustro levantado entre 1513 y 1526 gracias a las donaciones de familias adineradas que anhelaban sepultura en sus naves y la bendición eterna de la orden dominica.

El Bilbao del siglo XVI consolidó su posición como el núcleo económico más importante del Señorío de Bizkaia, impulsado por un próspero puerto, el comercio de hierro y el mercado semanal. La villa experimentó un rápido desarrollo social y urbano, caracterizado por la construcción de casas palaciegas, la sustitución de madera por piedra y una expansión urbana que superó las murallas medievales.

La iglesia de la que les hablaba –impresionante guardiana del tiempo...– destaca por su portada renacentista, su nave única originalmente concebida para monjas dominicas, y ese silencio reverencial que solo el tiempo sabe ofrecer. A su vera, el claustro –con su arquitectura que aúna piedra y madera y una atmósfera de tranquilidad y sosiego soprendente...– recoge pinturas y esculturas que hablan de siglos de fe, arte y dedicación. Hoy acoge el Museo Diocesano de Arte Sacro de Bilbao, con piezas desde la Edad Media hasta el siglo XX que parecen susurrar secretos en cada sala.

La transformación de este convento en museo no solo es un acto de conservación, sino una evidencia del espíritu bilbaino: nunca dejar morir lo que merece ser contado.

La plaza no presume de grandes palacios, ni de grandilocuencias neoclásicas, pero su arquitectura modesta es absolutamente reveladora: los edificios que la rodean checan el paso del tranvía, escuchan cada conversación y sirven de respaldo a la vida vecinal. Renovaciones urbanas recientes han cuidado el arbolado ornamental y la integración con el parque de Hermanitas de los Pobres, conectando este espacio con la ribera humana más genuina de Atxuri.

Mientras caminas, a veces puedes imaginarte cómo era esta zona cuando las tribus que poblaban el viejo arrabal de Ibeni, que con el tiempo se conocería como Atxuri, cruzaban caminos hacia Castilla o su propio barrio de siempre.

¿Cabe pensar entonces que esta fue una tierra cargada de apellidos ilustres...? No. Aunque la plaza en sí no se cuente entre los epicentros de biografías de oro, Bilbao entero está sembrado de personajes que han hecho del Botxo un lugar intenso e inolvidable. Basta cerrar los ojos y dejar a la imaginación que vuele.

En este mismo tejido urbano nacieron o vivieron figuras como Miguel de Unamuno, el filósofo y escritor que tiene otra plaza en el Casco Viejo y que a buen seguro pasaría por La Encarnación, camino de su habitual paseo por Los Caños , o Blas de Otero, poeta de la palabra viva. Aunque ninguno de ellos nació literalmente en la Plaza de la Encarnación, su espíritu y el de otros bilbainos ilustres —desde artistas hasta deportistas o empresarios— palpita en cada calle, en cada esquina.

Una figura recurrente en la historia urbana es la de Casilda Iturrizar (1818-1900), filántropa cuya memoria sigue viva en el gran parque que lleva su nombre en el centro de la ciudad, así como en la propia conciencia de Bilbao como ciudad solidaria.

Y si bajamos desde la esfera de lo institucional a la vida de barrio, la memoria colectiva de Atxuri y sus plazas es una galería de rostros: tenderos que han visto pasar generaciones de familias, vecinos que recuerdan antiguas tertulias en los bancos de la plaza, o fiestas callejeras donde los jóvenes aprendieron, literalmente, a bailar bajo las hojas de los plátanos.

Si te paras un momento al atardecer, cuando esa luz dorada que solo el norte sabe dar tiñe las piedras, verás cómo la plaza se convierte en un teatro de miradas y silencios. Los vecinos se saludan, un ciclista pasa, quizá alguien acaricia la puerta de la iglesia como si buscara una bendición clandestina. Los bancos, la cervecera Lizarra, el Arandia de Julen, la música sacra que tiene allí su refugio, un ascensor cercano que salva obstáculos. Hay mucho de comodidades y disfrutes.

En Bilbao, donde todos parecen correr hacia algo —una charla, un partido, un museo o un pintxo— la Plaza de la Encarnación sigue siendo, para los que la conocen de cerca, ese lugar donde el tiempo se permite una pausa ligera. Aquí la historia no es monumental, sino humana. Aquí la ciudad se cuenta a sí misma en voz baja, con el coaxar de un pájaro, la risa de un niño y el eco suave de unos pasos que se dirigen a casa.