La realidad para muchas personas es llegar a un nuevo país con la única compañía de una mochila. Además de este objeto personal, no es raro que traigan consigo historias atravesadas por la guerra, la pobreza, la persecución o la necesidad de empezar de nuevo lejos de casa. En muchas ocasiones, el mayor desafío no es solo cruzar fronteras, sino encontrar un lugar donde sentirse acogidas. Precisamente ahí es donde Fundación Ellacuría desarrolla desde hace 20 años una labor silenciosa, pero profundamente transformadora, en Bizkaia.

Con sede en Bilbao, acompaña, sirve y defiende a personas migrantes y refugiadas con un objetivo claro: construir una sociedad inclusiva donde todas las personas puedan disfrutar de sus derechos en igualdad y participar activamente en la construcción del bien común. La entidad, vinculada a la Compañía de Jesús trabaja desde una idea sencilla pero poderosa: frente a la hostilidad, hospitalidad.

Construir hogar lejos de tu hogar

Esa hospitalidad no se queda en las palabras. Se traduce en redes de acogida, hogares abiertos, comunidades de apoyo mutuo y acompañamiento diario a personas que llegan muchas veces sin referencias, sin estabilidad y con enormes dificultades para reconstruir su vida. La fundación impulsa grupos locales de acogida, hogares acogedores y comunidades de hospitalidad que permiten generar vínculos humanos y combatir la soledad que tantas veces acompaña a los procesos migratorios.

Porque migrar no debería significar perder la dignidad ni sentirse invisible. Y esa es precisamente una de las grandes líneas de trabajo de la entidad: defender el derecho de todas las personas a ser reconocidas como parte activa de la sociedad, independientemente de su origen, cultura o religión.

La labor de Fundación Ellacuría también pasa por reconocer la diversidad como una riqueza colectiva. En un contexto social donde todavía persisten prejuicios y discursos excluyentes, la organización apuesta por construir convivencia desde el encuentro intercultural y el diálogo interreligioso. No se trata únicamente de acompañar a quienes llegan, sino también de transformar la mirada de la sociedad que acoge.

Para ello, la fundación desarrolla programas de participación social, acompañando el asociacionismo de personas migradas y fortaleciendo el liderazgo juvenil, a personas y grupos de acogida en los barrios, colegios... Especialmente importante es el trabajo con jóvenes migrantes, impulsando espacios donde puedan desarrollar capacidades, participar activamente y convertirse en agentes de cambio dentro de la comunidad.

La entidad también trabaja para fortalecer una gestión positiva de la diversidad cultural y religiosa, entendiendo que una sociedad más plural puede ser también una sociedad más cohesionada y más justa.

Detrás de toda esta labor hay un amplio equipo de personas voluntarias, socios, donantes y profesionales comprometidos con una misma causa: acompañar procesos de inclusión desde la cercanía y el respeto. Una tarea inspirada en el pensamiento de Ignacio Ellacuría, quien defendía la importancia de “hacerse cargo, cargar y encargarse de la realidad”. Una filosofía que la fundación lleva al terreno práctico cada día.

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Porque detrás de cada proceso migratorio hay una historia humana y una sociedad en construcción. Y porque, en tiempos donde el rechazo y el miedo muchas veces ocupan más espacio que la empatía, entidades como esta recuerdan que ninguna sociedad puede avanzar dejando a personas fuera.

Su trabajo no solo acompaña a quienes llegan. También es una llamada de atención al conjunto de todos sobre el tipo de sociedad que quiere construir: una basada en la indiferencia o, por el contrario, con la acogida, la dignidad y la participación compartida como sustento.