Bilbao. Se conocieron el día que el grupo AD/DC actuaba en Bilbao. Ander entró en el restaurante La Casa de Bambú y hubo flechazo. Conoció a Jue, una joven china que atendía en la barra el negocio familiar. "Empezamos a hablar, volví en otra ocasión, quedamos un día y hasta hoy". Así resume Ander Mirena Arrizabalaga esta historia de amor que surgió hace cinco años y que va dando sus frutos. Jue y Ander han formado una familia. Tienen un hijo, el pequeño Deng Yang, que va camino de los tres años, y esperan otro para dentro de unos meses. "Es chica", dice Jue, "o sea, que ya vamos a tener la parejita".
Jue Jin tiene 35 años. Habla perfectamente castellano, cosa rara entre la comunidad china. Pero Jue es lista. Por algo nació en Wenzhou, una urbe de más de ocho millones de habitantes al sur de China, cerca de Shanghai, que, según señala Ander, "los propios chinos dicen que es la ciudad de la gente lista y emprendedora". Siguiendo al pie de la letra esa definición, Jue salió de China con 20 años. "Había estudiado Arquitectura y veía que no había mucho futuro en aquella época, así que decidí salir del país", recuerda Jue. Pero no tenía claro hacia dónde debía dirigir su destino. "No sabía ni donde estaba España, y menos el País Vasco", confiesa. Comenzó a situar en el mapa la península ibérica en 1992 con motivo de los Juegos Olímpicos en Barcelona. Y el salto definitivo lo dio después de que su madre le comentara que en Alicante tenía una amiga que estaba trabajando. No lo dudó. Hizo la maleta y se trasladó ella sola hasta la costa mediterránea. Allí tomó la decisión de aprender castellano "porque era la mejor forma de progresar si quería buscar otros trabajos", dice. Se puso a ello y en pocos años se sacó el título en la Escuela de Idiomas.
Tras su estancia en Alicante, Jue fue reclamada por su familia, que había abierto un restaurante en Bilbao. Así es como descubrió el País Vasco. "Me encantó desde el primer momento y me gustó más que Alicante, no sé si por la gente o por el clima, que también me gusta", dice. Se asentó en la capital vizcaina y comenzó a compaginar la hostelería en el negocio familiar con las clases de chino. "Pero ahora solo me dedico a las clases", aclara, "porque desde que tuve el niño vimos que era muy complicado criarle y estar en el restaurante, así que decidimos dejarle la gestión del negocio a mi hermana". Jue imparte clases de chino mandarín en la academia Newton. Tiene alumnos de todas las edades, desde niños de 3 años a alguna persona de 60 años. "Estoy muy contenta", dice Jue, "porque me gusta dar clases". Además cree que ha acertado en la elección del trabajo porque "dicen que el chino es el idioma del futuro".
Un idioma que cultiva en casa ya que es lengua de comunicación con su hijo Deng. Será un afortunado porque el pequeño Deng y la hermanita que viene en camino serán trilingües, por lo menos. Su aita, Ander, se encarga de hablarle en euskera, lengua en la que también estudia en la ikastola de Gorliz, donde viven.
Ander y Jue son el mejor ejemplo de fusión de culturas, aunque haya sido fruto del amor, que todo lo hace más llevadero. "No hemos tenido ningún problema", dicen los dos al unísono, aunque ambos hayan crecido con costumbres muy diferentes. Jue está encantada con su familia política. "Mi suegra es el cielo, la quiero como si fuera mi madre", dice. Gracias a ese cariño, Jue se siente totalmente integrada. Tanto es así que cuando van a China, a la vuelta, en el aeropuerto de Loiu, Jue dice: "Ya estoy en casa". Ahora prefiere el País Vasco, aunque no acaba de acostumbrarse al poteo.