En el corazón del Casco Viejo hay un lugar donde parece que el tiempo apenas avanza. Primero en el número 22, luego en el 16 y ahora en el 15, la calle Belostikale lleva más de 125 años viendo cómo la Cestería Alonso sigue resistiendo, rodeada de mimbre y memoria.
Al frente de la tienda están hoy Itxaso y su hermano Aitor, quienes heredaron el oficio de su aita casi sin darse cuenta. “Para mi hermano y para mí es muy importante seguir adelante con este negocio, porque aquí empezó a trabajar mi aita desde pequeñito”, explica ella. La historia del negocio es, en realidad, la historia de su familia: su padre comenzó como recadista a los 13 años, aprendió el oficio y terminó haciéndose con la cestería, que hoy continúa en manos de sus hijos.
Durante años, el local fue también un punto de encuentro familiar. “Nosotros vivíamos en un pueblo, entonces veníamos el fin de semana a hacerle la visita a aita”, recuerda Itxaso. Aquellas visitas forman parte de una memoria que se mezcla con el propio comercio, con el olor del mimbre y el ir y venir de clientes que han cambiado con el paso del tiempo. Porque si algo tienen claro quienes están detrás del mostrador es que el negocio ya no es lo que era. “Ha cambiado mucho, según nos ha contado nuestra aita; antes se vendía más”, reconoce. Hoy, la realidad es otra: “Las ventas van bajando pero nos mantenemos como podemos”.
Cestas para setas: el producto estrella
Aun así, la tienda conserva sus clásicos. Las cestas para setas siguen siendo, sorprendentemente, el producto estrella. “Cuando es época pienso: ‘¿de dónde sale tanto setero?’. Es lo que más se vende siempre”, comenta entre risas. Junto a ellas, los cestos de ropa y otros artículos tradicionales continúan teniendo salida, manteniendo vivo un consumo que resiste frente a lo desechable.
Sin embargo, el contexto no es fácil. La proliferación de bazares y grandes superficies ha cambiado las reglas del juego. “En los bazares tienen cosas de importación que vienen de China. Nosotros también tenemos de esas, pero luego tenemos cosas que están hechas a mano”, explica. La diferencia, subraya, está en la calidad y en la durabilidad: “No se puede comparar. Estos, aunque son más caros, merecen la pena porque son para toda la vida”.
Esa defensa de lo artesanal es también una forma de resistencia. En un mercado cada vez más dominado por lo rápido y lo barato, la cestería apuesta por productos que requieren tiempo, técnica y tradición. Un modelo que se mantiene gracias a una clientela fiel, pero que mira al futuro con incertidumbre.
Un futuro incierto
El relevo generacional, clave en este tipo de comercios, no está asegurado. “Tengo una hija que no quiere seguir con esto, entonces no sé lo que ocurrirá cuando nos jubilemos”, admite Itxaso. Aun así, el valor simbólico del negocio es incuestionable. “Es un negocio único, es la única cestería que hay en Bilbao”. Una afirmación que resume tanto su singularidad como su fragilidad.
En un día como hoy, en el que la villa celebra el Día del Comercio Centenario, la Cestería Alonso no es solo un establecimiento más: es un testimonio vivo de la historia de Bilbao, un recordatorio de que aún quedan rincones donde el tiempo no se mide en prisas, sino en manos que tejen, trenzan y dan forma a una tradición que se resiste a desaparecer.