El mundo cinegético vasco y estatal despide a Juan Antonio Sarasketa Legina, fallecido este miércoles a los 83 años. Referente histórico de la caza y figura muy conocida en Euskadi, su muerte ha provocado una rápida reacción de condolencias por parte de distintas federaciones y asociaciones de todos los orígenes vinculadas al sector, que han trasladado públicamente su pesar a la familia: a sus hijos, Juantxi e Iñigo. El funeral se oficiará este viernes, a las 19.00 horas, en la basílica de Santa María de Uribarri de Durango. Presidió la Federación Vasca de Caza como también la Oficina Nacional de Caza, de la Real Federación Española de Caza. 

Nacido en Eibar el 20 de octubre de 1942, en el seno de una saga armera, Sarasketa resumía su origen con una imagen que repetía. “Nací encima de una fábrica de escopetas”, en referencia a la vivienda familiar de la calle Víctor Sarasqueta, vía en nombre de su abuelo. Esa infancia, marcada por el entorno industrial y cinegético, fue decisiva. “Travieso de niño” fue protagonista de una escolaridad irregular, con notas muy buenas alternadas con otras “garrafales”, fruto de una curiosidad constante que le llevaba a dispersarse. Con apenas 14 años protagonizó una de sus anécdotas más recordadas: se escapó de su colegio en Gasteiz. Volvió a Eibar en una muy pesada bicicleta que robó y recorriendo cerca de 65 kilómetros. 

Fue, asimismo, fundador de “la primera tamborrada de Eibar”. En paralelo, combinó estudios de peritaje mercantil con su afición deportiva, llegando a destacar como portero en el ámbito escolar y hasta categoría juvenil del Athletic. “No me gustaba, prefería ir con mi padre a cazar. Él quería que hubiera sido portero en el primer equipo del Athletic. Menudo disgusto le di”. 

Así, su relación con la caza se consolidó pronto. Acompañaba a su padre a Peñacerrada. Más adelante llegó su primera escopeta de 12 milímetros, sus salidas en moto para cazar y el servicio militar en Burgos como voluntario. En memorias recogidas por Javier Atxa recordaba cómo su apellido se asociaba ya entonces al mundo cinegético entre militares y compañeros, lo que “me aportaba ya una diferencia”. De padre eibarrés y madre de Ea evocaba a menudo a su esposa, Charo Arregui, “figura fundamental en mi vida”, así como a sus hijos. También fue una figura muy vinculada al comercio local y al tejido comercial de la villa, donde desarrolló buena parte de su actividad profesional y de sus terrenos produjo txakoli. Su pasión fue reconocida con premios y artículos.