Síguenos en redes sociales:

Sobrevivir al infierno

Miembros del cuerpo técnico, de la junta directiva y trabajadores del club rememoran el volcánico ambiente vivido hace un año en el Palataki la noche en la que el Surne Bilbao se proclamó campeón de la FIBA Europe Cup. Hoy les toca el segundo capítulo en Salónica

Sobrevivir al infiernoFIBA EUROPE CUP

El lanzamiento de papeles, el intenso olor a tabaco, el humo en el ambiente, el pabellón lleno desde dos horas antes del salto inicial, atronadores cánticos sin descanso, calor asfixiante, aforo sobrepasadísimo con infinidad de personas en las escaleras y accesos... Estos son los principales condimentos que dan forma a la experiencia Palataki, un infierno deportivo que el Surne Bilbao fue capaz de congelar el pasado 23 de abril para proclamarse campeón de la FIBA Europe Cup y al que regresa este miércoles, en esta ocasión en el duelo de ida de la reedición de una final de alto voltaje.

“Hay que vivirlo. Te lo pueden contar y te puedes hacer una idea en tu cabeza, pero hasta que estás allí y lo vives...”, recuerda Tryggvi Hlinason, pívot de los hombres de negro sobre una experiencia deportiva y sensorial tan intensa como incómoda y asfixiante por momentos por la hostilidad reinante antes y durante la contienda. Eso sí, tras el pitido final el conjunto vizcaino no tuvo problemas a la hora de dar rienda suelta a la alegría y celebrar como se merecía su histórica conquista.

Transcurrido un año, los que vivieron in situ aquella mágica noche en el Palataki mantienen muy frescos sus recuerdos. Es el caso, entre otros, de Christian Lambrecht, preparador físico del Surne Bilbao y la selección argentina. “Sinceramente, fue un ambiente que yo no había visto en mi vida. Llevo desde los cuatro o cinco años que me crié dentro de una cancha de baloncesto y en Argentina, que somos muy pasionales y lo vivimos con mucha sangre. Pero incluso así, yo nunca había estado en un ambiente como el de Salónica la temporada pasada en la final”, reconoce, destacando que “desde unas dos horas antes del salto inicial, que fue cuando llegamos nosotros a la cancha, el pabellón ya estaba completo en un 80 o un 90%, con gente animando y gritándonos a nosotros. A pesar de la hostilidad y de lo duro del ambiente, pudimos ganar el título y disfrutar de él. Fue algo que yo nunca había vivido”.

En su caso, lo que más se le ha quedado grabado es que “principalmente en el tercer cuarto estaba aturdido por los silbidos y por el ruido. Nunca había estado en una cancha en la que el ruido me llegó a aturdir, casi hasta el punto de lo insoportable. Coincidió cuando ellos nos empezaron a remontar en el marcador y apenas era capaz de escuchar a Jaume y a los muchachos. Fue algo increíble”.

CONTRASTES

Para Isabel Iturbe, presidenta de la entidad de Miribilla, la experiencia fue cuanto menos chocante. “Llegamos al pabellón después de una mañana estupenda de paseo espléndido por Salónica, con esa pura esencia mediterránea que tiene la ciudad. Después fuimos al Palataki y nos metieron dentro dos horas antes. Entonces empezó una especie de murmullo, empezaron a cantar, los cánticos empezaron a tener otro tipo de tono, el tono iba aumentando... E imagina en dos horas la cantidad de gente que iba llegando al campo. De ese ambiente tranquilo en la ciudad pasamos a una auténtica olla a presión”, señala.

A Iturbe le llamó poderosamente la atención que “en uno de los fondos estaba el público sin camiseta, a pecho descubierto, y estaban separados de la cancha por una red. Lógicamente todo el tema del lanzamiento de papeles llegaba sobre todo por parte de la grada lateral, pero los fondos los tenían hacinados, como encarcelados. Y hacía muchísimo calor. Y cuando empezó el partido, esos fondos seguían el partido de espaldas. Te recordaba a un tipo de público más de fútbol y de zonas más hostiles, muy diferente al tipo de afición que tenemos nosotros en Miribilla”.

Además, la presidenta pone el foco en otros aspectos que no le pasaron desapercibidos. “Dentro de la afición griega no había ninguna mujer. Además, al de cinco minutos de empezar el partido abrieron las puertas y de una capacidad de unas 9.000 personas que puede tener el Palataki pasamos a unas 12.000 o 13.000 personas en cuestión de minutos, con muchísima gente sentada en el suelo y en los accesos a las gradas ante la pasividad absoluta de los cuerpos de seguridad, que mascaban chicle, fumaban y veían pasar objetos como si fuesen moscas, les daba exactamente igual. Es otra cultura y una gran experiencia”, recuerda, destacando que los jugadores, por su parte, lo vivieron incluso con satisfacción: “Hablando con ellos después, lo vivieron en plan “qué maravilla, qué gran ambiente”.

OLOR A TABACO

Entre los que lo vivieron en primera línea de fuego destaca la figura de Jaume Ponsarnau. El técnico de Tàrrega rememora la experiencia completa. “Lo primero que recuerdo es llegar a un sitio viejo, con arquitectura absolutamente desorganizada, con poco sentido de dónde estaban los vestuarios y los accesos a la pista. Recuerdo muchísimo el olor a tabaco desde el mismo momento en el que entramos al pabellón, no tanto porque hubiese gente fumando sino porque el olor estaba ya impregnado en el edificio. Pero también me vino a la cabeza la historia que había en todo eso, ese momento de cuando eras niño y empezabas a amar este deporte viéndolo por la tele, esos partidos de los equipos griegos en Salónica que seguías y admirabas. Cuando sales a la pista, vives lo del lanzamiento de papeles. La primera sorpresa fue que no eran rollos de papel higiénico, sino de cintas de máquina registradora o lo que sea, que podían hacer un poco más de daño. Es sorprendente que a las alturas del siglo XXI en las que estamos pueda pasar eso, pero también le da un cierto encanto épico. Te das cuenta de que afrontas un reto trascendental, algo que habías soñado durante toda una vida. Teníamos el reto de estar fuertes ante estas sensaciones y lo logramos. Es algo que no olvidaré nunca”, expresa con emoción.

Uno de los ayudantes de Ponsarnau y leyenda del club, Javi Salgado, echó de menos no poder vivirlo desde la cancha vestido de corto y tener que hacerlo con traje y corbata desde el banquillo. “La primera sensación que me vino a la cabeza fue de envidia por no poder jugar ese partido. Les dije a los jugadores que me cambiaba por ellos sin dudarlo y además pagaba dinero por poder jugar ese partido, una final europea, con ese ambiente y ante un clásico como es el PAOK Salónica. Era todo increíble y sí que tuve un poco de envidia sana, la verdad”, afirma.

TENSIÓN

El de Santutxu recuerda que “era todo el rato una sensación de ambiente cargadísimo, la mitad del público sin camiseta botando y cantando todo el partido... Un ambiente muy hostil hacia nosotros, al principio del partido nos tiraban cosas, el lanzamiento de papeles... Se percibía la tensión con el público. Luego ya era el momento de tener concentración total con lo que pasaba en la cancha e intentar ayudar. Y al acabar, felicidad máxima por cómo fue y por cómo pudimos celebrar el título. Todo el mundo es consciente de lo difícil que es ganar un título, más para un club como el Bilbao Basket. Fue una noche maravillosa”.

Una persona que puede ofrecer una perspectiva distinta sobre aquella noche en el Palataki es Aitor Arrizabalaga, fotógrafo que acompañó al Bilbao Basket en esa noche histórica y que vivió la previa y el partido a centímetros, literalmente, de la cancha. “Lo primero que se me ha quedado grabado es la fuerza que había que hacer para que no te empujaran a pista durante el partido. Yo estaba en la línea de fondo, al lado de una canasta, y la fuerza que había que hacer hacia atrás para que no te metieran hacia dentro era impresionante. Yo no sé qué sobreaforo había allí aquel día en las gradas y abajo, alrededor de la pista. Exagerado”, destaca.

Te puede interesar:

EN VOLANDAS

Además, mantiene fresco en la memoria “lo que tardé en cruzar de una canasta a otra en el último cuarto. Yo tengo la costumbre de hacer los ataques del Surne Bilbao, pero al final, en los últimos cinco minutos, siempre me pongo en la canasta contraria porque así coges mejor las celebraciones. No sé cuánto pude tardar en cruzar por el lateral de la pista por la cantidad de gente que se acumulaba allí. Entre sillas, empujones, en volandas casi... Tardé por lo menos cinco minutos”. Además, Arrizabalaga siguió el partido con acompañantes especiales a sus costados: “Las toneladas de papel que lanzaron a a cancha y que después de retirarlas quedaron apiladas fuera. Te daba para apoyar allí la cámara”.