Es de noche, estás a la intemperie en una vía de tren abandonada, tienes un bote de pintura entre las manos y el corazón te va a mil por hora. De reojo, vigilas por si aparece una patrulla de policía. Esa mezcla de riesgo, nervios y ganas de expresarse es la cuna del grafiti para casi cualquiera que haya cogido un espray. Pero este sábado, en Basauri, esa energía se ha transformado en algo completamente distinto. Y es que, el Centro Cívico Basozelai ha abierto sus puertas para acoger una nueva edición de la Urban Festa, una iniciativa que desde 2012 demuestra la gran capacidad del arte urbano para unir diferentes generaciones y crear comunidad, convirtiéndose en una oportunidad única de aprender y conocer el mundo del grafiti.
Dando color a los muros ha habido desde grafiteros experimentados, que llevan desde el año 95 pintando, hasta jóvenes que acaban de coger sus primero esprays. Les separan muchos años de experiencia, sin embargo, prácticamente todos coinciden en una cosa: quieren mantener su anonimato. Iñaki (nombre ficticio), es un joven de 15 años que ha viajado desde Ermua a Basauri para "poder aprender de los mejores". "Me fijo en los que llevan muchos años pintando para poder mejorar mi técnica, es increíble poder ver de cerca cómo lo hacen", cuenta emocionado. En su día a día, reconoce sin rodeos que suele pintar de forma ilegal por las esquinas y los callejones de su pueblo. "A mí lo que me mola es la adrenalina, pasar esos nervios de que te puedan pillar", confiesa. Por eso, prefiere que nadie pueda reconocerle y opta por esconder su nombre.
Lo mismo pide Aritz, que lleva pintando desde el 95. Para él, pintar es una especie de terapia que le ayuda a desconectar. "Después de trabajar, hacer grafitis es lo que me libera y me ayuda a estar tranquilo", cuenta. Empezó a los 14 años y ahora, con 45, echa la vista atrás y recuerda cómo era el mundo del grafiti cuando pintó por primera vez. "Antes todo era mucho más cerrado, cosa de pequeños grupos. Para ver lo que se hacía tenías que buscar revistas fotocopiadas. Ahora con internet todo se sabe al instante", reconoce. Sin embargo, señala que "a pesar de haber cambiado muchas cosas, el grafiti sigue manteniendo su esencia". Aritz cuenta que con el tiempo ha ido modificando su forma de pintar. "Al principio te gusta hacer tu firma por todos lados, que se vea, pero tras tantísimos años en este mundo, lo que me gusta es dibujar, me da igual poner una cosa que otra, el caso es hacer", explica.
El espray como escuela de arte improvisado
Esa misma evolución la comparte Heros (nombre con el que firma sus obras), que ha viajado desde Zaragoza para no perderse la cita. Lo que empezó en 2009 como una travesura adolescente en fábricas abandonadas acabó prendiendo la mecha de su vocación. Y es que, eso le hizo descubrir un mundo que le apasionaba. Estudió Bellas Artes, diseño gráfico y ahora se gana la vida como tatuador profesional. "El grafiti te abre la mente", matiza. En el Centro Cívico de Basozelai, subido a un andamio, Heros deja libre su imaginación. "Empiezo con unas letras y luego voy creando sobre la marcha, voy improvisando", cuenta. A su vez, asegura que estar rodeado de más grafiteros ayuda mucho en la creación. "Nos vamos apoyando unos a otros, vemos lo que se va haciendo en los diferentes murales y eso da ideas y ayuda a mejorar", indica.
Y si de hacer comunidad se trata, solo hay que mirar alrededor. El ambiente es puramente familiar. Allí está Itxaso Loubet, que vigila atenta a su hija Ane, de 9 años. Es su primera vez en el festival. "Le encanta el dibujo y queríamos que viera de cerca que esto también es arte, que hay muchísima creatividad detrás", comenta Itxaso.
"Me encanta ver los muros llenos de vida cuando voy en el metro o en el tren; los grafitis dan personalidad a las ciudades"
Un poco más allá, Andrea Luengo ha acudido a disfrutar del festival junto a sus sobrinas, que llevan un año entero esperando a que llegue el día para poder ayudar a su primo. Lejos de ver el grafiti como una molestia, tiene claro su valor: "Le da una personalidad y una identidad única a cada ciudad. A mí me encanta ver los muros llenos de vida cuando voy en el metro o en el tren". Su hija pequeña, entusiasmada, lleva un año entero esperando a que llegue este día para poder ayudar a su primo a rellenar de color los bocetos del muro.
La esencia del grafiti
Aunque el servicio municipal de juventud ZirtZart y el colectivo Aztarnak Muralismo han conseguido ofrecer este espacio para disfrutar, la mayoría de los grafiteros experimentados reconocen que "si el grafiti se volviera legal, dejaría de ser grafiti. Perdería su esencia". "La tensión tiene que estar ahí siempre", reconocen. Cuentan que cuando con los años se acostumbran y van perdiendo esa adrenalina, tienen a buscar sitios nuevos y más difíciles para volver a sentir el gusanillo.
Aun así, aunque esa adrenalina sea la gran seña de identidad del grafiti, la otra cara de la moneda es, sin duda, el compañerismo. Por eso, la jornada de este sábado ha sido un gran empujón para este arte urbano que cada día tiene más adeptos: ha servido para darlo a conocer, para que los artistas se encuentren cara a cara y, sobre todo, para hacer piña y crear comunidad compartiendo lo que más les apasiona.