La despedida del curso en San Mamés resultó bastante más llevadera de lo que pudo haber sido, básicamente gracias a un resultado ajeno registrado en la jornada previa. El espectáculo no satisfizo y qué decir del marcador, el enésimo tropiezo en casa; la entrada estuvo por debajo de la media, la desbandada de seguidores comenzó antes de que finalizase el partido y se aceleró muchísimo en cuanto acabó, pese a que se procedió a homenajear a dos profesionales que atesoran una dilatada vinculación a la entidad. Este detalle y la generosa predisposición de la que, una vez más, hizo gala la afición evitaron en última instancia que el ambiente fuese lo agrio que el contexto seguramente reclamaba.

Pero sin duda el factor clave que explica la condescendencia de la grada hay que situarlo en el jueves anterior en Montilivi, donde evidentemente el Athletic ni pinchaba ni cortaba. Esta sería la única parte buena de no ser capaz de resolver uno mismo los problemas que su impericia le endosa: no siempre, pero en ocasiones el destino interviene a favor y difumina o directamente elimina la penitencia que se ha ganado a pulso.

Lo innegable es que el empate arrancado por la Real a costa del Girona sirvió para eliminar de cuajo el peligro que se cernía sobre la tropa de Ernesto Valverde. No es mentira que de haberse impuesto el Girona luego debía darse una combinación de marcadores muy improbable para que la peor de las hipótesis tomase cuerpo, ni es mentira que, además, a los rojiblancos les hubiera quedado la opción de sacarse sus propias castañas del fuego frente al Celta. No obstante, más vale no pensar en el peliagudo trance que hubiera planteado la visita del conjunto vigués sin tener de antemano amarrada la garantía de la permanencia. Al margen del imposible encaje de los actos preparados en honor del técnico y de Iñigo Lekue (menudo papelón para ambos), los noventa minutos hubiesen sido insoportables para todos y desde luego prohibitivos para corazones delicados.

Así pues, a pesar de asistir a otra demostración de mediocridad futbolística, apenas aderezada por las ganas de unos futbolistas que llevan excesivo tiempo instalados en el limbo, esto es, sin funcionar como su potencial les debería permitir, la sensación que prevaleció cuando el árbitro se largó con el balón bajo el brazo fue de alivio. Enorme alivio porque la fiesta había tocado a su fin y la próxima cita tendrá lugar bien avanzado el verano, un período suficiente para reponerse todos, los que van de corto y el resto.

Respirar tranquilos ahora, con la liga a punto de bajar la persiana, es la única compensación que depara la increíble trayectoria descrita por la plantilla de un Valverde que horas antes lamentaba especialmente, por la frustración que le había generado, el hecho de que “el equipo no se haya parecido a sí mismo”. Completó la confesión con “en algunos partidos”, un detalle benévolo hacia sus jugadores y hacia él mismo, puesto que en realidad son pocas las tardes o noches en que se ha visto al Athletic de los dos años previos. Apenas una docena de actuaciones de las cincuenta celebradas desde agosto hasta la fecha serían acreedoras a nota alta.

Irreconocible

Y el balance no va a dar más de sí, en el buen sentido, claro. Lo cual obliga a analizar con seriedad y rigor los acontecimientos del año en que Europa estuvo regalada como jamás había sucedido, ni probablemente vuelva a suceder. El Athletic ha ofrecido su peor versión, lo es atendiendo a los datos estadísticos, pero sobre todo pesa la imagen que ha ido dejando por donde ha pasado, y esto último significa haber fracasado por completo en San Mamés, escenario de la mitad de sus duelos.

Parece mentira, pero ha labrado su deprimente curso en casa. Solo ha sumado la mitad de los puntos disputados ante su gente, 30 de 57, y en total ha concedido 54 goles, más del doble que en la edición anterior del campeonato. Este par de apuntes ahorra mayores disquisiciones: imponerse en campo propio con regularidad y mostrar fiabilidad en defensa son, sin margen para la discusión, las dos premisas fundamentales a contemplar por cualquier equipo con unas aspiraciones perfectamente aquilatadas, asumibles. No se trataba de establecer metas sin sentido, pero sí de competir al nivel que esta plantilla puede, o en su defecto acercarse a eso.

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Ni de entrada ni sobre la marcha, derrumbarse y deprimirse eran opciones que se barajasen y sin embargo por ahí han ido los tiros. Para cuando saltó la alarma personal de Valverde, este se había quedado sin recursos que aplicar. Según sus palabras, hay que remontarse a finales del otoño para ubicar el ingreso en el estado de crisis. Si no se vio venir entonces fue porque estábamos pendientes de lucir palmito en la Champions. Es lo que vino a lamentar el entrenador, quien no acertó a pulsar las teclas adecuadas para revertir una dinámica que muere este fin de semana en el Santiago Bernabéu.

Y lo que son las cosas, todavía había quien elucubraba con Europa de vencer al Celta, como si el feudo del Real Madrid fuese una bicoca, o sea justo lo que nunca ha sido. Y el Athletic, incrustado en el revoltijo de la clasificación, mirando hacia atrás hasta el pasado jueves. En fin.