El último puerto del 'Bizikletero'

24.04.2021 | 00:52

Se han cumplido sesenta años desde que la Guardia Civil acribillara a tiros hasta la muerte a Javier Batarrita en un control en Bolueta. Su familia reivindica la memoria de compromiso político que les costó represión, exilio y silencio

El antropólogo Juan Luis Arsuaga suele decir que los países edifican su progreso sobre el olvido y, según su reflexión, así debe ser "porque, si estuviéramos constantemente mirando al pasado, sería imposible avanzar". Euskadi podría darle una masterclass a cualquier país del mundo en esta asignatura. Por un lado, el olvido es el pegamento social a través del cual la convivencia se ha ido sanando hasta convertir a esta sociedad, que durante tantos años fue empujada a buscar referentes de paz por el mundo, en un ejemplo; pero, por otro, implica la desaparición de vidas y huellas que nos han ido marcando. Olvidar exige menos esfuerzo que rebuscar recuerdos.

A día de hoy, es difícil encontrar en Bilbao alguien que sepa contar, aunque sea por aproximación, la historia de Javier Batarrita. Y el suyo no fue un caso anecdótico. Se acaban de cumplir sesenta años de uno de los crímenes más atroces del aparato franquista en Euskadi. Una sucesión de fatalidades, malentendidos, mentiras y casualidades desembocaron en un asesinato sobre el que el régimen de Franco enseguida echó paladas de silencio, mentiras y olvido. Y, durante mucho tiempo, logró su objetivo. Sin embargo, hoy la familia Batarrita reclama verdad histórica.

Javier Batarrita Elexpuru era en 1961 un vecino ilustre de aquel Bilbao en blanco y negro, pujante industrial y comercialmente. El Bilbao franquista. Llevaba una tienda de bicicletas y motos en las inmediaciones de Doctor Areilza. También era representante de la marca de motos Lube (Luis Bejarano) de Lutxana. Además, combinaba sus pasiones al dirigir el equipo ciclista de la misma marca. De hecho, había llegado a ser ciclista profesional. Incluso se codeó con una de las leyendas de la época, el italiano Fausto Coppi, cinco veces ganador del Giro y doble ganador del Tour. El nombre de aquel equipo (Lube) y de su director aún aparece en las webs que coleccionan datos arqueológicos del ciclismo de entonces. Loroño acabó fichando por él.

Una mañana de marzo, Batarrita partió de viaje hacia Gasteiz con otros dos compañeros de la empresa, con quienes tenía que cobrar unas facturas que estaban pendientes de pago, José Antonio Martín Ballesteros y Fernando Larizgoitia. En la capital alavesa, el encargado de una empresa llamó a la Guardia Civil para advertir de que había oído a tres individuos comentar unos supuestos planes para colocar bombas en empresas. El aviso encajaba en el contexto histórico: una incipiente ETA echaba a andar y cometía sus primeros ataques. De manera que la Guardia Civil dio credibilidad al comunicante y organizó controles estrictos en diversos puntos. Primera fatalidad: días después, el informante reconoció haberse inventado todo.

Uno de esos puntos de vigilancia se situó en el cruce de entrada a Bilbao por Bolueta, único punto de acceso, por aquel entonces, en el trayecto desde Gasteiz. El despliegue era monumental y lo integraban guardias, policías y hasta agentes municipales que habían llegado al lugar en taxi. Los investigadores franquistas manejaban ciertos detalles sobre los impulsores de ETA: uno de sus cabecillas era Julen Madariaga y solía moverse en un Peugeot 203 de color blanco. Segunda fatalidad: era casi igual que el coche en el que viajaban los trabajadores de Lube. Al llegar a la altura del control, el vehículo se detuvo tras recibir el alto y Javier Batarrita abrió la puerta. Ante él se plantó un guardia civil que portaba un fusil Mauser. Tecnología alemana importada por Franco. La escena derivó, primero, en incredulidad, y luego en desconcierto y nervios. José Antonio hizo el ademán de salir del coche y, en circunstancias que nunca se quisieron esclarecer, se abrió fuego contra ellos.

49 impactos de bala 

Del fusil Mauser sale un tiro mortal de necesidad que impacta en la cabeza de Javier Batarrita, cuyo cuerpo acaba recibiendo decenas de balas más. Al menos, 49 impactos, en un ensañamiento que ninguno de los implicados pudo justificar en el proceso posterior. Su compañero José Antonio cayó también gravemente herido y, aunque salvó la vida, quedó para siempre postrado en una silla de ruedas. Fernando, por su parte, logró milagrosamente esquivar los proyectiles, al parecer escondiéndose tras los asientos, y salió ileso. Ileso físicamente; porque jamás fue capaz de superar el shock causado por aquella carnicería. Las secuelas psicológicas le bloquearon de por vida.

Consciente de las consecuencias que aquel crimen podía tener para el vigor del régimen en Euskadi, el franquismo y sus encargados enseguida pusieron la maquinaria en marcha. Apenas una esquela en la prensa, sin detalles, y una nota en la que el asunto se definía como un trágico error, en el que las víctimas eran tres personas de "reconocida solvencia en medios comerciales bilbainos". La voz se corrió rápido por Bilbao y la asistencia al funeral de Batarrita fue muy numerosa, así que la maquinaria franquista orquestó un juicio militar en el que todos los implicados fueron absueltos, con el argumento de que no se podía probar quién había disparado en primer lugar. El asunto era tan delicado, que el fiscal presentó un recurso ante el Supremo. Tampoco sirvió de nada. Nadie pagó por la muerte de Javier ni las graves heridas y secuelas de José Antonio y Fernando.

A pesar del impacto social de aquellos hechos, el tiempo fue ocultando lo ocurrido y la memoria se fue desdibujando. Javier Batarrita estaba casado con María Antonia Gaztelu y, nueve meses antes del crimen, había nacido el único hijo del matrimonio, un bebé también llamado Javier. Del imaginario colectivo, hoy aún podemos rescatar el poema que le dedicó su amigo, Gabriel Aresti, Bizikletero: Nire laguna zen, nire lagun maitea; bizikleteroa, denon adiskidea, / ideologietan etzen inoiz sartu. / Bakean bizi zen mundu guztiarekin, / gorriekin eta berde eta zuriekin. / Orok estimazio handia zioten.

Sin embargo, el relato de Aresti no era del todo completo. Sesenta años después, y tras un homenaje organizado por Gogora, el Gobierno vasco y el Ayuntamiento de Bilbao, la familia Batarrita quiere rescatar su memoria, porque en aquellos apellidos hubo compromiso político, represión y exilio. El padre de Javier Batarrita descansa en Guéthary (Lapurdi), tras fallecer en Bidart en 1939, en el hospital La Roseraie, institución sanitaria dependiente del Gobierno vasco en el exilio. Antonio de Batarrita y Makoaga había sido concejal del PNV en Bilbao en 1931 y, tras la caída de la villa, huyó a Iparralde sin su mujer ni sus hijos. El negocio de licores, jarabes y vinos generosos que poseía en la Alhóndiga fue incautado por los sublevados.

Su compañera, Kontxa de Elexpuru, había sido directora de las escuelas municipales de Indautxu y dirigía la organización escolar del Gobierno vasco. Fue de inmediato depurada de sus cargos, cuidando en soledad de Begoña, Antón y Javier. Kontxa fue perseguida por la fatalidad ya que, cuando a su hijo lo mata la Guardia Civil, ella vivía en casa del matrimonio.

La rama familiar de los Batarrita muestra también a Fernando, teniente alcalde de Bilbao (1917-1919) y concejal de Hacienda, quien durante su cometido presentó la memoria para la creación de la Caja de Ahorros Vizcaína, que se conformaría poco después. Dos de sus hijos fueron también encarcelados durante el franquismo por pertenencia al PNV (Ignacio y Fernandi), y su viuda, Dolores de Araluce, hubo de exiliarse por ser viuda de un concejal nacionalista. De manera que la conciencia política de los Batarrita existía, y estaba claramente definida.

Romper el silencio 

 Aquel tiroteo de Bolueta dejó a un bebé sin padre, a una madre sin hijo y a una mujer viuda cuyos planes de vida saltaron en pedazos. Javier y María Antonia planeaban mudarse a Francia, desde donde le había llegado una oferta de trabajo y donde, quizás, podría cerrar el círculo de su familia. Vivió 32 años y, sesenta después, su historia empieza a reconstruirse gracias al empeño de las instituciones y de sus allegados, que durante tantas décadas han soportado la losa del silencio. El crimen, como hoy sabemos, fue una sucesión de casualidades, errores y, en último término, una ignominia más de un régimen que podía actuar con impunidad, sabedor, por aquel entonces, de que una nota en la prensa censurada y una esquela podían ser suficiente.

Entre la sucesión de casualidades está también que diez días después del sexagésimo aniversario de aquel tiroteo fallecía, a los 88 años de edad, Julen Madariaga, el miembro de ETA a quien, quizás, los policías del régimen buscaban con tanta saña, porque poseía un coche igual al que conducía Javier, con José Antonio y Fernando. Madariaga murió en su caserío de Senpere, apenas a diez kilómetros de distancia de donde, otra casualidad, reposan los restos de Antonio de Batarrita, el padre de Javier, represaliado del franquismo.

Pedalada a pedalada, se va subiendo el puerto de la memoria del Bizikletero, como le llamó Aresti. Era amigo de todos, sí, pero también provenía de una estirpe de personas comprometidas con el país y la democracia. Un padre muerto en el exilio, huidos, encarcelados durante el franquismo por ser del PNV, las posesiones incautadas por los sublevados, y él mismo acribillado en un control de carretera.

La verdad familiar e histórica es que Javier Batarrita no fue la primera víctima del conflicto, sino una más de una larga lista; ni tampoco un vecino de Bilbao sin conciencia. Su apellido marcaba.

El autor

Dani Álvarez

 

Lleva más de veinte años de trayectoria en radio y televisión, siempre en EITB Media. En la actualidad, dirige los informativos de Radio Euskadi.

Eskerrik asko

A Idoia de Larreategi y Batarrita y a Rafael de Batarrita y Urkiza por los testimonios e imágenes familiares facilitadas para la realización de este reportaje.

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