Un hallazgo histórico del periodista e historiador José María Esparza revela que la ikurriña, símbolo del nacionalismo vasco, fue exhibida por el propio Sabino Arana meses antes de la fecha que hasta ahora se consideraba su primera aparición oficial, el 14 de julio de 1894. La información procede de las Memorias de un Republicano 1808-1932, de Teodoro Galarza Arranbide, y ofrece “una visión inédita del nacimiento del nacionalismo vasco”, como subraya Esparza, demostrando que la bandera no surgió de manera aislada, sino en un contexto de interacción humana y política. Estas memorias fueron redactadas por Galarza en las décadas de 1940 y 1950 y han sido editadas recientemente por la editorial Altaffaylla, constituyendo un testimonio en primera persona de extraordinario valor historiográfico y costumbrista sobre la vida vasconavarra entre el siglo XIX y la llegada de la Segunda República.
El 18 de febrero de 1894, durante la recepción de los diputados navarros tras la negociación de los Fueros en Madrid, Galarza portaba la bandera republicana mientras una multitud de más de treinta mil personas vitoreaba a los representantes forales. Entre las numerosas banderas carlistas, liberales y conservadoras, observó a un hombre solo con un estandarte desconocido. Al acercarse y preguntarle a qué partido pertenecía, aquel joven le explicó que se trataba de la “bandera nacionalista” y que estaba finalizando el programa del recién creado Partido Nacionalista Vasco para darlo a conocer a los vascos. Se presentó como Sabino Arana y Goiri.
A lo largo de sus memorias, Galarza ofrece un relato minucioso de la vida política y cotidiana de Navarra y Donostia
Para Esparza, aquel momento constituye un verdadero fotograma histórico: dos banderas solitarias —la republicana de Galarza y la nacionalista de Arana— aproximándose en medio de un mar de estandartes decimonónicos, simbolizando el encuentro inicial de dos corrientes políticas llamadas a marcar el siglo XX vasco. Era, en palabras del historiador, el instante en que “dos nuevos paradigmas se reunían por vez primera, intentando superar el antiforalismo monárquico de la Restauración”.
Según el testimonio del propio Galarza, la ikurriña ondeó públicamente cinco meses antes de su presentación oficial. Como recuerda Esparza: “Los historiadores siempre dicen que la ikurriña ondeó por vez primera el 14 de julio de ese año, pero, según Galarza, Sabino la mostró en Castejón cinco meses antes. Una perla historiográfica más, de las muchas que contiene este curioso libro”.
Galarza no fue un testigo ocasional. Procedente de una familia originaria de Urdiain asentada en Tafalla, vinculada inicialmente al oficio de la botería, encarnó una trayectoria de movilidad social y compromiso cívico muy característica del liberalismo foral navarro. Liberal, republicano y foralista, defendió el comunal, se opuso a la guerra de Marruecos, fue concejal liberal en Tafalla y participó activamente en las campañas electorales de la Restauración, lo que le granjeó una fuerte animadversión por parte de los sectores clericales y conservadores, hasta el punto de ser expulsado de su ciudad natal.
Desde muy joven estuvo implicado en los grandes movimientos forales de su tiempo: la Gamazada, la Sanrocada de Gernika y la sublevación de Donostia de agosto de 1893, duramente reprimida por la Guardia Civil. Esa trayectoria explica su presencia en Castejón como delegado de la Juventud Republicana de Tafalla, portando la única bandera republicana del acto.
A lo largo de sus memorias, Galarza ofrece un relato minucioso de la vida política y cotidiana de Navarra y Donostia a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Documenta el comportamiento de la multitud, las reacciones colectivas y la interacción directa con figuras clave como Sabino Arana, aportando un contexto que da pleno sentido al valor simbólico emergente de la ikurriña.
La ikurriña tuvo un auténtico “preámbulo histórico”: un izado temprano, solitario y consciente, realizado por su propio creador
Tras instalarse en Donostia en 1924, Galarza continuó su actividad republicana y foralista, trabajó como comisionista y fue bibliotecario del Solar Navarro de la calle Fermín Calbetón. Con la llegada de la República formó parte de la dirección del Partido Republicano Radical Socialista donostiarra. Durante la guerra militar de 1936 tuvo que huir al exilio francés, mientras su hijo combatía como gudari en el batallón Azaña. A su regreso, ya bajo el franquismo, mantuvo una limitada pero constante actividad cívica, incluida la campaña para recuperar el Solar Navarro.
La redacción y conservación de estas memorias fue posible gracias a la colaboración de otro tafallatarra, José Berruezo, catedrático de Historia y archivero jefe de la Diputación de Gipuzkoa, quien impulsó a Galarza a escribir, transcribió sus manuscritos y realizó los primeros trabajos de edición. Esparza destaca que el libro contiene aportaciones históricas de gran calado que no pudieron publicarse íntegramente en su momento debido a la censura franquista.
Gracias al trabajo de recuperación y contextualización de José María Esparza, puede afirmarse que la ikurriña tuvo un auténtico “preámbulo histórico”: un izado temprano, solitario y consciente, realizado por su propio creador. Un instante fundacional protagonizado por un joven republicano y un joven nacionalista, dos hombres “solos” entre miles, cuyas banderas anticipaban la emergencia de nuevas identidades políticas que, décadas después, acabarían definiendo el devenir y la identidad colectiva de todo un pueblo.