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La magia

La artrosis entorpeció mis dedos y me retiró de los escenarios. Me costaba sacarles una moneda de detrás de la oreja a los peques de la escuela infantil

31.10.2020 | 01:15
La magia

AHORA me sucede todos los días. Casi lo tengo por normal. Pero no deja de emocionarme. Y me divierte. Paso las horas con la inquietud de cuándo se manifestará la magia. ¿En qué momento se materializará un jarroncito en el estante? ¿Desaparecerá un portaretratos? Incluso lo más increíble: ¿Aflorará algún nuevo rostro misterioso entre las fotos?

Esa es la sal de la vida de este humilde jubilado. La magia. Recuerdo que, de pequeño, siempre me interesó el ilusionismo. Acudía temeroso a los carromatos del Circo de Oriente la primera jornada en la que abrían taquillas. Solía tratarse de junio. No, agosto. Días de calor sofocante y noches frescas. En junio la luna se derrite. En agosto usa toquilla. El gran Zarkoff nos chiflaba a los más pequeños. Con su sombrero de copa, el monóculo, un bigote engomado, la perilla cana y aquella inmensa capa negra. De la capa surgían palomas aburridas, conejos medio dormidos, interminables ristras de pañuelos de seda de colores anudados y mil barajas de naipes. El gran Zarkoff usaba guantes blancos que movía como pájaros hipnóticos. Quebraba gruesas cadenas, multiplicaba monedas, partía a una joven por la mitad en cada actuación sin que la policía le incomodara y, desde luego, lanzaba cuchillos.

Hasta que comenzaba la escuela de nuevo, jugábamos a ser Zarkoff. Nos empeñamos en embrujar las cabritas de la viuda McTravis. O nos colábamos en el gallinero de los Truman a fin de mesmerizar pollos. Fallábamos una y otra vez. Lo achacábamos a que nuestras víctimas no eran ni palomas ni conejos. Claro que esos animalillos se encontraban siempre en lugares de acceso difícil. Por suerte, nunca nos atrevimos a partir a la pecosa Betty. Ni la lanzamos cuchillos tras sujetarla a un tablón. Aunque el bruto Tom Tirantes insistió durante años. Luego se casó con ella. Pero eso fue mucho después.

Acababa de cumplir catorce años la tarde en la que vi al mago en la taberna del pueblo. Estaban recogiendo el circo en los carros. Nos llamó la atención aquél forastero borracho en el pub. Pagaba sus pintas de cerveza negra con monedas pequeñas. Su ebriedad le permitía faltar al respeto a Pit, el camarero, y Susy, la cocinera. Hasta que los parroquianos lo tomaron de las solapas y lo lanzaron al callejón por la puerta de atrás. "Todos los años igual", susurró Susy. El extraño se alejó cantando una copla sobre las mujeres irlandesas. A pesar de la ausencia del monóculo, el bigote y la perilla, lo reconocí. El gran Zarkoff, incapaz de multiplicar más centavos con los que saldar la última ronda. En realidad no era más que un borracho maleducado que se disfrazaba para actuar.

Aquello quebró mi mundo. Zarkoff, mi ídolo, no merecía el pedestal al que lo había subido. ¿Y la magia? Dediqué las tardes de mi época de estudiante de bachiller a leer libros acerca de la materia. Primero los de misterios, encantamientos y parapsicología. Pronto me aburrieron. Les sucedieron los de pseudociencias y platillos volantes. Olían a invención. A engañabobos. Por fin, me decidí por los de ilusionismo. Fue el fin. Un bofetón que me introdujo en una madurez forzada: todo escondía su truco. La bola que flota, el gazapo que se volatiliza, la mujer demediada, el fakir que aparece en lo alto del trapecio tras desvanecerse del escenario. Todo.

Convertido ya en un valorado contable de gestoría de provincias, opté por la concienzuda práctica de los distintos trucos, en especial los de monedas y naipes. Aquella me valió mil bromas por parte de los compañeros de la contabilidad quienes, por supuesto, rehusaban incluirme en sus partidas de poker.

Apoyado por mi amante esposa, Belinda, destiné buena parte de los fines de semana a actuar en orfanatos, centros de beneficencia y hogares de ancianos sin recursos. Les regalaba a ellos la distracción y la ilusión de la magia precisamente yo, un desencantado que se ganaba la vida cuadrando balances. Me sentía un estafador, debéis saberlo. A veces me dolía el brillo en los ojos de los pequeños de los orfanatos cuando hacía aparecer de la nada un enorme ramo de flores, o un balón de playa, o un patinete. Abrían mucho las bocas para dejar escapar un ooooohooo y aplaudían invadidos por el asombro. Como yo de niño. Pensé que quizá Zarkoff se diera a la ginebra para matar la misma amargura que el engaño generaba en mi.

Mil veces me aguanté unas terribles ganas de gritarles que el ramo de flores lo escondía cuidadosamente plegado en mi manga. Que el volumen que ocupa un conejo es minúsculo si descartas el pelo y las orejas. Que en las cajas que se parten con la sierra de dientes, en realidad, se esconden dos chicas menudas. Que el ilusionista tiene un hermano gemelo con el que jamás se le verá en público. Pero ¿quién era yo para sacarles de la infancia de repente? ¿El mago Osmond? ¿Un ilusionista aficionado que no cobraba por sus shows?

Hace no tanto que la artrosis entorpeció mis dedos y me retiró de los escenarios. Últimamente ni siquiera podía escamotear el as de picas de la vista de una nena de tres o cuatro años. Y me costaba sacarles una moneda de detrás de la oreja a los peques de la escuela infantil. Opté por quedarme en casa, con Belinda y, a menudo, nuestros nietos. Un paseíto. La lectura del Times. La poda de los rosales. La radio. El fútbol. La tertulia del grupo de contables eméritos, en la que tanto nos reímos de las noticias de corrupción en los ayuntamientos y los condados. Esas cosas.

Un poquito más tarde fue cuando noté que regresaba la magia. La de verdad. La inexplicable. La que me apasionaba hace setenta años. Me aseguré de vigilar. Las figuritas de Lladró sobre el taquillón del recibidor: la bailarina, el pastor y un arlequín, como siempre. Inopinadamente, cualquier mañana, les acompañaba una delicada flautista. Por cosas así noté, me daba cuenta al afeitarme cada amanecer, que el brillo de la ilusión había vuelto a mis ojos. Lo mantengo. Un brillo inconfundible. Parecido al de la fiebre, pero permanente.

Hoy llueve. Los paraguas se han evaporado en casa. No digo nada. Aguardaré a que aparezcan. En ese enorme retrato que cuelga junto a la chimenea sonreímos Belinda, nuestra hija Sara, con sus trenzas rematadas con lazos escoceses, yo€ y un tipo extraño con un aparato en los dientes. Ese ha emergido esta noche. La magia lo ha hecho brotar en la foto. Y no puede haber truco: la superficie la cubre un cristal grueso. Es increíble. Ajá, y ahí están las figuritas de Lladró del taquillón, las cuatro que adquirí hace treinta años en la capital: la flautista, el bailarina, el pastor y un arlequín. Lo recuerdo perfectamente, para que diga mi hijo Luke que estoy perdiendo la memoria.

Nada de eso. Me encuentro como nunca.

O mejor. Porque la magia ha vuelto. Y eso me emociona.

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