histórico olvidado

Rey de reyes a la bilbaina

09.02.2020 | 17:22
Beti Duñabeitia

Nunca estuvo mejor dicho aquel grito de Beti zurekin! si uno se sumerge en la biografía de Beti Duñabeitia

NUNCA estuvo mejor dicho aquel grito de Beti zurekin! si uno se sumerge en la biografía de Beti Duñabeitia, a quien no cabe atribuírsele mejor oficio que el de buena persona, un cargo menos común de lo que parece. Aquel hombre con aire de gentleman que había cosido su buen nombre en la famosa tienda Un mundo elegante es inolvidable por mil y un razones. No en vano, cumplió el sueño de todo buen bilbaino: ser alcalde de la ciudad y presidente del Athletic. Hubiese sido demasiado ser Amatxu de Begoña aunque le profesaba fe ciega.

Recuerdan las crónicas que el 8 de junio de 1976 dimitió como directivo de la junta directiva de José Antonio Eguidazu, en medio del temporal desatado por la búsqueda del sustituto de Rafa Iriondo en el banquillo. Menos de un año después fue elegido presidente el 24 de mayo de 1977 por los socios compromisarios tras imponerse a Ignacio de la Sota (169 a 156 votos) en unas elecciones de alta tensión, tras las cuales lanzó una promesa solemne: "Habrá elecciones democráticas". Tardaría dos meses y medio de presidencia, el 8 de agosto de 1977, en izar la ikurriña en San Mamés -aquella decisión valiente le causaría un sinfín de quebraderos de cabeza en su negocio, en la legendaria tienda de la calle Correo del Casco Viejo...- y poco más en cumplir su palabra. Dimitió para poder presentarse a unas elecciones ya democráticas y el 5 de noviembre de 1977 fue investido presidente tras convocar unos comicios que no llegaron a celebrarse. Su lema en campaña había sido un socio, un voto, porque hasta entonces eran los compromisarios los que elegían, pero cuando presentó su candidatura con las nuevas reglas fue el único aspirante. Él era el elegido. De su mano las mujeres abonadas adquirieron la condición de socias y echó a andar la remodelación de San Mamés, que se engalanaba para el Mundial de 1982.

Si uno tira de memoria recordará que el 20 de diciembre de 1990 llegó a la Alcaldía del Ayuntamiento de Bilbao con la encomienda de domar los fuegos del trepidante mandato de José María Gorordo. Fueron seis meses de gobierno para tender un puente de plata a su sucesor.

Desde el Consorcio de Aguas del Gran Bilbao, ejerció de presidente ejecutivo. Fue allí donde le alumbraron los últimos focos de la vida pública y donde pasó las de Caín con aquellas sequías tremebundas que le trajeron grandes desvelos y quebrantos de salud. Y fue yéndose como lo que fue: un rey de reyes. A la bilbaina, claro está.

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