Capítulo uno: El amigo necesario del autor
¿Te has enterado ya? ¿Sabes lo que he hecho, con quién he hablado, por qué he venido? No me extrañaría que estuvieras al tanto. He sido cauteloso, para qué negarlo, pero a estas alturas guardar un secreto entre tú y yo es un propósito inútil. Por cierto, no te ofendas: qué casa más perturbadora tienes. Mira que habré estado veces aquí, y todavía se me ponen los pelos de punta. ¿De dónde sacas el tiempo y las ganas para ordenar todo esto? ¿Cómo demonios consigues que no parezca que vives solo? Desde luego hay algo de hazaña en lo que logras hacer con los muebles, libros y alfombras de este salón, pero también hay algo pavoroso en la posible respuesta a la pregunta de por qué decides hacerlo si nadie se va a quejar de que hayas dejado unas pantuflas aquí o una lata de cerveza vacía allá. En fin, cada uno con sus manías, porque supongo que de la suma de ellas estamos hechos todos. En cualquier caso, yo hoy he venido a otra cosa. Y lo hago contento, la verdad, muy contento, porque es indudable, al menos a mí me lo parece, que merecía ser yo quien encontrase la pieza decisiva del libro que tú estás escribiendo; ese giro de llave que hace crujir la cerradura de cualquier historia.
No me ha resultado fácil la tarea, no vayas a creer que ha sido por obra y gracia de la casualidad. Para llegar hasta esa pieza clave, he tenido que calzarme tus zapatos e imaginarte escribiendo cada una de esas páginas; plantearme las mismas posibilidades que tú te plantearás después de escucharme decir todo esto: ¿y si hubieses seguido preguntando, indagando, rebuscando entre los vecinos y compañeros?; ¿y si te hubieses tomado un tiempo para refrescar la mente o ganar algo de distancia?; ¿y si tu querido amigo, es decir, un servidor, tenía razón? Y ahí, justo ahí, en el centro de ese mar de preguntas, alguien me ha mostrado el camino que conducía a lo que todavía no has escrito y acabarás escribiendo. Ya sé lo que piensas sobre que me ponga solemne y misterioso, pero me temo que llegados a este punto, no tienes otra opción que aguantarte y aguantarme. Como te digo, he dado con ese caminito, que es corto, firme, despejado y menos sinuoso de lo que puedas imaginar. Casi una línea recta, una flecha, un pequeño brinco hacia delante. De hecho, no estabas muy lejos de él. Simplemente no lo viste. Y si lo viste, me temo que no supiste interpretarlo.
Yo, por supuesto, te voy a contar cuanto he averiguado porque esa es la razón de que ahora esté aquí, pero, aprovechando esta inesperada y suculenta ventaja de la que dispongo, me atrevo a ponerte una condición. Solo una. Muy sencilla, ya verás, esta es: antes de desvelarte nada, me tienes que dejar leer lo que llevas escrito hasta ahora. ¿Qué te parece? ¿Estoy pidiendo mucho? ¿Hay acuerdo? No es un mal negocio, ¿verdad? Entiéndeme, si no le damos un precio a cada cosa, todo se termina devaluando. ¿Sí? ¿Trato hecho? Bien. ¡Muy bien! Me alegra escuchar eso. No sabes cuánto. En el fondo somos un pequeño equipo trabajando para un mismo fin. Por cierto, ¿cuál es el título? Al libro, ¿qué título le has dado? ¿Cómo? Una vidriera imponente. Vaya... Reconozco que eso no lo vi venir. Una-vidriera-imponente. Pues mira, te lo agradezco por la parte que me toca, porque muchas veces he percibido que subestimabas cada proposición que te hacía. Desde que comenzamos a hablar sobre lo que hizo el conserje he tenido la sensación de que este asunto me interpelaba más a mí que a ti. Así que ahora, con más fervor si cabe, deseo leer todas esas páginas. Además, qué mejor lugar que este: el salón donde el gran escritor habrá reflexionado tanto sobre esta historia. ¿Te importa que me siente en esa butaca de ahí? Es la que sueles usar tú, ¿verdad? Se nota. Está algo hundida, pero parece muy cómoda. Vamos a ello. Una vidriera imponente. Qué cabronazo eres. Y qué retorcido. Eso también.
Ficha
- Título: ‘Majareta’
- Autor: Juan Manuel Gil
- Género: Novela
- Editorial: Seix Barral
- Páginas: 336
El director del colegio
Cuando me incorporé a la dirección allá por el año 1991, aún faltaban unos meses para que él llegara a la conserjería. Lo recibí en mi despacho, ambos de pie y con buen semblante, en una reunión que no duró más de diez minutos y en la que le expuse las tres o cuatro líneas maestras de esta docta casa de las ciencias, las letras y la vida. Lo único que me preguntó fue si podía empezar en ese mismo momento, y ahí se ganó mi corazón. Supe al instante que, a pesar de su juventud, iba a ser un conserje de raza, dispuesto a echar una mano en cualquier situación, siempre deseoso de cumplir con las pequeñas obligaciones, esas que nadie te va a agradecer nunca. En definitiva, un hombre con la camisa planchada y la hebilla del cinturón bien centrada. La cuestión es que a mí Los Nuevos Hermanos me trajeron aquí de buenas a primeras porque el anterior director estaba metiendo la mano en la caja, y en este mundillo, llamémoslo así, se llegan a perdonar muchas cosas, algunas espantosamente graves, menos una: sisarle dinero al Santísimo Cristo Jesús Redentor, que viene a ser, para que usted me entienda, el verdadero presidente de nuestro consejo de administración. No obstante, exceptuando ese oneroso episodio, que, por cierto, yo lo recuerdo con cierta añoranza en tanto que me devuelve a unos años en los que mis fuerzas y mis ganas eran otras, tengo que reconocer que este colegio ha sido un lugar apacible. Voluntariosos alumnos de humildes familias que casi siempre entendieron nuestros más altos propósitos. Aunque eso no quita, se lo digo yo antes de que me lo diga usted, que también hayamos tenido nuestras cosas, pequeñas, medianas y grandes, como en cualquier otro centro educativo, sea este concertado o no. Porque al fin y al cabo estamos hablando de niñas y niños, y eso no deja de recordarnos que moramos en el corazón mismo de la incertidumbre. Fíjese, antes usted me ha preguntado por cómo se tomó Leo, el conserje, la noticia nada más recibirla. Mal. Muy mal. Contra todo pronóstico se la tomó fatal. Y lo más llamativo es que no creo que hubiera nadie en este colegio que pensase que algo así pudiera afectarle en esa magnitud y de ese modo. ¿Ve a lo que me refiero? La incertidumbre habita en todos lados. Apenas sabemos nada de lo que está por ocurrir. Ni siquiera nuestra mano derecha intuye los planes que tiene Dios para la izquierda. Yo fui el encargado de decírselo, sí, pero no quien tomó la decisión. Esto quiero que quede claro porque me han llegado algunos rumores que se van comentando por ahí, y no todos son verdad. Una semana antes de comunicarle la noticia, recibí un correo de los de arriba donde se me explicaba que iban a iniciar los trámites para la jubilación anticipada y forzosa del conserje de este centro. Y ahí, en esas cuatro o cinco líneas, puede que tres y media, se lo juro yo a usted por lo que más me importa en esta vida, no se daba razón alguna. A lo más que llegaban era a emplazarme a una reunión en la que se trataría este tema con más detenimiento, cosa que, por cierto, nunca ocurrió porque luego se lio la que se lio.
SOBRE EL AUTOR
Juan Manuel Gil nació en Almería en 1979. Es escritor y profesor, y formó parte de la primera promoción de residentes de la Fundación Antonio Gala. Con su primer libro, Guía inútil de un naufragio (2004), obtuvo el Premio Andalucía Joven de Poesía. Desde entonces se ha centrado en la novela: Inopia (2008), Las islas vertebradas (2017) y Un hombre bajo el agua (2019). En 2021 ganó el Premio Biblioteca Breve con Trigo limpio. Es autor, además, de dos volúmenes de difícil clasificación: Mi padre y yo. Un western (2012), que le valió el Premio Argaria, e Hipstamatic 100 (2014), una recopilación de textos en los que mezcló vida y actualidad. Después publicó La flor del rayo (2023) y ahora vuelve con Majareta.
Pero, más allá de eso, y no quiero que lo entienda como un intento de escurrir el bulto, contésteme a una pregunta. ¿A qué edad le gustaría jubilarse a usted? Porque yo, con las condiciones que le ofrecían a Leo, apenas saltados los cincuenta y cuatro años, que es un chaval todavía, no me diga que no, habría aceptado mañana mismo. Cien por cien del sueldo. Catorce pagas. Una cena de despedida. Y puede que hasta un pin en la solapa. ¿Qué me dice? Eso es canto gregoriano para cualquier oído, ¿no? Pues aun así, añadieron un buen estribillo: Los Nuevos Hermanos también asumían una póliza de atención sanitaria con plena cobertura, sin plazos, sin fecha límite, sin carencias, sin letra pequeña, para que él pudiera seguir atendido de sus cositas, que nunca fueron pocas, para qué vamos a engañarnos, y que justificaban de sobra esa jubilación. Qué quiere que le diga, pero no lo entendí entonces y, si me apura, tampoco lo entiendo ahora. Así que se lo reafirmo con total franqueza: No-me-agradó-su-reacción. Bueno... Más bien su no-reacción. Porque lo que hizo fue mirarme con esos ojos de porcelana vieja, levantarse de la silla en la que yo le había pedido unos minutos antes que se sentara para que estuviera cómodo y salir del despacho sin decir ni una sola palabra. Ni una. Nada. Cero. Vacío absoluto. Hombre... No sé... En fin... ¿Tantos años trabajando juntos y lo único que merezco es un silencio tan arrogante? ¿Después de todas las cosas que yo he hecho por él? ¿Sabiendo como ha sabido siempre que yo aquí ni pincho ni corto, que soy un mandado, que estamos en el mismo vagón de cola? No me parece apropiado. Pero, bueno, vale, ya está, que tampoco soy esa clase de persona que no acierta a pasar página. Y la conciencia, además, la tengo muy tranquila porque, más allá de que yo no fuese el promotor de su jubilación anticipada, no podemos olvidar que lo que se le ofrecía era, entre otras cosas, la posibilidad de quitarse de la vista a estos hijos de puta, con sus refulgentes aparatos en los dientes y esa endogamia pueblerina que rezuman de mala manera. Que sí, que son los alumnos del colegio que yo dirijo y que mataría por ellos, pero ya llevo muchos años de servicio a la espalda, demasiados, no sé si me entiende, y he tenido que aguantar lo que no está escrito. Si le cuento la última, es probable que se levante y me dé un sentido abrazo, con eso se lo digo todo. Pero no es culpa de ellos, que conste. Es culpa de este equipo directivo del que formo parte, de los docentes que les dan clase, de sus padres, del consejo de ministros, del mundo en general. De todos menos de ellos, que son niños y niñas. Así que no saben que también son unos hijos de la gran puta. Todavía no. Y cuando vengan a enterarse, me temo que será demasiado tarde. Si a mí me ofrecieran las mismas condiciones de jubilación que a Leo, sería incapaz de reprimir las lágrimas de pura emoción. Hay tantas cosas que aún tengo pendientes de hacer... Sé que algunas ya nunca serán, pero otras sí, por Dios y por la Virgen, otras claro que sí, y con eso es más que suficiente. Al menos para mí, que, como le dije, creo en la incertidumbre. Cuando el conserje cerró la puerta del despacho tras de sí y se marchó, continué hablándole durante unos segundos como si aún siguiera ahí, en esa misma silla, mirándome de refilón a los ojos, tal y como él solía hacer. Aunque ahora que me escucho, pienso que puede que me lo estuviera diciendo a mí mismo. ¿Sabe qué le dije? O me dije, no lo sé. A ver si usted lo ve igual que yo. Me puse en pie, apoyé los puños en la mesa y silabeé cada una de estas palabras: No hemos elegido estar solos,
Leo, qué putada. Eso le dije. ¿Usted está casado? ¿Tiene hijos? ¿Entiende lo que intento explicarle? ¿Entiende por dónde van los tiros? ¿Entiende algo? Porque yo creo que empiezo a no entender nada de nada.