No era la primera vez que San Mamés se vestía de estadio de rugby, ya lo hizo hace 8 años con el primer amerizaje de las finales europeas; pero este viernes demostró que tiene que hacerlo más. Porque no solo cambiaron los palos, las líneas y las dimensiones: los primeros se hicieron más grandes, las segundas más numerosas y las últimas, por el contrario, más pequeñas que de costumbre. Sino que también permutó una esencia que, de por sí, ya es especial.

Fue diferente lo que ocurría en el césped y lo que pasaba fuera de él. Fue distinto el respeto a los árbitros, a los jugadores, a los 30; pero más distinto fue el respeto con la afición rival. De hecho, al contrario de lo que está acostumbrada La Catedral, no hubo separación de seguidores. No hubo ni dos mitades, ni dos colores.

Los asistentes se mezclaron como el lúpulo y la malta para fermentar en una única masa que ama, y con pasión exacerbada, el mismo deporte. Todas las nacionalidades congregadas en el estadio del Athletic hablaban el idioma del oval y eso era suficiente no solo para tolerar, sino para además disfrutar, de la misma fiesta.

Sin vallas, ni anillos

Por ello tampoco fue necesario el exhaustivo protocolo de seguridad que se aplicó en la final de la Europa League que tuvo lugar en Bilbao el año pasado. Este viernes no hubo ni vallas, ni anillos, ni escolta policial. Hubo una Fan Zone y muchos bares compartidos. Ah, y una kalejira que llevó, al ritmo de los gigantes y las dulzainas, a todos juntos, mezclados y embriagados hacia el estadio.

Sin embargo, lo que se celebraba en San Mamés era una final. Concretamente, la final de la Challenge Cup, la segunda competición europea más importante a nivel de clubes. Ni más, ni menos. Y en ese sentido la fiesta tuvo acento francés.

De hecho, la afición del Montpellier fue la más numerosa en las gradas de La Catedral; que protagonizó la tercera mejor entrada de la historia de las finales de la Challenge Cup con 43.204 asistentes. Solo por detrás de las 48.900 que acudieron a la edición de 2019 en Marsella y las 51.431 de 2022 también en el Stade Velodrome.

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Fueron los norirlandeses los primeros en celebrar. Todavía no se había disipado ni el olor de la pirotecnia, ni el humo de las llamas con las que se recibieron a los protagonistas. Todavía no había nadie sentado cuando el Ulster convirtió su primer ensayo. Un espejismo, eso sí, de lo que ocurrió sobre el terreno de juego.