El rugby es diferente. Otro rollo. Ya lo demostró en 2018, en la primera vez que las finales de la Challenge y la Champions Cup aterrizaron en San Mamés. Y lo ha vuelto a demostrar este viernes, en la primera de las dos jornadas en las que Bilbao se convertirá en el epicentro del deporte del oval.
La primera muestra de su excelente singularidad es que, aunque a la capital vizcaina vengan cuatro equipos distintos, Fan Zone solo hay una. No es necesario ninguna más. Porque seguidores del Ulster y del Montpellier, los protagonistas del encuentro de hoy, además de la afición local y la neutral, no tuvieron problemas en compartir desde primera hora de la mañana del espacio habilitado para ellos. Es más, casi que lo prefieren. Estar todos juntos.
Y así, juntos, pusieron también rumbo a San Mamés. La kalejira, liderada por por los Gigantes de Ondalan y sus dulzaineros fue una melé compartida, en la que todos empujaron hacia el mismo sitio. La Catedral.
La segunda prueba de que el rugby es especial es el perímetro de seguridad creado para la ocasión. O, más bien, la ausencia de él. Porque no hubo ni rastro de los tres anillos que el protocolo de la Europa League obligó a instalar para la final de la temporada pasada, ni de la separación de aficiones que por norma se exige en los encuentros de la Champions del fútbol.
En el deporte del oval, ese que se dice que es practicado por caballeros, todos los seguidores se mezclan hasta hacer una única masa uniforme sino fuera por los distintos colores de sus camisetas. Aunque es cierto que para la ocasión los franceses ganan por mayoría, apabullante además, aunque los norirlandeses también se saben hacer notar. Y es que los seguidores del Montpellier y del Ulster no solo compartieron espacio durante el día y durante la tarde, también se distribuyeron a partes iguales el calor y las ganas de beber.
Así, ni los precios poco habituales de la Fan Zone ni de los bares que ocupan los aledaños de San Mamés, ni la imperiosa necesidad de buscar la sombra impidieron que los aficionados dieran buena cuenta de la cerveza fría. De hecho, la gran mayoría esperó hasta el pitido inicial de la final para entrar a un estadio que, durante la disputa del encuentro, no venderá nada de alcohol.