Hubo un tiempo –no tan lejano– en el que muchos caímos rendidos ante los dramas interminables de las novelas turcas. Amor, traición, miradas intensas y giros imposibles servidos en cómodas entregas de una hora. Confieso que yo también sucumbí. Soy fácil: denme una historia de desamor bien hilada y ahí me tienen, enganchada como una tonta. Pero como todo en esta vida, el melodrama también ha tenido que adaptarse. Y lo ha hecho mutando en pequeñas cápsulas de pocos segundos en Instagram, protagonizadas –agárrense– por frutas y verduras con cuerpos esculturales. Sí, por frutas y verduras. Ahora es don plátano quien menosprecia a fresita para abandonarla sin pestañear por Melona, con más curvas y más brillante... Podría parecer simplemente ridículo, una broma colectiva salida de una mente creativa con demasiado tiempo y acceso a inteligencia artificial. Pero cuanto más se mira, más inquietante me resulta. Porque bajo esa capa de absurdo –frutas hipermusculadas, miradas seductoras, diálogos simplificados– se esconden las mismas dinámicas de siempre. O quizá más crudas: relaciones que se valoran por la apariencia, afectos intercambiables, estereotipos de género reducidos a su mínima expresión. Y quizá el problema no sea la sandía. El problema es que ahí seguimos mirando. Porque bajo toda esa capa de absurdo no hay nada nuevo: están las mismas dinámicas de siempre, solo que más desnudas, más rápidas, más difíciles de cuestionar. Así que sí, mejor desengancharse.
- Multimedia
- Servicios
- Participación