Serenidad contra histerismo. Austeridad contra caos. Solvencia contra improvisación. Cultivado contra vacuo. Independiente contra hooligan. Carlos Cuerpo es la antítesis de María Jesús Montero. Un sopesado relevo a la diestra de Pedro Sánchez de hondo calado, plagado de aristas interpretativas. No es una sustitución al vuelo de la improvisación. Es la apuesta sólida para reconducir tantas relaciones deterioradas dentro y fuera de casa, precisamente en la recta final de la legislatura. La ocasión propicia para dejar huella mientras se acercan las generales. Llega a la vicepresidencia primera, por fin, un profesional solvente todavía sin malearse. Yolanda Díaz y Ester Muñoz lo tienen difícil.
Un ascenso por méritos propios. Cuerpo no ha pegado un codazo a nadie para medrar en el escalafón. Le ha valido simplemente su acreditada solidez. Sin ruido ni compadreos dentro de una familia socialista a la que no pertenece, juega con el aval de su reconocida trayectoria. Montero, tan lejos académicamente de su sustituto, no puede decir lo mismo. Sus denarios a la causa son otros. Sobre todo, esa lealtad inquebrantable a su ídolo totémico Pedro Sánchez, aunque le suponga la inmolación electoral como le ocurrirá el próximo 17 de mayo.
Tampoco parece aturullarle a la candidata andaluza la escabechina que le aguarda. Deja a cubierto su escaño para regresar apenas conozca el escrutinio de las urnas en su tierra. La suya es una de esas derrotas descontadas antes de empezar el partido. Su enésimo servicio al líder. Otra muesca más después de haber lidiado tanta negociación desquiciante, tantas concesiones tapándose la nariz, tantas versiones diferentes sobre una misma realidad. Haberlo hecho, además, sin ponerse colorada ni pestañear ante sonoros descubiertos que la delataban. No obstante, curtida en mil batallas, Montero afronta el penúltimo triple mortal: convencer al votante andaluz que la financiación diseñada al antojo de Junqueras también le beneficia. La alargada sombra del independentismo catalán dejará su huella durante la campaña, enfrentándose desde el bando rival a las aceradas críticas contra la gestión sanitaria de la Junta.
En paralelo, Cuerpo ensanchará sus dominios sin ruido. El nuevo vicepresidente está llamado a proyectar una imagen más creíble y menos pizpireta que su antecesora. Sánchez necesita recuperar esta sensación de eficacia. Por eso ha recurrido a este profesional sin carné socialista ni adherido impenitente a la causa. Alguien como él que tenga franqueada la puerta en la UE, justo allí donde el presidente necesita disipar las dudas sobre esos incumplimientos presupuestarios y el elevado gasto público en su gestión.
Codo con codo ahora en la bancada azul, Yolanda Sánchez metaboliza difícilmente su disgusto por el alcance de esta quirúrgica remodelación. Cuerpo es su enemigo declarado. Lo ha reiterado con profusión, posiblemente porque solo le queda el recurso del pataleo ante la consistencia del contendiente. La portavoz del PP en el Congreso siente la misma indigestión. Ester Muñoz sabe que ya no podrá tratar con tanta displicencia al sustituto de Montero en las preguntas de control al Gobierno. Tiene ahora enfrente a una roca, sin relación alguna con las saunas del suegro de PS, con las novias de Ábalos en Adif, con las comisiones de Koldo y Cerdán o con los servicios venezolanos de Zapatero. Le tocará hablar de economía. La papeleta se las trae.
Desviar la atención
El PP se afana para que lleguen cuanto antes las elecciones en Andalucía. La realidad trastorna sus planes. Los efectos devastadores de la atormentada invasión de Irán suponen un suplicio para quien arrastra la endemoniada adhesión de Aznar a la guerra de Irak y se trastabilla más de una vez en condenar las veleidades bélicas de Trump. También su moral se resiente cuando comprueba cómo Sánchez recupera el espíritu de su investidura y los arrincona a una postura siempre tan ambigua como la abstención, máxima tratándose de aprobar un escudo social.
Un contexto inflamado, además, por esas interminables negociaciones con la envalentonada gente de Vox para formar los gobiernos resultantes de los tres últimos comicios. Un vacío de poder que, de paso, desnuda la inconsistente razón esgrimida para haber adelantado algunas de estas elecciones. Para distraer la atención, el PP recupera la pantalla habitual: el comodín del Senado. El nuevo capítulo de esta obstinada estrategia consistirá en exprimir las responsabilidades de los crápulas de Fomento en la tragedia de Adamuz.