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El sacacorchos

Jon Mujika

Cualquiera de nosotros

Hay cifras que no hacen ruido. Sesenta y siete muertos en 24 años pueden parecer una estadística discreta, una nota a pie de página entre pandemias, carreteras y titulares de sangre más aparatosa. Pero 67 vidas son 67 mesas que un día se quedaron con la silla vacía. Y eso, en Bizkaia, tiene nombre y tiene barrio.

Porque el fuego en casa no suele anunciarse con sirenas épicas ni con helicópteros sobrevolando el cielo naranja. El fuego en casa empieza muchas veces con una estufa demasiado cerca de la manta, con un brasero que se queda encendido, con una regleta exhausta pidiendo jubilación anticipada, con un pitillo por apagar. Empieza en silencio. Y casi siempre de noche.

La noche es el territorio de la indefensión. Dormimos, bajamos la guardia, confiamos en que las paredes nos protejan. Y sin embargo, es ahí, cuando el frío aprieta y el reloj pasa de las doce, cuando el incendio encuentra su momento. El invierno no solo trae bufandas y sopas humeantes; trae también el riesgo invisible de querer calentar demasiado lo que ya está cansado: los cables, las instalaciones viejas, las casas que han visto más calendarios que reformas.

El dato tiene otra arista que incomoda: la franja de edad más castigada está entre los 60 y los 80 años. No es casualidad. Son generaciones que aprendieron a arreglarlo todo con cinta aislante y sentido común, que crecieron en viviendas donde la prevención no era una asignatura obligatoria. Muchos viven solos. Muchos confían en rutinas de décadas.

Hay algo profundamente injusto en morir en casa. La casa es refugio, es memoria, es el lugar donde uno se quita los zapatos y se siente a salvo. Que ese mismo espacio se convierta en trampa resulta casi una traición doméstica. Hablamos de cotidianeidad. De normalidad. De lo que podría pasarle a cualquiera.