El alemán Max Planck fue uno de los grandes físicos de comienzos del siglo XX, de hecho está considerado el padre de la mecánica cuántica. Cuando daba diversas conferencias por Alemania iba repitiendo siempre los mismos conceptos y las mismas ideas, así que en una ocasión y aprovechando que en aquellos tiempos las personas no se conocían por la cara, su chófer le propuso dar la conferencia en su lugar. Es una buena idea: uno descansa, otro se divierte. En la ciudad de Múnich, donde se realizaba la exposición, ocurrió algo interesante. A un asistente del público, profesor de física, se le ocurrió plantear una cuestión. Justo cuando Planck se había tomado su día de asueto. No hubo problema; el avispado ponente respondió con agilidad: “Nunca me hubiera imaginado que en una ciudad tan avanzada como Múnich plantearían una pregunta tan sencilla. Le pediré a mi chófer que responda por mí”.
¿Estamos llegando en la actualidad a este momento? El uso que hacemos de la inteligencia artificial da a entender que sí. ¿Quién no hace sus trabajos con la ayuda de Chat GPT? Inconveniente: al plantear cuestiones del tipo ¿Cómo? ¿Quién? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Cuándo?, muchas respuestas son pobres y genéricas. A ese escenario le podemos denominar “la sabiduría del chófer”. Nos quedamos con un aprendizaje superficial en contraposición con el denominado conocimiento auténtico. Adaptamos la realidad a nuestros pensamientos mediante el principio “si no lo creo, no lo veo”. Con estas mimbres, no es que no solucionemos los problemas: es que ni siquiera nos hacemos las preguntas adecuadas.
Un ejemplo: recientemente un prestigioso economista de ideología liberal comentaba, al aire de las protestas derivadas por el asunto de Mercosur, que “los agricultores no tienen razón; los mercados deben ser libres. Así todo el mundo gana, ya que si una empresa o persona hace las cosas mejor nuestro bienestar aumenta y los ineficientes son quienes pierden. Eso es justicia, los más preparados son los que deben quedarse con la mayor parte de la tarta”. Muchos políticos y burócratas piensan lo mismo. La conclusión: se debe firmar el tratado como sea. La realidad, tozuda: los mercados no son libres. Si lo fueran, todos deberían competir con las mismas reglas. No es eso lo que pasa. La teoría económica de la competencia perfecta no se cumple.
Las razones: tenemos asimilados conceptos antiguos. La realidad cambia con más rapidez que nuestro conocimiento. Usamos ideas desfasadas, utilizamos marcos teóricos anticuados, mantenemos como recurso intelectual lo aprendido hace años. Además, muchos altos cargos públicos o privados están asesorados por personas que priorizan su situación laboral. Sus subordinados desean mantener su puesto; los lobbys desean incrementar sus ventas y privilegios. En consecuencia las decisiones aplicadas no son las mejores. El problema no es que las personas prioricen su interés, todos lo hacemos. Lo malo es que las estructuras mentales e institucionales no se adaptan a los nuevos tiempos. Ese es el reto de los retos.
Es descorazonador recordar la inmensa burocracia existente para realizar una gestión, la cual se traslada a la vida cotidiana. Esa burocracia parece estar también en nuestras cabezas. Un ejemplo revelador explicado por un emprendedor: tras invertir 200.000 euros para abrir un local, esperaba que la licencia se la concediesen dentro de un año. ¿Quién paga el coste de capital que supone tener todo esa cantidad de dinero inactiva? Como siempre, los de abajo. Sean trabajadores o propietarios de pequeñas empresas. Eso sí, un matiz: no podemos echar la culpa de todo a los políticos. Todos tendemos a enquistar los problemas, a dejarlos para más adelante. Eso es debido a la gran cantidad de tentaciones que tenemos a nuestro alcance, las cuales están disminuyendo nuestra eficiencia y sabiduría de manera preocupante.
Si estudiamos cómo se interpreta la realidad en la radio, la televisión o en Internet existen tres tipos de analistas. El primero y más común: usar las ocurrencias y el pensamiento fácil, el que nos dice lo que ven nuestros ojos. No aporta nada. El segundo es quien tiene ganada una merecida autoridad en un tema determinado, como está ocurriendo con el conflicto de Oriente Medio. Perfecto. Nos permite conocer las causas profundas de un suceso. Su pasado. El tercero es de quien conoce muchos temas, sabe captar patrones y razona posibles escenarios comprendiendo la incertidumbre asociada a cada caso. El futuro. Perfecto. A partir de aquí podemos realizar diversas reflexiones para pensar que decisiones tomar para influir en lo que esté por venir. La recomendación: medios que prioricen los analistas del segundo y tercer grupo.
¿Y nosotros? ¿Cómo reinventarnos? Contesta Omar Hatmaleh, asesor de IA de la Nasa. Se trata de fomentar el pensamiento crítico, la inteligencia emocional y la adaptabilidad mediante la formación continua (a los jóvenes les recomienda estudiar matemáticas, física, historia y filosofía), la vida social variada y nuevas experiencias. Así al menos podremos ser nuestros propios chóferes.
Economía de la Conducta. UNED de Tudela