Todos somos responsables de lo que ocurre con el ‘Open Arms’

09.02.2020 | 13:00
Columnista José Luis Úriz Iglesias

LO que está ocurriendo con el Open Arms o con menor eco informativo en el Ocean Viking, debe hacernos sentir vergüenza a todas las personas de bien del mal llamado primer mundo. No es la primera vez que pasa y tampoco será la última, porque querámoslo o no, África se desangra con guerras, hambre y enfermedades mientras esta sociedad de consumo cruel, este capitalismo salvaje, les ha inundado de televisiones por las que observan nuestro modo de vida.

¿Cómo no van a intentar llegar a nuestros países, si les mostramos impúdicamente de manera constante las diferentes maneras de vida que existen aquí y allí?

¿Cómo no, si observan por esas pantallas que aquí no existe hambre, aunque ignoren que es una visión perversa porque realmente también aquí existe miseria pero no se la mostremos? ¿Cómo no, si les enseñamos que no hay peligro de guerras, o que las enfermedades se curan?

En definitiva, después de haber esquilmado ese continente llevándonos sus riquezas de petróleo, diamantes y piedras preciosas, o en los últimos tiempos el deseado coltán básico para los móviles, ahora pretendemos abandonarles a su suerte.

Después de haberles asolado con guerras que hemos exportado, o enfermedades como el sida o el cólera, sin permitirles que puedan curarlas con campañas para el uso del preservativo o medicamentos genéricos, ¿ahora pretendemos de manera cruel que no vengan a nuestros países? Por eso el Mediterráneo, para nuestra vergüenza, se ha convertido en la mayor fosa común del mundo, un cementerio inmoral.

Pero no queremos verlo, preferimos ignorar esa huida en masa. Metemos la cabeza bajo el ala para evitar culpabilizarnos.

Pero lamentablemente para nuestros egoístas intereses existen una serie de personas altruistas y generosas, que han dedicado su vida y sus ahorros en fletar barcos que se dedican a salvar vidas en ese Mediterráneo cruel y así mostrarnos esa realidad que no queremos ver.

En ese mismo mar que millones de ciudadanos de nuestro mundo emplean para sus baños y juegos mueren personas cada día, y serían muchas más si no fuera por ellos. Si cada uno de esos bañistas veraniegos dedicara un minuto pensando en esto, si a la hora de refrescarse u observarle plácidamente desde nuestras hamacas y chiringuitos lo hiciéramos, probablemente este problema no existiría.

Pero lamentablemente no es así, aunque machaconamente cada vez que encendamos nuestro televisor en los diferentes telediarios, o abrimos las páginas de los diarios, nos sacuden bofetadas a nuestra conciencia a través de las imágenes de lo que se está viviendo ahora en el Open Arms. ¿Cuántos los apagamos o miramos hacia otro lado evitando enfrentarnos de cara a ese genocidio? Convirtiéndonos así en cómplices de los Salvini de turno.

Porque Salvini es un producto de nuestro mundo, por dos razones: porque lo hace al pensar, probablemente de manera acertada, que eso le trae réditos electorales y además no siente la presión externa ni interna para impedírselo. ¿Cuántas concentraciones o manifestaciones se han hecho en embajadas o consulados italianos estos días? ¿Cuántas en las calles de Roma o Turín? ¿Dónde está el clamor popular europeo protestando por esa inmoralidad? ¿Dónde está la izquierda en esta crisis? ¿Dónde esa UE de los derechos sociales y la solidaridad? Salvini lo hace porque todos y cada uno de nosotros se lo permitimos. Porque nuestra conciencia ética o moral está anestesiada, quizás porque también temamos que esa "invasión" ponga en peligro nuestros privilegios. Si esa presión de la calle, de los gobiernos, de la izquierda, de la UE, se produjera el Open Arms no estaría pasando esa pesadilla. Si en Italia funcionaran las instituciones de manera democrática, no pasaría. Si la justicia estuviera por encima de su inhumanidad, tampoco. Llega la noticia ahora de la dimisión del primer ministro Conte abriendo una crisis de consecuencias imprevisibles. Puede ser que al final Salvini se haya salido con la suya.

No me imagino ahora en el lugar de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias bañándose en sus piscinas o tomando el sol, correteando, o paseando por Doñana y Galapagar, mientras ese cruel sufrimiento invade los pocos metros cuadrados de esos barcos. No me imagino su silencio, inacción, no me lo quiero imaginar.

Porque en el instante que escribo estas líneas ese lugar es una bomba de relojería. Más de cien personas, sí, sí, más de cien humanos como tú lector o como yo están a punto de tomar una decisión desesperada.

¿Se les puede tener días y días viendo desde su popa y proa la tierra prometida a unos pocos metros sin que la tomen?

Esta reflexión sigue valiendo después de que el presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, haya ofrecido el puerto de Algeciras y posteriormente Mahón o Palma para desembarcar los más de 100 refugiados. Incluso la última noticia es que mandan un buque de guerra a ayudarles, eso mientras se siguen tirando por la borda. Si se hubiera producido hace 15 días habrá sido un gesto de generosidad, ahora con 5 días de travesía por delante con una situación de emergencia en el barco, resulta un brindis al sol.

¿Cómo pueden reaccionar esas personas desesperadas si ven que se alejan de la costa y se internan en alta mar? ¿Creerán que les llevan a puerto seguro o se amotinarán pensando lo contrario? Quizás un gesto adecuado fuera que Carmen Calvo se desplazara con ese nuevo barco y les acompañara en su travesía hacia puerto español.

Por eso mantengo mi análisis al completo, por eso y por el silencio vergonzante de Pablo Iglesias.

Esto puede acabar en tragedia, el capitán lo lleva advirtiendo en los últimos días. Que en un gesto de desesperación pueden echarse al mar en masa intentando llegar hasta la costa y morir 80 o 90 en el intento. ¿Quién sería el responsable? ¿Salvini? ¿El gobierno italiano, el resto de los gobiernos de la UE? ¿O tú, y/o yo? Probablemente todos?

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