"Comandante adjunto, mi padre salvó la vida de cientos de personas que pudieron salir de Gijón. Nació en Iturribide, un bilbaino, que todo el mundo sabe que fue un auténtico héroe. Y no porque fuera mi aita, pero ya se tenía que reconocer. No entiendo cómo no hay nadie que haga lo más mínimo para sacar a relucir los valores que tuvo este hombre, que luchó por defender a su gente, a los republicanos de toda la familia y a los gudaris también. Si no, ya sabes lo que les habrían hecho de no poder exiliarse. Me parece injusto que le tengan olvidado. Después de que murió el claudillo, como le llamo yo, se tenía que haber hecho justicia con estos verdaderos héroes de la Guerra Civil española o, como dijo don Miguel de Unamuno, de la Guerra Incivil española”.
Las sentidas palabras de su hijo no son únicamente un recuerdo familiar. Son también una reivindicación histórica. La reclamación de un lugar en la memoria para uno de tantos hombres y mujeres que defendieron la legalidad republicana, combatieron en algunos de los frentes más duros de la guerra iniciada tras el golpe militar de 1936 y terminaron pagando su compromiso con el exilio. Ese hombre fue José Gómez Zugazagoitia.
Nacido en Bilbao el 10 de junio de 1911, en Iturribide, creció en una sociedad marcada por las desigualdades sociales, la conflictividad política y el auge de los movimientos obreros y democráticos. Mecánico electricista de profesión, trabajó tanto en Bilbao como en Donostia, donde se afilió a UGT, “aunque mi padre era de ANV. Era de izquierdas, defensor del pueblo soberano”. Defensor de la organización republicana, democrática y abertzale, defendió desde joven los ideales de libertad, justicia social y autogobierno. En diciembre de 1930 fue encarcelado durante mes y medio por participar en movimientos favorables a la instauración de la Segunda República. Años después, tras los acontecimientos revolucionarios de octubre de 1934, volvió a sufrir la represión y permaneció tres meses en prisión. Aquellas experiencias moldearon el carácter de un hombre convencido de que la democracia y las libertades –en plural- merecían ser defendidas incluso a costa de la propia seguridad.
Cuando el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 desencadenó la guerra, Gómez Zugazagoitia se incorporó de inmediato a la defensa de la República. Llegó a formar parte “de forma circunstancial” –apostilla su hijo a DEIA- del Batallón Gernikako Arbola, integrado principalmente por milicianos y simpatizantes comunistas y con cuartel en la villa de Gernika. Combatió activamente en los frentes de Bizkaia y posteriormente integró el Batallón Guipúzcoa, con acuartelamiento en Mungia.
Era un hombre convencido de que la democracia y las libertades merecían ser defendidas incluso a costa de la propia seguridad
Más tarde pasó a formar parte del Estado Mayor del Ejército del Norte, desde donde participó en toda la campaña septentrional, recorriendo un frente que se extendía desde Irun hasta San Juan de Nieva, en Asturias. Fue una de las más dramáticas de la guerra. Las tropas republicanas resistieron durante meses la ofensiva de las fuerzas sublevadas. En ese contexto, José desempeñó funciones como comisario de guerra, una figura esencial para la coordinación política y militar de las unidades republicanas.
Su labor en Asturias fue especialmente relevante. Además de sus responsabilidades como comisario, participó activamente en tareas de ingeniería militar y fortificación. Formó parte de los responsables encargados de supervisar y ejecutar la destrucción de infraestructuras estratégicas dentro de la denominada estrategia de tierra quemada, destinada a ralentizar el avance de las tropas franquistas, particularmente de las columnas gallegas que penetraban en territorio asturiano.
La voladura de puentes y vías de comunicación en los valles asturianos constituyó una medida fundamental para aprovechar la difícil orografía de la región y retrasar el avance enemigo. Aquellas acciones permitieron ganar tiempo para reorganizar las defensas y facilitar la evacuación de combatientes y población civil en una situación cada vez más desesperada. “Mi padre era lo que hoy sería un ingeniero técnico por sus conocimientos, además de que fue inventor y, por ejemplo, patentó los bigudíes de peluquería, le encargaron volar los puentes cuando era capitán”, valora su hijo y va más allá: “Hay una anécdota. Los franquistas en un documento dicen que por ello fue textualmente apresado, juzgado y ejecutado. Le mataron sin haberle matado. Fue un embuste más de los fascistas”.
Según el recuerdo familiar, también desempeñó un papel decisivo durante los últimos días de la resistencia republicana en Asturias, ayudando a organizar la salida de numerosas personas desde Gijón. En medio del caos de la retirada y ante la certeza de que la represión franquista sería implacable, facilitar la evacuación de civiles y combatientes significaba, en muchos casos, salvarles la vida.
La caída de Asturias en octubre de 1937 no puso fin a su compromiso. Como miles de combatientes, se trasladó a Catalunya para continuar la lucha. Allí fue destinado a la 27 División del XVIII Cuerpo de Ejército, donde ejerció como “comandante adjunto”. Participó en las operaciones desarrolladas en los frentes de Aragón y Catalunya, escenarios de algunos de los combates más intensos de la fase final de la guerra. La dureza de aquellos años quedó reflejada en un dato elocuente: resultó herido en tres ocasiones. Para entonces ya formaba parte de una generación marcada por el sacrificio, el desgaste y la certeza de que la derrota se acercaba, pero que continuó combatiendo por fidelidad a sus ideales y a sus compañeros.
La derrota republicana en 1939 le obligó a emprender el mismo camino que otros: el exilio. Atravesó los Pirineos y llegó a Iparralde. Fue internado en la Residencia de Mutilados y Heridos de Guerra de Euskadi, La Roseraie, en Bidart, donde permanecieron numerosos combatientes vascos refugiados tras la derrota. La historia aún le reservaba otro viaje.
El 13 de julio embarcó en el buque Mexique en el puerto francés de Pauillac rumbo a México. El barco arribó a Veracruz el 27 de julio transportando a cientos de hombres y mujeres que dejaban atrás una guerra perdida, pero conservaban intactas sus convicciones democráticas. “A pesar de ser México mi padre fue perseguido allí por los franquistas, por lo que se vio en la tesitura de cambiar de país a Venezuela”, donde finalmente fijó su residencia y donde reposan sus restos. Allí terminó el largo viaje iniciado décadas antes en Bilbao, continuado en los frentes de guerra del Norte, Aragón y Cataluña, prolongado por los centros de acogida del exilio en Francia y llevado después al continente americano. “Mi padre –concluye José- fue un héroe olvidado hoy y que merece ser recodado. Fue un antifascista entregado, como lo soy yo también”.