Si el reloj de la Plaza Nueva pudiera hablar, probablemente tendría mucho más que contar de lo que imaginamos. Desde su privilegiada posición ha contemplado generaciones de bilbainos atravesando los soportales, mercados abarrotados, celebraciones populares e incluso algunas de las grandes transformaciones urbanas de la ciudad.
Lo que pocos recuerdan es que, durante una década, también observó la entrada y salida de empresarios, políticos, viajeros distinguidos y miembros de la alta sociedad que cruzaban las puertas de uno de los establecimientos más prestigiosos que ha conocido Bilbao: el Hotel Excelsior.
Hoy, donde se encuentra la sede de Euskaltzaindia, la institución que vela por el euskera, apenas queda se parece a lo que un día fue. La gente pasa por delante sin sospechar que en ese mismo lugar funcionó el único hotel de Bilbao que ha conseguido una estrella Michelin. Sin embargo, durante los años veinte y principios de los treinta, el Excelsior representó la hostelería basada en el lujo, la innovación y el prestigio. Aquel establecimiento situado en pleno corazón del Casco Viejo ya había conseguido colocar el nombre de Bilbao en boca de todos. "Nuestro padre nos hablaba de lo que había sido el hotel y los otros negocios que tenía la familia, en esos tiempos todos los bilbainos sabían quienes llevaban el hotel y cómo era", cuenta Carmen Pérez-Yarza, miembro de la familia Pérez-Yarza quien explotada el negocio en la época.
El ostentoso lujo de Excelsior
Los relatos familiares, aunque sean escasos, conservan todavía la imagen de aquel lujo. "Era para la alta sociedad. Estaba puesto con todo lujo de detalle. Hay muchos relatos sobre la fastuosidad, sobre todo lo que traían de aquí y de allá, la cubertería y los materiales", explica Gorka Pérez-Yarza, hermano de Carmen Pérez-Yarza.
No resulta difícil imaginar aquellos salones iluminados, las mesas vestidas con manteles impecables, la cristalería brillante y una clientela compuesta por la alta sociedad. "Entonces existía un establecimiento diseñado para impresionar desde el primer momento", apuntan.
Tras una profunda renovación, el hotel disponía de 60 habitaciones, 40 cuartos de baño, teléfono en todas las habitaciones, ascensor y calefacción central. La prensa de la época lo anunciaba como el hotel bilbaino mejor situado y destacaba unas comodidades que resultaban extraordinarias para los años veinte: habitaciones pintadas al esmalte, teléfonos en todas las habitaciones, ascensor y calefacción central.
Toda una experiencia
Por eso, cruzar las puertas del Excelsior en los años veinte debía de ser toda una experiencia. Nada más entrar, los huéspedes se encontraban con una recepción y en esa misma planta, la planta baja, estaba buena parte de la actividad del hotel: las oficinas, las cocinas y un gran comedor con capacidad para 150 personas donde se celebraban banquetes y celebraciones de la sociedad bilbaína.
Mientras tanto, un ascensor conducía a los huéspedes hasta las sesenta habitaciones del establecimiento pintadas al esmalte, distribuidas en varias plantas y equipadas con comodidades poco habituales para la época. Con cuarenta cuartos de baño, teléfono en todas las habitaciones y calefacción central, el Excelsior ofrecía un nivel de confort que muy pocos hoteles podían igualar en el Bilbao de los años veinte. Más que un simple alojamiento, era la demostración de que la ciudad quería mirar de tú a tú a las grandes capitales europeas.
Aunque el Hotel Excelsior desapareció hace décadas, su recuerdo sigue entre los descendientes de quienes lo impulsaron. Sin embargo, la relación de Gorka Pérez-Yarza con aquello es más lejano. “Ahora mismo tengo relación con la cerveza La Salve, es más, el que fue segundo director fue mi padre. El Excelsior me queda mucho más lejano y tengo menos información”, concreta.
La primer estrella Michelin de Bilbao
Sin embargo, el episodio que aseguraría un lugar al Excelsior en la historia llegaría desde su restaurante. En 1929 la Guía Michelin otorgó por primera vez estrellas en el Estado. Aquella edición distinguió únicamente a siete establecimientos en todo el estado. Dos de ellos estaban en Bizkaia: uno en Durango y otro en Bilbao. El elegido en la capital vizcaina fue al Hotel Excelsior.
Lo más llamativo es que apenas se sabe con exactitud qué se servía en aquellas mesas. No se han conservado menús conocidos y la guía tampoco explicó los motivos concretos de la distinción. Lo que sí se sabe, por documentos de la época es que alojarse en el edificio ubicado en la Plaza Nueva de Bilbao, era todo una experiencia para los sentidos.
Los historiadores señalan que la cocina del hotel seguía la influencia francesa, que en aquel momento marcaba la tendencia en los grandes hoteles europeos. Ese tipo de gastronomía más elaborada, basada en salsas, caldos y preparaciones complejas, era un símbolo de prestigio en los hoteles de lujo de la época. Puede que nunca sepamos cual fue el plato estrella que conquistó el paladar a aquellos que decidieron marcar La Plaza Nueva de Bilbao con una estrella.
Un hotel con varias vidas
Aunque hoy haya gente que lo recuerde como Hotel Excelsior, aquel edificio no siempre tuvo ese nombre. Su historia comenzó mucho antes de que la familia Pérez-Yarza se hiciera cargo de él. Ubicado en la Plaza Nueva número 14, con acceso también desde la calle Fueros, el hotel de gran lujo ocupaba el edificio principal de la plaza, que fue sede de la Diputación Foral de Bizkaia hasta 1900. A comienzos del siglo XX fue conocido como Gran Hotel Vizcaya y, posteriormente, como Gran Hotel Palace.
No fue hasta 1923 cuando la sociedad Pérez-Yarza Hermanos decidió relanzarlo bajo una nueva identidad. Eligieron llamarlo Excelsior, un nombre muy popular entre los hoteleros europeos de la época, asociado al progreso, la modernidad y la elegancia. La elección del nombre no fue casual. En aquella época, Bilbao estaba creciendo rápidamente gracias a la industria y el comercio marítimo, que impulsaban su economía. Cada vez más personas de la burguesía viajaban, se alojaban en hoteles y disfrutaban de Bilbao.
Una mujer adelantada a su tiempo
Y detrás de todo aquello se encontraba una figura fundamental: Lucía Yarza Arregui. En 1823, recordemos que fue cuando se inauguró y tras la muerte de su marido, Francisco Pérez Pérez, propietario en ese entonces de la sociedad Pérez-Yarza Hermanos, Lucía Yarza Arregui asumió las riendas de los negocios familiares, en concreto del edificio Excelsior, según señala el Ayuntamiento de Bilbao. Así, logró convertirlos en una referencia de la hostelería bilbaina, en una época en la que muy pocas mujeres ocupaban puestos de responsabilidad empresarial, Lucía dirigió una estructura que llegó a controlar hoteles, cafeterías, restaurantes y una fábrica de cerveza.
"Mi bisabuela Lucía Yarza fue una de las primeras emprendedoras que había en Bilbao. Una gran empresaria", recuerda Gorka, su bisnieto. Su influencia fue tal que incluso su funeral se convirtió en un acontecimiento para la ciudad. "Las fotografías enseñaban cómo la llevaron por el Arenal en una inmensa carroza negra tirada por caballos, como si se hubiera muerto el alcalde", explica Gorka. Mucho antes de que el término emprendimiento se pusiera de moda, Lucía Yarza ya había demostrado que era posible construir un proyecto empresarial sólido en una sociedad dominada por hombres.
El pequeño imperio de los Pérez-Yarza
Detrás del hotel se encontraba una de las familias empresariales más influyentes de Bilbao en cuanto empresas. Bajo la denominación Pérez-Yarza Hermanos se agrupaban algunos de los negocios más conocidos de la ciudad: el Café Boulevard, la Pastelería Boulevard, el Bar Carabanchel, la cafetería del Arriaga, el propio Hotel Excelsior y, posteriormente, la fábrica de cervezas La Salve.
Gorka Pérez-Yarza recuerda que durante su infancia, allá por los años 60 y pocos, todavía podían verse listas donde aparecían todos aquellos sitios en un panfleto. "Venía un listado de todo lo que tuvo la sociedad Pérez-Yarza Hermanos en su máximo esplendor. Empezaba con el Café Boulevard, la Pastelería Boulevard, el Bar Carabanchel, el Hotel Excelsior y terminaba con la fábrica de cervezas La Salve".
El Café Boulevard se convirtió en uno de los centros de la vida social bilbaína y su pastelería alcanzó una enorme reputación. "Muchos pasteleros de Bilbao pasaron primero por el obrador del Boulevard antes de tener sus propias pastelerías", recuerda Gorka.
La familia había construido una auténtica red hostelera cuando todavía no existían grandes cadenas como hoy en día. Su capacidad para tener varios tipos de negocios explica en gran parte el éxito que tuvieron en las primeras décadas del siglo XX.