El mural pintado por José María Uzelai para el batzoki de Bermeo es una de las joyas artísticas más reseñables del batzoki de Bermeo –aparte, por supuesto, del propio edificio, una construcción de estilo racionalista proyectada por el arquitecto Pedro Ispizua–. El magnífico mural que el artista bermeano pintó para ser exhibido en su salón principal es una pieza pictórica de 34 metros cuadrados en la que el que su autor quiso plasmar un ambicioso retrato colectivo del municipio, representándolo como una comunidad pujante en el ámbito pesquero y fuertemente comprometida con la causa nacional vasca.
Dentro del intenso ambiente marinero que invade todo el conjunto –el óleo representa el puerto y reproduce con detalle útiles, aparejos, pertrechos y otros elementos de la vida laboral de los arrantzales de la época– una gran parte de las personas que figuran en la estampa resultan perfectamente identificables por reunir la doble condición de gentes vinculadas a la comunidad marinera local y militantes nacionalistas adscritos al batzoki del municipio. El artista quiso ser tan fiel a la realidad, que hasta las embarcaciones atracadas en la dársena reproducen vapores reales de la época, que pertenecían a conocidos armadores bermeanos de ideología jeltzale. Todo está estudiado al detalle para representar con la máxima fidelidad la épica cotidiana de un pueblo trabajador y sacrificado, que vive apasionadamente la energía del patriotismo vasco.
La obra fue fruto de un trabajo intenso y concienzudo. Para su realización, Uzelai invitó a pasar por su estudio a las personas que le sirvieron de modelo e inspiración para perfilar las figuras que ocupan una posición destacada en la tabla. Unos días antes de su presentación pública, el cronista local del diario Euzkadi, Julen Urkidi, empleado de la cofradía y militante de Juventud Vasca, daba cuenta del trabajo que el artista estaba desarrollando para ultimar el mural de cara a la inauguración oficial del batzoki, y se hacía eco de la expectación que ello estaba generando entre los militantes de la villa: “Batzokiko laurkak dirala-ta euzko-margolari ospatsu au batera eta bestera dabil. Ia azkenian zer urtetan daben”.
Cuando se inauguró el batzoki, en junio de 1934, uno de los atractivos que se utilizaron como reclamo para los visitantes fue, precisamente, la espectacular obra de Uzelai. La víspera del gran día, el diario Euzkadi observaba que “el prestigioso artista” había regalado al batzoki de Bermeo “un cuadro que, como suyo, es verdaderamente hermoso”. Y, en fin, la crónica de los actos inaugurales, señalaba que “Los visitantes tuvieron ocasión de admirar la obra maestra del pintor don José María de Uzelai, una vista del puerto de Bermeo […] Muchos y muy merecidos elogios se hicieron de estas pinturas”.
Cuando las tropas franquistas ocuparon el municipio, en mayo de 1937, no tardaron en ocupar el batzoki y ponerlo a su servicio. Era un edificio amplio y nuevo, que resultaba muy útil para la labor propagandística que deseaban emprender. En un principio fue utilizado como centro de detención de desafectos a la causa rebelde, pero pronto pasaría a manos de la Falange. Al término de la guerra civil, quedó adscrito al Frente de Juventudes y en los años sesenta fue asignado a la Organización Juvenil Española. Los de mi generación recordamos que, en aquella época, sobre la barandilla de la terraza principal y de cara al puerto, unas letras de gran tamaño formaban la palabra FRANCO.
Durante la larga noche franquista, ninguna de las instalaciones –excepto el salón de cine, obviamente– recibió un trato que pueda ser considerado cuidadoso. Y privado, como estaba, de un mínimo mantenimiento, el edifico fue deteriorándose progresivamente, frente a la impotente mirada de los militantes abertzales que habían contribuido a su construcción. El mural de Uzelai no corrió mejor suerte. Las huestes de Franco se ensañaron con él de manera especial. No era una simple obra de arte; era todo un símbolo de la intensa pasión con la que el pueblo de Bermeo vivía la pulsión patriótica vasca. Le descerrajaron varios tiros y, con la ayuda de una brocha, ocultaron, tras una grotesca capa de pintura, los nombres en euskera, o de significación nacionalista vasca, que las embarcaciones representadas en la imagen llevaban consignados en la proa. Su propósito era claro: erradicar la lengua vasca y las expresiones del nacionalismo vasco hasta de las manifestaciones artísticas.
Huelga señalar que, como se puede comprobar en las fotografías que ilustran este artículo, el resultado de la intervención que llevaron a cabo en el cuadro con objeto de tapar los nombres de los barcos, fue bastante chapucero. Pero no contentos con esta agresión inicial, los más diligentes seguidores del Movimiento acabaron desmontando el mural y trasladándolo a un almacén, donde permaneció plegado y acumulando polvo, durante varios lustros.
Tras la muerte del dictador, la organización municipal del PNV recuperó el batzoki y rescató el mural, restituyéndolo al lugar para el que fue concebido. Hoy se exhibe en el museo del pescador, cuidadosamente restaurado. Pero en la imagen adjunta, obtenida hace más de quince años, se pueden apreciar los toscos brochazos con los que algún meritorio falangista local emborronó los nombres de las embarcaciones representadas en la obra. Tan sólo respetaron uno: el del vapor Jesús del monte que había sido construido en 1924 por el nacionalista Mariano Azeretxo.
El paso del tiempo fue difuminando los brochazos de los falangistas y hoy, tras la esmerada restauración practicada por la Diputación, se puede leer una gran parte los nombres originales con bastante claridad. Ello permite constatar que, en este punto, al igual que en otros aspectos de la obra, Uzelai fue rigurosamente fiel a la realidad. De manera que los barcos que llevó al mural –todos, como ya he dicho, pertenecientes a conocidos militantes nacionalistas de la localidad– están representados en la tabla tal y como eran: con el mismo color, el mismo nombre y el mismo folio. Incluso tuvo la delicadeza de situar en un lugar central, los vapores Izaro y Osasuna, que el 27 de agosto de 1933 habían chocado en alta mar, provocando la muerte de 11 pescadores, casi todos militantes jeltzales. Una tragedia que fue muy sentida en la comunidad pesquera.
Los nombres de los barcos matriculados en Bermeo
Tradicionalmente, los nombres de las embarcaciones vascas evocaban mayoritariamente figuras destacadas del santoral católico u otros motivos de carácter religioso, expresados en castellano: San Antonio y ánimas; San Andrés; Virgen del Carmen; Cruz de la esperanza, etc. En ocasiones, también se les bautizaba con un topónimo –Chacharramendi, Sollube Mendi o Ederra Mendi– o con un nombre propio; con frecuencia, el de la esposa, la madre o la hija del propietario.
Hacia finales el siglo XIX, este rígido esquema inicial dio paso a un proceso de paulatina flexibilización. Por una parte, empezaron a multiplicarse los nombres en euskera. Y así surgieron, entre otros, los vapores Ama Almikakoa (1910), Aita Kurtziokoa (1911), Jesusen Biotza (1917), Ignazio geurie (1917), Sendi Deuna (1921) y Angeru jagolia (1921).
Por otro lado, el nomenclátor naval bermeano empezó a incorporar nombres de carácter político y, especialmente, aunque no sólo, de sesgo nacionalista vasco. Algunos de los más antiguos fueron la lancha Bizkaitarra, que naufragó en 1902 y el vapor Arana Goiri Sabin que fue construido en 1911. Ese mismo año, el conocido jeltzale Tomas Arana mandó construir el vapor Sabino Arana-ena. Con lo que el fundador del nacionalismo vasco era recordado por doble vía.
Durante la II República –y especialmente a partir de 1933– crece ostensiblemente el listado de barcos a los que se imponen nombres de significación abertzale. La moda adquiere tal intensidad que, en algunos casos, se cambia el nombre de embarcaciones construidas tiempo atrás, sustituyéndose la denominación inicial por una nueva de inequívoca impronta nacionalista. Valgan tres ejemplos para dar cuenta de este proceso. El vapor Maiteder se rebautizó andando el tiempo como Euzko Gaztidixa. A Mar Atlántico (1928), de Delfin Hernani, se le nominó Jagi-Jagi. Y al vapor Niño de la Palma, de Elías Altonaga, se le cambió el nombre por Sabin Echea. No hace falta ser muy sagaz para adivinar la adscripción política de los armadores que promovieron estos cambios de nombre.
El cronista bermeano Julen Urkidi elogiaba esta moda en el diario Euzkadi, presentándola como una muestra ejemplar de compromiso político con el ideario abertzale: Motrikuko ontzitegijan eginda, nasa onetara ekarri dabe lurruntzitxu barri bat Jauregitzat´tar Pirmin Abertzale zintzuak eta bere lau gaste lagunak. Itxontzi oneri geure Aberri maitiaren ixena ezarri dautse: EUZKADI. Zorijonak ontzi onen jaubiari. Eta beste batzuk jarraitu dagitzubela euzkel-ixen politakaz, Aberrija, arlo askotara egiten da-ta”.
Huelga decir que la irrupción del franquismo, no sólo cortó en seco esta tendencia, sino que obligó a rebautizar todas estas embarcaciones con el fin de erradicar del paisaje portuario todo atisbo de expresión nacionalista.
El autor: Josu Erkoreka Gervasio
Doctor en Derecho. Letrado del Gobierno Vasco (jubilado). Exprofesor de Derecho en la Universidad de Deusto. Exdiputado y portavoz del Grupo Vasco en el Congreso (2000-2012). Exconsejero y vicelehendakari del Gobierno Vasco (2012-2024).