Una multitud ingente respondió ayer a la conmemoración del 125º aniversario de la empresa Iberdrola en el Parque de Doña Casilda de Bilbao, a la que pusieron la larga banda sonora Süne, casi en la sobremesa, Rigoberta Bandini y Antonio Orozco antes del cabeza de cartel, el colombiano Juanes, que repasó sus éxitos y canciones actuales en el tránsito del día a la noche, entre cánticos y bailes marcados por el pop, leves pinceladas de rock, cadenciosos ritmos latinos y hasta un guiño explícito a Fito y Fitipaldis.
Lo latino está de moda, renta en 2026. Si Bad Bunny se corona en Madrid como el Papa del reggaeton actualizado y comprometido con la salsa, el folclore y una identidad que planta cara al fascismo imperialista, y su paisana Shakira se da un baño de masas en la inauguración del Mundial, el de Medellín lo hizo anoche –¡qué mejor!– en Bilbao, en el recinto abarrotado por miles de personas de todo tipo, edad y condición del Iberdrola Music Festival.
Siete pantallas de video –dos de ellas detrás del escenario, para que la imagen se expandiera hacia la Plaza Euskadi y Mazarredo– se distribuyeron por el parque para contrarrestar lo inadecuado de Doña Casilda como escenario para albergar a miles y miles de personas entre tanto arbolado. Juanes apareció a las 20.45 horas –melena, barba, chaleco y brazos mazados y tatuados al aire–, para refrendar su estatus como uno de los máximos abanderados del pop latino tras un cuarto de siglo sobre los escenarios rubricado con conciertos en varios continentes, el aplauso del público y el reconocimiento del stablishment musical con un puñado de Grammy, generales y latinos.
Ya tenía al público enamorado cuando, a ritmo de su Stratocaster clara, modelo propio, introdujo Me enamora, a tumba abierta y tirando para abrir de uno de sus grandes éxitos. Marcó territorio con un pop rock con tumbao entre latino y reggae, dejando entrever lo que sería el espectáculo, donde las guitarras eléctricas convivieron con el folclore latinoamericano –cumbias, sobre todo– y las melodías y estribillos refulgentes del pop mainstream para las masas entre el vuelo de numerosas banderas colombianas.
Bilbao, una maravilla
El baile siguió con el ritmo vacilón de La Paga, cumbia de amor no correspondido, apoyada, como la siguiente Yerbatero, en una banda compuesta por un quinteto (batería, percusión, bajo, teclados y otra guitarra) que siempre se mostró efectiva y cumplidora aunque al servicio del jefe, cuya entrega y sudor se fue incrementando mientras sonaba el rock latino de Hermosa ingrata y daba las buenas noches a Bilbao, “una maravilla”, a la vez que recordaba el cariño recibido en la ciudad en el pasado.
Se atrevió con un ‘gabon’ tras interpretar Nada valgo sin tu amor apoyado en un sonido más que aceptable en nitidez y contundencia y con una presencia mayor de lo previsible de la guitarra eléctrica en un cantante pop. Juanes siguió alternando éxitos como el muy bailado y coreado Volverte a ver y la balada pop nostálgica Fotografía –“nada supera estar aquí, cara a cara”, la presentó tras declararse a favor de la tecnología–, que propuso un instante sensible y calmo ante tanto baile. Y ahí llegó la sorpresa de la velada, con la interpretación de parte de Soldadito marinero, de Fito y Fitipaldis entre un mar de móviles al aire.nas.
Entrega desaforada
Mientras algunos de sus seguidores más veteranos echaban de menos clásicos como su primigenio Fíjate bien, Juanes y su banda se lanzaron, cual kamikazes aunque con la red de buena parte de sus mayores éxitos, a por la entrega desaforada de la multitud, imposible de cuantificar y congregada en Doña Casilda. Empezaron con Es por ti, ese medio tiempo sugestivo y sensual que es su canción más escuchada en todo el mundo. Los corazones latían a mil, los cuerpos se mecían y los ojos brillaban… por el colombiano.
Y él, orgulloso, radiante y entregado, bajó de nuevo las revoluciones con Una noche contigo, moviéndose entre la balada sesentera y el bolero. “Esta es una noche de celebración del amor humano, que es lo más importante del mundo”, la presentó, antes de cantar Para tu amor, dedicada a su hija Luna, arropado por el público de las primeras filas, entre gritos de “guapo” y la sonoridad más desnuda y acústica de la cita.
Después, le hizo la cobra al habitual popurrí heavy con el que suele recordar su adolescencia a ritmo de Paranoid, de Black Sabbath, Enter Sandman, de Metallica, y Seven Nation Army, el himno ya futbolero de The White Stripes, para detenerse en el folclore de su tierra, entre guiños a la ciudad de Medellín y con acordeón, al cantar La plata y Bonita antes de atacar con una sonrisa La camisa negra, a la que el fan respondió como un coro masivo – “negra tengo el alma”– y otro volar de móviles.
Casi en la despedida entonó “se fue la luz de todo el barrio…” en el arranque de La luz, con su ritmo folclórico acelerado con efluvios electrónicos entre botes generalizados. No sucedió, claro, aquello lo organizaba Iberdrola. Y la fiesta latina estaba lejos de apagarse, todavía quedaba A Dios le pido, un rezo en clave de pop latino que dejó en el aire, piernas y corazones mucho baile, hermanamiento, diversión, respeto y el reclamo de amor, respeto y solidaridad para el presente y el de nuestro hijos y los hijos de nuestros hijos.