El Gobierno Vasco, según una carta inédita que ve la luz hoy en DEIA, firmó un contrato para la compra de aviones en plena guerra de 1936, que se convirtió en un foco de tensiones políticas y administrativas dentro del bando republicano.
En el otoño de 1937, con el conflicto en su momento más álgido, la Delegación del Gobierno Vasco en París gestionó la adquisición de material bélico clave: varios aviones destinados a reforzar la defensa vasca y la causa republicana. Pero la operación, que en apariencia solo implicaba un contrato comercial, desembocó en un conflicto político y administrativo con ramificaciones que involucraron a altos cargos, como el Lehendakari José Antonio Aguirre, el Ministro de Defensa Nacional Indalecio Prieto, y el dirigente Manuel Irujo.
El documento central de esta operación es una letra de cambio por valor de 205.000 libras esterlinas, que garantizaba el contrato de compra. El control, gestión y ejecución de esa letra se convirtió en objeto de una disputa interna que, a partir de ahora, puede seguirse con detalle gracias a la carta inédita de Francisco de Basterrechea Zaldívar (Bermeo, 1888 – Madrid, 1975), delegado del Gobierno Vasco en París, fechada entre septiembre y octubre de 1937, y que hoy se publica en exclusiva.
El bizkaitarra informa a sus superiores sobre el estado del cobro de la letra, que estaba en manos de procuradores y abogados en Londres y París, incluyendo al bufete William A. Crump & Son y al abogado Mr. Collard, recomendado por la Embajada rusa en Londres. “En espera estamos del dictamen del abogado Mr. Villar de París para activar la ejecución”, precisa el delegado, aclarando que las diligencias legales se estaban siguiendo con normalidad.
Sin embargo, según como informaba, el fondo del problema no era estrictamente judicial ni financiero, sino político y administrativo. Basterrechea subraya en la misiva que el contrato de compra fue suscrito “en nombre del Gobierno Vasco”, y que “no se podía transferir a la Junta de la Comisión Técnica del Estado las acciones para su cumplimiento”. En otras palabras, el Ejecutivo vasco mantenía la titularidad del acuerdo y, por tanto, la capacidad para decidir sobre su ejecución.
La carta revela un choque de competencias entre el Gobierno Vasco, con autonomía para gestionar su defensa, y los órganos republicanos centrales, como la Comisión Técnica del Estado. El delegado advierte que, aunque la Junta seguiría el asunto, cualquier decisión debía ser pactada directamente entre los gobiernos vasco y republicano, sin intervenciones unilaterales.
La disputa no se limitó a oficinas y despachos. El de Bermeo relata cómo trasladó la situación al lehendakari, con quien mantuvo una reunión en París. Según el delegado, José Antonio Aguirre manifestó que el Consejero de Hacienda entendía que, dado que todas las cantidades habían sido cargadas a la Hacienda del Gobierno Vasco, correspondía a ese departamento la responsabilidad de informar y supervisar la gestión financiera.
Aguirre insistió en la necesidad de “activar la ejecución de la letra” y en que la Delegación de París no era la titular política del contrato, sino un instrumento operativo. “Autorízome a entregar los documentos al abogado Villar para los efectos consiguientes”, añade Basterrechea, subrayando la confianza y el apoyo recibido del lehendakari. A su juicio, este dato es clave para comprender la voluntad de la dirección vasca de mantener autonomía en sus asuntos bélicos y económicos, incluso en el marco de una guerra compartida y con las limitaciones impuestas por la alianza republicana.
La carta también pone de manifiesto el protagonismo del Ministro de Defensa Nacional, Indalecio Prieto, del PSOE, quien desde Valencia se encontraba al tanto de las divergencias. Según Basterrechea, Prieto había entrado en la Junta de la Comisión Técnica el 25 de septiembre de 1937, hecho que marcó un punto de inflexión.
El delegado explica que Prieto fue informado de la compra y de los problemas con la letra, y que el ministro daba seguimiento al caso con atención, en un contexto en que el Gobierno central intentaba ejercer un mayor control sobre los esfuerzos bélicos dispersos dentro de la República.
Sin embargo, la carta indica que, pese a las presiones, la gestión vasca mantuvo su posición sobre la titularidad del contrato y su resistencia a que la Junta de la Comisión Técnica asumiera el control de la operación.
Otra figura que aparece en la correspondencia es la de Manuel Irujo, destacado dirigente vasco y representante en el Gobierno republicano. Irujo fue testigo de la circulación de cartas, reuniones y debates que reflejaban el delicado equilibrio entre colaboración y autonomía dentro del frente republicano.
El texto recuerda que Irujo valoraba que la compra de aviones no solo era una cuestión material sino un símbolo político: “sea el punto de conjunción de esta y de los dirigentes que levantan la bandera de la democracia en aquellos estados europeos y americanos”, anota el político del PNV, citando palabras del propio Irujo. La compra, por tanto, representaba más que armamento; era un acto de soberanía vasca y de reivindicación dentro del conjunto republicano.
La certificación de Basterrechea –que después de Francia se exiliaría en Argentina– ofrece un ejemplo claro de la compleja realidad del Gobierno Vasco durante la guerra. La gestión de una compra militar, aparentemente técnica, puso en evidencia las tensiones internas del bando republicano y las dificultades para conjugar autonomía y coordinación en una guerra derivada de un golpe de Estado. Más allá de la letra por 205.000 libras, el intercambio epistolar revela cómo el control político de los recursos materiales se convirtió en un terreno de disputa que fue más allá del papel y las cifras, tocando las fibras mismas de la soberanía y el poder. El propio Indalecio Prieto respondía brevemente a Irujo el 1º de octubre de 1937: “Mi querido amigo: después de terminada la sesión del Parlamento de hoy, me encontré con una carta de Basterrechea, referente al asunto que motivó una indicación que hice a usted esta mañana. Adjuntas remito a usted copias de dicha carta y de mi respuesta. Su afmo. amigo”. El contenido de esa su respuesta queda a día de hoy en el aire. El jeltzale Basterrechea –padre del histórico artista Néstor Basterretxea- murió 19 días después que el dictador Franco, en 1975.