LA transformación demográfica acelerada de nuestras sociedades tiene pocos precedentes. Envejecemos a un ritmo sin precedentes, impulsado por un cambio sociológico profundo. Ni siquiera la llegada de inmigrantes –y ello aunque se mantenga durante años– modificará sustancialmente esta tendencia. Si nos miramos con cierta perspectiva, en toda Europa y por supuesto en nuestros territorios –algunos de ellos entre los más envejecidos de todo el continente–, dentro de unos años seremos pocos y seremos mucho más viejos. Silenciado a veces por el ruido político del día a día, el asunto va tomando poco a poco relevancia. No será un cambio radical, de un año para otro, sino un tsunami lento pero duradero, que obliga a tomar decisiones mirando a largo plazo, una de las grandes carencias de nuestro sistema político. Esta misma semana, la Fundación de Cajas de Ahorros (Funcas) publicaba un estudio de Funcas sobre las limitaciones de la inmigración como solución demográfica. Ni todos los que llegan permanecen –casi ocho de cada 15 migrantes que han entrado en España desde 2002 ya se han marchado– ni todos son jóvenes: entre 2021 y 2025, la población de origen extranjero de más de 54 años ha aumentado casi un 42%. El estudio concluía que, con la necesaria llegada de emigrantes, se compra tiempo pero no se resuelve el problema. Esa es la buena noticia: queda algo de margen para reaccionar. La mala noticia es que las políticas de fomento de la natalidad han resultado ineficaces. Ni las ayudas directas ni las medidas de conciliación, pese a leves repuntes, han logrado situar la fertilidad en niveles sostenibles. La razón es clara: los jóvenes siguen encontrando insalvables las barreras para emanciparse. Por tanto, facilitar el acceso a la vivienda debe ser un pilar de toda estrategia demográfica a medio y largo plazo. Junto a ello, es imprescindible fomentar empleos estables, impulsar la cohesión territorial y recuperar un horizonte de optimismo que hoy está muy ensombrecido. Tocará asimismo adaptarse, adecuar nuestra estructura económica a una nueva realidad. Surge, sin embargo, una duda inquietante: ¿serán nuestras sociedades envejecidas capaces de adoptar las decisiones políticas que exige el futuro? Ahí reside el gran desafío.