Deglutida la miseria del Blockhaus, la escalada penosa a la casa cuadrada, al búnker rocoso de los Abruzzos, el sol salió con forma de sonrisa feliz para el Giro, pizpireto entre Chieti y Fermo.
Se arrullaron los dorsales en la línea de costa del Adriático para descansar la vista después de que en la montaña los ojos se entrecerrarán por el esfuerzo, y la mirada fuera ciega debido al impacto de la ascensión, tortuoso, abrumadora.
Recuerdos de un muro en el que se reptaba y se ascendía a gatas. Doblados. A nivel del mar, la sensación era distinta, de alegría, de repente todos alados. Se estiraron los cuerpos, dando la bienvenida a un día mejor.
Como la dicha brotaba a borbotones, el baile invitó a muchos, como una charanga en el desfile del día de fiesta. De esa algarabía, florecieron Narváez, Leknessund y Bjerg. Un noruego contra dos militantes del UAE. Los tres estimulados en la región de las Marcas.
En Fermo colocó otra cruz Jhonatan Narváez. Otro monumento para honrar a los compañeros caídos en Bulgaria. Obligado a reinventarse el UAE, que perdió tres piezas de coleccionista, Adam Yates, golpeado y abrasado, Marc Soler y Jay Vine, fracturados, rotos los huesos. Narváez, fuerte y poderoso, recopiló su segunda victoria en el presente Giro para recordar a los suyos. Para homenajearles.
El de Narvaéz fue el tercer laurel del equipo contando la épica demostración de Igor Arrieta. Continúa el idilio, el romance del ecuatoriano, con la Corsa rosa.
Narváez parla italiano. Cesenatico, Turín y Cosenza le recibieron con anterioridad con honores. A esas ciudades, debe sumarle Fermo.
El Lagarto, como se conoce al ecuatoriano, se posó sobre la colina, de nuevo ganador, encaramado el centro histórico de la colina del Girfalco. Dedicó la victoria a Bjerg, su escudero.
Se impulsó sobre sus hombros. El danés fue el arquitecto del triunfo de Narváez, que remató decorando Fermo con su estandarte.
Apaleado y triste el UAE en el Giro por culpa de las caídas, obligado a replantear los objetivos por causas de fuerza mayor, encontró alivio con Narvaéz y Arrieta.
El ecuatoriano agitó su bandera victoriosa entre las calles medievales, que recordaban las dureza de los tiempos pasados, que se asimilaban a Siena y después se despejaban.
Notables Beloki y Arrieta
Narváez, experto en el Giro, celebró su conquista. Lekennessund, doliente, a medio minuto, fue segundo. Después, desperdigados, entraron los restos. Markel Beloki e Igor Arrieta, juntos, compartieron plano. El gasteiztarra fue décimo.
Entre los jerarcas, Eulálio mostró un punto de orgullo y de ambición en las cuesta de Fermo, pero Vingegaard le negó. Incluso le sisó un par de segundos junto a Hindley.
Después del baño y del spa en la costa, el Giro se adentró hacia un nudo de cotas, un escaparate con aspecto de clásica, donde el nerviosismo emergió. Se descorcharon muchos en esa agitación.
Territorio comanche entre vías secundarias, carreteras estrechas, asfalto dejado, trazado retorcido y burlón. La subida de Montefiore d'Aso era un despegue hacia la belleza medieval. Uno de los pueblos más bonitos de Italia. Un lugar ideal para un esteta sobre un promontorio.
Leknessund, Narváez y Bjerg no tenían tiempo de admirar la singularidad del lugar. La belleza siempre es fugaz, lo es más con prisas. Al trío le perseguía un nutrido grupo en el que respiraba el descaro de Markel Beloki y el arrojo de Igor Arrieta.
En las carreteras, viejas, agrietadas, sin lifting, se escuchaban los chasquidos del látigo, accionado por los músculos de las cotas.
Narváez no perdona
Monterubbiano lo descubrió Bjerg, costalero de Narváez. El ecuatoriano se alegraba en la subida. El gesto era más adusto para Leknessund, emparedado, pensando cuando los muchachos del UAE comenzarían la ofensiva. Aún le necesitaban, pero a cada cambio de ritmo le asfixiaban un poco en una colina.
El campeón de Noruega trataba de no cometer errores, de no ofrecerse demasiado. Debía medir, gestionarse sin histrionismos. Por detrás, la treintena de dorsales era un galimatías. Demasiados intereses.
Eulálio, de rosa, vigilaba a los lejos, pero sin olvidarse del frente. Vingegaard, de azzurro, el líder in pectore, dispuso a sus muchachos a fijar la marcha. Allegro ma non troppo. Bahrain y Visma compartieron el trabajo.
Superado el muro tieso del kilómetro Red Bull, sucio el suelo debido a un desprendimiento, Romo, obstinado rastreaba al terceto.
Era el puente olvidado entre los fugados y el grupo desde que nació. La empalizada la ascendió al paso el pelotón, acomodado en una etapa que era un disparo de cañón, con una media de 45,12 kilómetros por hora al final de la jornada.
Capodarco era otra de esas subidas muy italianas, que son más duras de los que parecen, sobre todo cuando la aceleración manda. Narváez se encendió. Lekenessund acudió a esa luz, pero se quemó.
Bjerg, realizado el trabajo, se desatendió. El noruego, con menos reprís, tenía que amoldarse a su ritmo. Entre los muros del final, el ecuatoriano corría al asalto, con la pértiga de la confianza. Acompañado por ese estado de gracia, Narváez colecciona Fermo.