Lucía Lacarra: "Si no aprendemos a utilizar la IA, va a controlarnos sin que nos demos cuenta"
La laureada coreógrafa estrena este viernes en el Teatro Arriaga la segunda producción de su compañía: ‘A.I. Amalur Indarra’
No compra el discurso del progreso sin límites. Lucía Lacarra (Zumaia, 1975) reivindica lo humano en un mundo a su juicio cada vez más dominado por una Inteligencia Artificial (IA) que despoja a las gentes de su capacidad para pensar, para crear. Sobre eso reflexiona el último espectáculo de su compañía, I.A. Amalur Indarra, que se estrena este viernes, 27 de marzo, sobre el escenario del Teatro Arriaga, un espacio que siente casi como un hogar.
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Propone una distopía gobernada por una Inteligencia Artificial despiadada que se carga a quien se atreve a cuestionar su ley. ¿De dónde surge este escenario? ¿Tanto temor le inspira la IA?
No es una IA despiadada, no nos estamos inventando un mundo futurista donde la gente vive con miedo. Estamos hablando de una realidad: si no aprendemos a utilizarla, nos va a controlar sin que nos demos cuenta, porque ya lo está haciendo hoy en día. Nos hemos acostumbrado tanto a la tecnología que somos incapaces de servirnos sin ella.
Usted, entonces, evita la Inteligencia artificial.
Pero la utilizo pasivamente como todo el mundo, porque acudimos a Google, buscamos algo como población de hoy en día en Bilbao y…
La primera respuesta está generada por Inteligencia Artificial.
Donde tú buscabas en esas páginas webs una respuesta, ahora te la busca y te la da. Y ya no discutimos, no nos planteamos si la información es verídica o no. La cogemos y ya. Nos está facilitando tanto las cosas que pronto ya no vamos a saber cómo utilizar un motor de búsqueda. Y el peligro que eso tiene es que dejemos de cuestionarnos las cosas, que dejemos también de relacionarnos de forma humana.
"La inteligencia artificial, está aquí para quedarse y va a seguir evolucionando. Y que hay que aprender a vivir con ella, a controlarla"
Entonces, este es un llamado a no perder el pensamiento crítico.
El mensaje es claro, y es el que, en este caso, lanza Amalur, nuestra protagonista. Nos dice que las nuevas tecnologías, la inteligencia artificial, están aquí para quedarse y van a seguir evolucionando. Y que hay que aprender a vivir con ellas, a controlarlas.
¿Recurre a Amalur como salvadora?
Sí. Sobre todo, porque en este caso estamos mezclando dos temas que son muy actuales: la inteligencia artificial y el cambio climático. Están muy relacionados. Estamos tan ocupados en pensar en las nuevas tecnologías, en el progreso, en el futuro, en vivir en otros planetas que nos estamos olvidando del nuestro.
¿Aboga, pues, por un regreso a los orígenes, el apego a la tierra, frente a un mundo tecnificado y acelerado?
Exacto. Amalur representa a la madre, la madre tierra. Y no hay nada que proteja, que defienda, que cuide, que ame, que perdone más que una madre. Amalur también quiere hacer un llamamiento en favor de mantener las raíces. Es como: hay que avanzar en este mundo que cada vez va a ser más tecnológico, pero mantén quién eres.
"Con trece años, el Teatro Arriaga me pareció el lugar más mágico del mundo"
En esa línea: dicen que lo rural parece estar superando a lo urbano en el arte. ¿Por qué cree que los creadores están regresando al pueblo? ¿Percibe ahí algo de rebelión, de hartazgo…?
No, todo lo contrario. Viene de la inspiración. Viene de la falta de ruido. Yo nací y crecí en Zumaia. Matthew Golding, coreógrafo, mi marido, descubrió este lugar hace prácticamente seis años y se enamoró por completo. Y ahora todos los bailarines que he traído, el maestro de baile, el otro coreógrafo… Hemos hecho toda la creación allí. Me gusta ver la reacción de personas que vienen de ciudades como Madrid o Ámsterdam y las sensaciones que, de repente, te da un lugar donde no hay ruido. Y cuando digo ruido, no me refiero a un ruido físico, sino al ruido de la ciudad, del movimiento, del estrés.
Por otro lado, esta es la segunda producción del Lucia Lacarra Ballet y vuelve a estrenar en el Arriaga. ¿Cómo siente el regreso?
Primeramente, es un lujo, un honor y una suerte enorme poder estrenar en el Arriaga. Y eso es gracias a Calixto Bieito y a todo el equipo del Teatro Arriaga, que ofrecen un apoyo valiosísimo.
¿Como si fuera una segunda casa?
Sí, porque ofrecen un apoyo a los creadores de aquí, y eso es muy importante. Te dan esa llave a una casa, que es un espacio impresionante, maravilloso. Este es el primer teatro que yo pisé como espectadora, con 13 años. Vine al estreno del ballet de Víctor Ullate. Y me enamoré. Me pareció el lugar más mágico que existía en el mundo.
Por último y a modo de resumen, ¿qué emoción quiere que el espectador se lleve a casa después del espectáculo?
Lo que quiero, sobre todo, es que haga pensar. Eso y que la gente se dé cuenta de que las emociones son necesarias en este mundo, para todo, para todos. La vida está para vivirla, no está para calcularla, no está para ser perfectos, no está para ser simplemente lógicos o racionales, ni para buscar los resultados idóneos. La vida está para disfrutarla, para experimentarla, para cometer errores —porque se aprende de ellos— y para ser imperfectos. Hay que buscar ese balance: intentar hacer las cosas bien, progresar, avanzar, pero mantener esa humanidad.
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