PREMIO EUSKADI DE LITERARURA
Entrevista a Aixa De la Cruz

"Mi libro nació en un contexto tan específico que su sentido es caducar"

16.10.2020 | 19:25
Aixa de la Cruz, Premio Euskadi de Literatura en Castellano.

Las inquietudes que asolaban a Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988) cuando escribió Cambiar de idea (Caballo de Troya) son tan inherentes al contexto social que las propició que se sorprende de que tres años después la sigan leyendo. Al calor del caso de La Manada, consiguió transformar en acción la rabia y la culpa de ser testigo de tantas violencias sexuales que habían padecido las mujeres a su alrededor hasta la toma de conciencia política. Porque no solo habla de feminismo. La escritora defiende, sobre todo, poner el foco en el sistema que posibilita los privilegios y la desigualdad estructural. Por eso, el mayor logro de su obra, en la que narra cómo normalizaba tantas injusticias que ahora es capaz de detectar, es que quede obsoleta cuanto antes, porque ello significará que las ansiedades que canaliza han sido cicatrizadas.

Ha sido finalista del Premio Euskadi en dos ocasiones, pero su obra ha tenido más repercusión fuera de nuestras fronteras. ¿Es más difícil ser profeta en esta tierra cuando se escribe en castellano?
—Mi circunstancia es muy particular: hace mucho que no vivo en Euskadi. He tenido poca vinculación real con el territorio, no soy capaz de extrapolar mi experiencia a la del resto de escritores. En todo caso me hace particular ilusión este premio, porque siento que me han leído más fuera de casa que en casa. Ojalá con esto haya posibilidad de remediarlo.

¿Cuántas veces cambió de idea desde que a los 21 reconoció que era "un poco misógina" hasta escribir la obra que le ha valido el premio?
—La literatura está centrada en torno al cambio del personaje, las narraciones que nos contamos tienen en común la historia de un personaje que parte de un punto A, se ve atravesado por una serie de conflictos, y desencadena en un punto B. Esto también ocurre en la vida real. Es lo que intenté plasmar en Cambiar de idea a través de la forma en la que adquirí conciencia política, sobre todo en torno al feminismo, pero no únicamente.

¿Hay muchas páginas de su obra que quedaron en borradores que no se han publicado?
—Sí, me senté a escribir y lo hice guiada por fines más terapéuticos que literarios. Ese texto inicial, una transcripción desordenada de la angustia que sentía en aquel momento, adquirió una forma elaborada con intención literaria, más ficcional, y se convirtió en este otro texto. Lo que ambos tenían en común es que el origen de la angustia tenía mucho que ver con el sufrimiento que percibía en mujeres que tomaban conciencia sobre el pasado de abusos y de violencia sexual que habían vivido, mi propia experiencia como mujer en relación a esos abusos y, al mismo tiempo, la sensación de que, en muchos momentos, más que del lado de las víctimas había estado del lado de quién no entiende esos abusos o los normaliza.

"Me hace particular ilusión este premio, porque siento que me han leído más fuera de casa que en casa"

¿Pudo deshacerse de la sensación de incomodidad mientras escribía?
—De lo que no me deshacía era de la sensación de rabia. Recuerdo cuando nos manifestábamos por los primeros fallos de la sentencia contra La Manada, había una sensación de que no era suficiente. Estábamos escandalizadas. La escritura fue una forma de canalizar esa rabia.

En el libro reconoce haber sido testigo de una violación y habla de la culpa, ¿es necesaria para impulsar el cambio?
—Sí, la culpa puede ser un motor hacia la acción, lo peligroso es quedarse en la culpa porque es profundamente incapacitante. Si nos motiva a emprender un cambio basado en el autoanálisis y, sobre todo, basado en el compromiso de emprender acciones que cambien las cosas creo que es positivo. En todo caso, la culpa siempre es individual, pero el origen de las violencias no empieza ni acaba en mí, sino que su origen es estructural y es ahí a donde tenemos que dirigir nuestros dardos.

Describen su obra como un retrato generacional. ¿La generación que ha tenido que desaprender lo aprendido, quizás?
—Creo que sí. Somos una generación que se ha vapuleado, se nos ha acusado de ser ninis cuando no teníamos oportunidades de trabajo. Después de todos esos sambenitos generacionales, si algo positivo se puede decir de nosotros es que hemos tenido que cambiar nuestras expectativas y marcos mentales. Estamos continuamente reajustando nuestra mirada para dejar de ser racistas, machistas..., entender que el mundo y la visión que nos han legado tiene fisuras y no hay nada malo en rehacer esas miradas para intentar corregirlas.

¿El feminismo intimida porque no parte de la idea de que hay una verdad absoluta?
—A la gente a la que le intimida es aquella que sospecha o sabe que tiene privilegios que le facilitan la vida a expensas de otras personas. Tienen la piel muy fina ante cualquier discurso que le señale sus privilegios. No es fácil, porque casi todos en Occidente tenemos una vida más o menos digna pero erigida por encima de la vulneración de derechos de otras personas. Es un discurso que lo atraviesa todo, el feminismo, el cambio climático... Hay gente que está más abierta al cambio y a dejarse desbancar.

Su obra ha sido escrita en un contexto concreto. ¿Será diferente su lectura dentro de veinte años?
—Hace unos días le decía a mi pareja, antes de recibir el premio, que me sorprendía que en 2020 se siguiera leyendo. Nació en un contexto tan específico, interpelando a la gente que lo estaba viviendo de forma tan directa, que su sentido es caducar. Si este libro ha caducado dentro de veinte años será una buena señal porque tendrá que ver con que todas las ansiedades tan contextuales que canaliza han sido cicatrizadas a nivel social. Pero la violencia sexual va a seguir ahí y seguirá habiendo momentos catárticos en los que todas hablemos.

"La culpa es individual, pero el origen de las violencias es estructural y ahí tenemos que
dirigir los dardos"

¿Es peligroso adaptar el feminismo para acomodarlo a todas las mujeres incluso cuando algunas persiguen objetivos contrarios?
—Soy de las que piensa que el feminismo solo puede ser radical y antisistema. No creo que se pueda ser de derechas y feminista porque para mí el feminismo no persigue que haya mujeres que vivan mejor que otras, sino que persigue que haya igualdad social. Tiene que ser la puerta de entrada hacia un cambio y, por lo tanto, un movimiento necesariamente antisistema. La idea de que haya un feminismo que nos acomode a Inés Arrimadas y a mí no la concibo.

Su libro se enmarca dentro de la autoficción. Es un género muy dado para las reflexiones feminista. 'Teoría King kong', de Virginie Despentes, es un claro ejemplo de ello.
—Totalmente. La historia de la escritura de las mujeres está muy vinculada con el yo. De hecho, las escrituras del yo, por estar muy asociadas a lo femenino, han sido denostadas durante mucho tiempo. Se consideraba que las mujeres que escribían sobre su vida doméstica, la maternidad... eran parte de una subcategoría porque nunca se enfrentaban a los grandes temas literarios, que eran los que interpelaban a los hombres. El hecho de que la escritura del yo, a través del término de la autoficción, tenga prestigio tiene que ver con que a finales del siglo XX los hombres empezaran a interesarse por ella. Es como sucedió con el rock, era cosa de negros hasta que llegó Elvis Presley.

En los Premios Euskadi tres de las obras premiadas han planteado reflexiones de género. Además de la suya las de Karmele Jaio y Uxue Alberdi. ¿No es casualidad, verdad?
—Para nada. 2017 fue la punta del iceberg, fue un momento en el que el feminismo hizo tanto ruido que, por fin, se ha colado en la agenda mainstream. Estamos en un periodo histórico en el que necesariamente se ha tenido que escribir sobre ello. No me sorprende que los Premios Euskadi vengan a dar una imagen de cómo el feminismo ha llegado a tener un grado de hegemonía que nunca antes había tenido.

"La idea de que haya un feminismo que nos acomode a Inés Arrimadas y a mí no
la concibo"

Las lectoras han espoleado la literatura escrita por mujeres, que siempre ha estado ahí y por la que ahora las editoriales apuestan cada vez más. ¿Es una moda pasajera o un cambio de paradigma?
—Lo que ha cambiado es el tapón del mercado que ha impedido que las mujeres que escribían salieran. Antes en cada generación había dos mujeres, con eso se cumplía la cuota y los editores se quedaban tranquilos. Ahora los editores han visto un filón en publicar a mujeres jóvenes con un discurso que sintoniza con nuestra época. Lo importante es que no se quede en una moda y sea una tendencia que se consolide. Y que las escritoras no tengamos solo espacio en el mercado cuando hablamos de feminismo, que eso sería un estereotipo inmovilizante. Y es importante que el premio Euskadi, que tiene muchos años y apenas ha premiado a mujeres, no solo premie a muchas mujeres este año, sino que la tendencia se consolide.

¿Sigue costando captar la atención de los hombres cuando la portada de un libro la firma una mujer?
—Hay pequeños resquicios de cambio que son importantes. Hace diez años había muchos hombres que no leían a mujeres y ahora nos leen con el mismo interés que nos leemos entre nosotras. También hay otros muchos, en el mercado editorial, que solo leen a otros escritores y organizan festivales y solo invitan a sus amigos.

"Es importante que las escritoras no tengamos solo espacio en el mercado cuando hablamos de feminismo"

Tímidamente comienzan a publicarse libros que cuestionan la masculinidad imperante. ¿Estamos ante la siguiente ola del feminismo, la que hace que los hombres comiencen a plantearse sus privilegios?
—Ojalá. Pero en relación a las nuevas masculinidades soy muy bestia y estoy de acuerdo con Víctor Parkas en su libro Game Boy: lo único que pueden hacer los hombres es entregar las armas. Lo que define la masculinidad es su toxicidad, y lo que hay que hacer con ella es abolirla. Eso de buscar alternativas light para ser masculino no acabo de verlo. Lo que para mí caracteriza la masculinidad cuando hablamos de concepciones abstractas es que ser hombre ha sido dominar a otros. Está asociado al poder ejercido de forma despótica.

¿Y qué hay de la forma en la que las feministas deben gestionar sus contradicciones?
—Es algo así como aspiro a vivir en un sistema anticapitalista pero me acabo de comprar unas botas en Zara. No hay que frivolizar. Una vez que te dejas convencer por una teoría determinada hay que intentar ser coherente, pero también hay que tener en cuenta que los problemas son sistémicos, culturales y sobre todo, subjetivantes. Tanto el capitalismo como el patriarcado nos vuelven sujetos; el capitalismo nos dice que cuando queremos decirle a alguien que le queremos mucho le hagamos un regalo. Una vez que se identifica se puede hacer más por cambiarlo, pero hay que ser autoindulgente con uno: el sistema nos ha creado y es muy difícil quedar al margen de sus inercias.