Tomás Uribeetxebarria, un ingeniero civil del espíritu
Defendió la cultura y, sobre todo el uso de un euskera moderno, vanguardista
Hay ciudades que se levantan con hierro y humo, y otras que, cuando el humo se disipa, descubren que su verdadera arquitectura estaba hecha de palabras, de música, de cuadros y de memoria. Durante el último tercio del siglo XX, mientras Bilbao dejaba atrás el carbón y las grúas de los astilleros para aprender a mirarse en los museos y en los teatros, uno de los hombres que ayudaron a trazar ese tránsito fue Tomás Uribeetxebarria.
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No fue un artista ni un escritor de fama. Fue algo más raro: un organizador de cultura, una especie de ingeniero civil del espíritu. Pertenece a esa estirpe discreta de políticos que, en vez de levantar estatuas a su nombre, prefieren poner cimientos para que otros creen. Durante años, desde la Diputación de Bizkaia, trabajó para que la cultura vasca pasara de ser una herencia frágil a convertirse en una infraestructura pública.
Tomás Uribeetxebarria Maiztegi nació el 29 de diciembre de 1937 en Aretxabaleta, un pequeño municipio guipuzcoano incrustado entre montes húmedos y campanas de parroquia. Era un país todavía marcado por la posguerra, donde la lengua vasca sobrevivía más en las cocinas y en las ferias que en las instituciones. En ese ambiente creció Uribeetxebarria, aprendiendo pronto que el euskera no era solo un idioma sino una forma de mirar el mundo.
Su vocación inicial fue pedagógica. Durante años trabajó como profesor y jefe de departamento en el Instituto de Ciencias de la Educación de la Universidad del País Vasco. En las aulas se movía con la calma del maestro que cree en la paciencia del conocimiento. Pero pronto comprendió que la cultura no solo se enseña: también se gobierna.
Su nombre no aparece grabado en el titanio ni en el Euskalduna. Pero está allí, invisible, como esos cimientos que nadie ve
La transición española abrió un territorio político nuevo, y el País Vasco vivía entonces el desafío de reconstruir sus instituciones culturales. Uribeetxebarria participó en la Comisión Mixta de Bilingüismo del Consejo General Vasco, donde se discutía algo tan delicado como el lugar del euskera en la enseñanza y en la vida pública.
Era un asunto lleno de pasiones, ideologías y heridas. Él lo abordaba con una mezcla de pragmatismo y convicción. Creía que una lengua no se impone ni se suplica: se hace útil, se hace viva, se hace cotidiana. Su relación con la el euskera no fue solo política.
Colaboró con la comisión de lexicografía de Euskaltzaindia, la academia del euskera, y publicó el libro Palabras y lenguas (1992), donde reflexionaba sobre los modelos lingüísticos y la enseñanza del idioma. En aquellas páginas se adivinaba un pensamiento claro: la lengua vasca debía ser moderna o no sería.
En la década de los noventa, Uribeetxebarria ocupó el cargo de Diputado Foral de Cultura de Bizkaia, bajo gobiernos del PNV.
Ese puesto, lo situó en el corazón de la transformación cultural de Bilbao.
La ciudad empezaba a reinventarse. Y así se vio el desarrollo institucional del Museo Guggenheim Bilbao; la programación y puesta en marcha del Palacio Euskalduna, convertido después en uno de los grandes centros musicales y congresísticos del norte; el fortalecimiento del Museo de Bellas Artes de Bilbao.
Desde su despacho –donde siempre había más libros que carpetas– defendía una idea: la cultura también es economía, paisaje urbano y autoestima colectiva.
Uribeetxebarria fue un hombre que creyó que el euskera debía sonar en las escuelas, que la música debía llenar los teatros, que los cuadros debían volver a las paredes de los museos. Cuando mueren personas así, la ciudad apenas se detiene. Los tranvías siguen pasando. La Ría baja hacia el mar. En los bares se habla de fútbol pero el rumor de un buen hombre permanece.
