Fue un hombre en continua lucha y a bordo, un espíritu inquieto que gastaba media sonrisa sobre la silla de ruedas que marcó su imagen y su permanente batalla por la justicia. Les hablo de Juan Carlos Sola, hombre que nació en 1955 en el bilbaino barrio de Uribarri. Con 29 años, sufrió un accidente de tráfico que le dejó en silla de ruedas. No obstante, gracias al apoyo de su familia, se involucró en el movimiento asociativo de las personas con lesión medular y de ahí pasó a una incipiente Fekoor (Federación Coordinadora de Personas con Discapacidad Física y/u Orgánica de Bizkaia), una atalaya desde la que defender los derechos y las tierras con discapacidad; siempre sin perder los papeles, siempre sin dar un paso atrás.

Su vida fue un ejemplo, el empeño puro en demostrar que todo era posible. No en vano, Juan Carlos Sola fue un activista incansable. Sola trabajó para que las personas con discapacidad pudiéramos decidir sobre sus propias vidas. En palabras de su amigo José Rodríguez, “para él no había nada imposible; era un apasionado de la vida, disfrutaba de sus amistades y tenía una parte muy humana y sensible que, a veces, no dejaba ver del todo”. Practicó esquí, subió al Gorbea e incluso disfrutó de las vistas del inaccesible Puente Colgante de Bizkaia. Jamás enarboló la bandera blanca: ni en sus reivindicaciones sociales ni en sus actividades viales.

Fekoor fue su banderín de enganche. Fue fundada en 1979, cinco años antes de que Juan Carlos tuviese el fatídico accidente. Su vida, desde niño, fue un viaje hacia la comprensión de la vulnerabilidad humana; pero sería un episodio decisivo —un accidente de tráfico en 1984— el que templaría su carácter y redirigiría su destino hacia una causa que trascendería su propio nombre: la defensa de las personas con discapacidad. En ese barco fue todo entrega.

Al comienzo de su actividad asociativa coincidió en el tiempo el hecho de que Norman Foster alumbrase el proyecto de Metro Bilbao. Un flamante 11 de noviembre de 1995, la villa inauguraba su suburbano, pero no para todos. El proyecto inicial no incluía los ascensores exteriores que hoy existen y que hubo que añadirle con posterioridad. “A Foster se le dio el visto bueno a un proyecto que en su país no se le hubiese aceptado. Para las administraciones prevalecía más inaugurar la red que tener todo el servicio garantizado para toda la ciudadanía”, dijo Sola. Dos décadas después “ha habido una evolución positiva a nivel social, pero estamos yendo lentos, cada vez hay más personas en riesgo de exclusión de las que logran salir de ella”.

Con la sensibilidad de quien ha tocado con los dedos la fragilidad de la existencia y la fortaleza de quien sabe que la adversidad no es una prisión sino una invitación, Sola entró en Fekoor en los albores de los años noventa. Desde allá, con el paso firme de quien ha visto todo y aún conserva esperanza, transformó la federación en un espacio de dignidad, voz y acción. Bajo su liderazgo —que se prolongó durante casi tres décadas, 28 años, hasta su despedida en junio de 2022— Fekoor creció desde la reivindicación hasta la innovación social.

No fue un director al uso. Sola entendió, como pocos, que la verdadera emancipación no se conquista con discursos, sino con oportunidades. Promovió la creación de programas pioneros en Bizkaia, como el centro diurno Arbolarte, los apartamentos con apoyo de Etxegoki y el programa SAVI de asistencia personal, servicios que no solo atendieron necesidades, sino que inauguraron una forma nueva de mirar al mundo: con respeto por la autonomía, la decisión propia y la libertad.

En 2025 Sola fallecía. Fekoor y la ciudad le lloraron.