En Bilbao las calles hablan. Algunas murmuran en euskera, otras resoplan en castellano con acento de puerto, y unas pocas –muy pocas– todavía dicen “pasa, que aquí siempre hay sitio”. Deténgase la persona paseante por esta crónica en Hurtado de Amézaga, número 48, espacio que fue durante noventa años una de esas direcciones que no necesitaban explicación. Decías Rimbombín y la gente asentía. No hacía falta mapa ni guía que le llevase a uno.
El Rimbombín nació en 1931, cuando Teodoro García abrió un café con billares y futbolines en la parte alta de la calle. Allí se bebía café fuerte y se hablaba alto. Con el tiempo, el negocio dejó de sonar a bolas chocando y empezó a oler a mar. Las mesas sustituyeron a los juegos y el local se transformó en restaurante, especializado en marisco del Cantábrico. Dicen que el cambio fue natural. Que Bilbao ya venía del hierro y del sudor, y necesitaba un sitio donde celebrar que el día había terminado. Así que llegaron las ostras gallegas, el txangurro al horno, el rodaballo de pincho. Y llegó el carácter: serio por fuera, generoso por dentro. Como los bilbainos de antes.
Durante décadas, el Rimbombín fue una barra donde se mezclaban políticos, arquitectos, artistas, toreros, futbolistas y vecinos con hambre honesta.
Por allí pasaron figuras como Indalecio Prieto o Ricardo Bastida, que discutían la ciudad entre platos y servilletas manchadas de tinta y salsa. En la cocina no había fuegos artificiales: había tradición. Producto fresco de lonja, cocina vizcaina de cuchara y plancha. La especialidad, dicen los que saben, era abrir ostras como quien abre confidencias: rápido, limpio, sin alardes.
Un camarero –siempre hay un camarero que lo ha visto todo...– recordaba cómo algunos clientes llegaban con traje y salían con la corbata en el bolsillo, después de tres horas de sobremesa. “Bilbao negocia así”, decía. “Primero se come”.
El local, ¿recuerdan? Estaba frente a la Quinta Parroquia, en un edificio levantado en 1918 por el arquitecto Mario Camiña. Por sus ventanas entraba el rumor constante de una de las arterias más transitadas de la ciudad: autobuses, transeúntes, prisas. Dentro, el tiempo iba más lento.
En 2006, el Ayuntamiento le concedió la distinción de “Ilustre de Bilbao”, un título que sonaba solemne pero que los parroquianos celebraron con lo único que importaba: otra ronda. Un día de 2013, el restaurante se convirtió en escenario de cine. Rodaron allí escenas ambientadas en los años setenta. No tuvieron que cambiar mucho: el Rimbombín ya parecía vivir en una década eterna.
Generaciones enteras aprendieron allí cómo se celebra un ascenso del Athletic, cómo se discute política sin perder la amistad y cómo se brinda por lo pequeño: una jubilación, un hijo aprobado, una tarde sin lluvia. Algunos recuerdan la leyenda de Santi Reguillón, maestro abriendo ostras. Otros mencionan las remodelaciones para modernizar la carta, los intentos de atraer a gente joven, las cuatro distinciones de excelencia on line que confirmaban lo que ya sabía la villa: el Rimbombín seguía siendo casa. Pero el tiempo –ese cliente que nunca paga– siempre acaba llegando.
El golpe definitivo fue la pandemia. Después de meses cerrados, intentos de reinventarse y búsquedas fallidas de otro local, el Rimbombín bajó la persiana en diciembre de 2021. Noventa y un años de historia quedaron resumidos en un cartel y en una puerta cerrada. Bilbao perdió la marisquería más antigua de Bizkaia. Y muchos perdieron su mesa de siempre. Un vecino contó que pasó por delante al día siguiente. No había ruido de platos ni olor a caldo. Solo la ciudad caminando deprisa, como si quisiera evitar mirar.
El Rimbombín no solo era conocido por su cocina, sino también por su ambiente único y su decoración tradicional, que evocaban la esencia de las tascas bilbainas de antaño. Su cierre, tras 90 años de actividad, fue un duro golpe para la comunidad, marcando el fin de una era en la vida social y cultural de Bilbao, una era que tuvo sus luces y sus sombras.
Después llegó la demolición. El viejo inmueble de madera, cansado por el tiempo y el abandono, dejó paso a un bloque residencial moderno. En su lugar se levantaron viviendas nuevas, terrazas, garajes y una calle abierta donde antes había un callejón.
Pero algo sobrevivió: dos paneles cerámicos de Daniel Zuloaga, creado en 1919 e inspirados en Goya, ahora integrados en el nuevo edificio. Una manera discreta de decir: aquí hubo vida. Hoy, donde estaba el Rimbombín, late otro Bilbao. Más eficiente, más alto, más nuevo. El nuevo edificio es un moderno inmueble residencial de siete alturas, que incluye 28 pisos, 30 parcelas de garaje, 14 trasteros y un solárium comunitario en la azotea.
El inmueble se levanta en el número 48 de Hurtado de Amézaga, frente a la Quinta Parroquia, y conecta directamente con la calle Costa, antes sin salida. Esta conexión peatonal y la nueva arquitectura han cambiado por completo la fisonomía de la zona, una de las principales entradas al centro de la ciudad.
En la memoria colectiva sigue existiendo esa barra donde alguien gritaba “¡otra de txakoli!” y el camarero respondía “¡marchando, hombre!”. La persiana bajó. Pero en cualquier esquina de Bilbao aún hay alguien que, al abrir una ostra o al oler el txangurro caliente, dice en voz baja: Esto sabe al Rimbombín.