Harriet y Carlos Varela, dos prestigiosos nombres del guión y la ilustración, están jubilados. Eso, para la Seguridad Social. Pero el majín nunca cuelga la chapa. Uno le llevaba dando vueltas a cierta historia desde hace tiempo. Y al otro le apetecía dibujar.
Ambos han tardado tres años en terminar una novela gráfica que excava en la Bizkaia minera de principios del siglo XX. En sus páginas, que rezuman óxido, arde el viejo Teatro Arriaga y se inaugura San Mamés con un partido ante el campeón, el Racing de Irún. Asoma, además, un personaje real al que llaman Doctor y se apellida Areilza.
Se trata de un thriller ambientado en la Bizkaia de las minas. En las proximidades del poblado de Gallarta aparece el cadáver de una niña dentro de un saco de carbón. Ajenos a este suceso, los niños Niko, Pablito y Lina hacen una escapada a la vecina población de Portugalete, donde Pablito sufre un grave accidente y desaparece su hermana, la pequeña Lina. Quince años después, Pablito trabaja como conserje en el Hospital Minero de Triano. En sus ratos libres se dedica a investigar obsesivamente al asesino apodado El Carbonero. Cuesta poco imaginar una serie de las buenas con ese ambiente y esa trama.
Gregorio Muñoz, Harriet, (Hernani, 1954) explica que la obra “recrea diversos espacios emblemáticos de la Bizkaia de la época: Gallarta, Portugalete, los Altos Hornos, Barakaldo o el Hospital de Triano”. Harriet, cuya editorial ha publicado la novela gráfica, recordó ayer que el proyecto surgió tras una conversación con el dibujante Carlos Varela, quien le presentó material sobre el Doctor Areilza que despertó su interés creativo. “Al ser guipuzcoano, no conocía al personaje, me pareció un gran humanista que merece una novela por sí mismo”, comentó el guionista, quien afirmó que Toda la sangre sabe a hierro “mezcla margen izquierda, misterio y drama social”, ofreciendo a los lectores una experiencia narrativa que mantiene el rigor histórico.
Artistas gráficos como Iñaket, Gastón o Alex Macho asistieron a la presentación del thriller ambientado en la Bizkaia minera del pasado.
Los cómics de Harriet han sido traducidos a más de media docena de idiomas desde los años 80. Ha ganado premios como el Prix Targa Unicef del Festival de Lucca, fue nominado al Premio Alfred del Festival de Angulema, recibió el Laurel de Oro del gremio de libreros de Francia en 1990 y el Betty Boop del Festival de Hyeres en 1992, por citar algunos. Desde los 90 se dedicaba al cine y la televisión.
El vecino de Artziniega Carlos Varela, quien, entre otros muchos galardones, guarda dos Goya por películas de animación en su baúl de méritos, dibuja profesionalmente desde los años 70. Ayer dedicó un buen rato a decorar un trocito de la pared del Espacio Joker. No había manera de que soltara del rotulador. “El trabajo ha sido muy duro, todos sabemos lo que exigen los guiones de Harriet, pero ha resultado apasionante”, reconoció ante el micro.
La concurrencia, repleta de rostros conocidos del universo del cómic, obligó a colocar más sillas. La mayoría entraban con su bolsita de la librería homónima, que abre sus puertas en la acera de enfrente de la misma calle Euskalduna.
Estaban los los artistas gráficos Asier Iturralde ‘Gastón’, Iñaki Martínez ‘Iñaket’ o Alex Macho, además del guionista bilbaina Mikel Begoña. No faltó el escritor Johannes Urkixo. Acudió el catedrático de Pedagogía Social y Diversidad, Delfín Montero, con Beatriz Estefanía. Pasó por el espacio Fernando Tarancón, cofundador de Joker. Actuó como dinamizador de la presentación el redactor de las revistas Comicmanía y Zona Cómic, Diego García.
Disfrutaron de la charla José Miguel Varela, hermano del dibujante, Iñaki González, Isabel Biota, Javi Etxebarria, Patxi Emaldi, Mikel Borreguero, Sergio Fernández, José Antonio Salazar, Alberto García, Iñaki Calvo, Ana Larrauri, Mónica Hernández, María Pilar Rodríguez Camen Leyva, Raquel Peñalver, Arturo Morán, Xabier Orube, Elena Gómez, Jaime Alonso, Ane Lasa, Sergio Martínez o Margarita Díaz Goikuria.
Minerales ferruginosos como la goethita y la limonita fueron los empleados para pintar en las cuevas durante el Paleolítico. De esa estirpe vienen Harriet y Carlos Varela. Da la casualidad de que ambos minerales abundaban en la mina Bodovalle de Gallarta, escenario de Toda la sangre sabe a hierro.