Más de lo mismo. El Athletic se empeña en sufrir puertas adentro y hacer sufrir a su gente. Quedan seis puntos por disputar y el pánico tras la merecida derrota en Cornellà entra en el cuerpo del athleticzale que se encomienda a que ayuden las carambolas de los resultados de los equipos que están por debajo para evitar caer en un estado máxima ansiedad de cara a la cita del domingo con el Celta y a la última en el mismísimo Santiago Bernabéu. La realidad es la que es y el fin de la tercera etapa de Ernesto Valverde en el banquillo se está empañando por deméritos propios.
Lo mejor: Un puñado de minutos y los méritos de Adama
Sacar algo positivo de partidos del Athletic como el de ayer que se han repetido hasta la saciedad a lo largo de casi toda la temporada necesita hacer un ejercicio de auténtica acrobacia. El conjunto rojiblanco ha caído con el paso de las jornadas en un deterioro futbolístico y en el RCDE Stadium solo fue capaz de ofrecer algo bueno que llevarse a la boca durante un puñado de minutos en la primera mitad, en los que se dejó ver el talento de Iñigo Ruiz de Galarreta, al que le persigue la leyenda de que no está para jugar 90 minutos ni siquiera cuando ha descansado (en este caso por su segunda paternidad) en el encuentro anterior aunque él mismo lo rebatido en alguna entrevista. Valverde tampoco da explicaciones al respecto y de nuevo prescindió de su centrocampista más táctico y técnico en la última media hora con el empate sin goles provisional en el marcador. Si su presencia, el Athletic careció de un fútbol creíble.
Cierto es que el Athletic afrontó al visita a Cornellà sin futbolistas de los galones de Nico Williams, Oihan Sancet y Yuro Berchiche. De los dos primeros, no se puede decir que sean imprescindibles a tenor de un rendimiento decepcionante ya sea por hache o por be y del tercero se conoce su regularidad y compromiso en toda la campaña. Es el que más se podía añorar, pero, hete aquí, que no se le echó de menos de manera llamativa porque Adama Boiro, su sustituto, compitió a un buen nivel teniendo en cuenta que sumaba un alto número de partidos sin jugar de inicio y conocedor de que le podría seguir con lupa, examen que superó pese a que no tuvo premio en el marcador.
Lo peor: Un equipo desnortado y que pide a gritos en fin de tal suplicio
Un partido se puede ganar, empatar o perder, pero cuando ocurre lo último hay que analizar la manera en que se produce. Se puede deber a un detalle, a un error puntual o a la mala fortuna, pero lo que es imperdonable es que sea a causa de una incapacidad que es reiterativa y que genera malestar en su masa social, que se tira de los pelos por ver a un Athletic desnortado desde el mismo jefe del vestuario y que se autoflagela en esas fases de juego en los que da síntomas de una fragilidad de la que saca tajada sus rivales, como ha pasado en un intervalo de 72 horas en sus duelos ante el Valencia y el Espanyol para hincar el diente a un equipo que hace historia negativa al sumar ya 18 derrotas en 36 partidos, o sea en la mitad de los recorridos, las mismas que el colista y descendido Oviedo, que ya es para clamar al cielo.
Una estadística que se explica en la falta de argumentos de cara a la meta contraria. Valverde decidió apostar por un plan diferente al habitual al situar a Iñaki Williams, que no es un nueve, como punta y dar un respiro a Gorka Guruzeta, porque se sabe que el técnico rojiblanco no confía ni un pelo de repente en Maroan Sannadi ni, por supuesto, en Urko Izeta, dos delanteros que asumen que están para rellenar huecos en el banquillo, aunque el encuentro pida más presencia en área contraria. Los leones solo han visto puerta en cuatro de los últimos diez compromisos oficiales y han encajado en nueve de esta decena. No hay más preguntas, señoría.