El pasado viernes, 28 de noviembre, se cerraron las puertas de la exposición 'Hradištko. Cuando los dientes de león no florecían' en la Euskal Etxea de Madrid, donde durante dos semanas la memoria de dos pueblos, Busturia y la pequeña localidad checa de Hradištko, ha dialogado en un mismo espacio. La muestra reconstruye la historia del campo de trabajo y exterminio que funcionó en esa localidad durante la ocupación nazi, así como el destino de varias víctimas vascas y españolas. Su clausura marca el final de un capítulo y, al mismo tiempo, la continuidad de un proceso más amplio que Busturia lleva casi una década impulsando: recuperar su memoria histórica, reconstruir relatos fragmentados y devolver dignidad a quienes quedaron atrapados en los silencios de la posguerra y la deportación.

El proyecto tiene su origen en 2015, cuando el Ayuntamiento busturiarra decidió abrir una vía estable de investigación histórica que desembocó en la creación de la Comisión Municipal de Memoria. Desde entonces, el municipio ha trabajado para identificar a sus víctimas, investigar su destino y hacer comprensible un pasado que había permanecido disperso, oculto o sin documentar. El alcalde, Aitor Aretxaga, subraya que este camino ha sido mucho más que un ejercicio técnico: “Ha supuesto asumir un compromiso ético y emocional con la verdad de un capítulo de nuestra memoria histórica”. Ese compromiso, añade, le ha dejado también “la sensación de haber contribuido a dar a nuestra historia su lugar en la memoria colectiva”.

La exposición presentada en Madrid es uno de los hitos de esa labor. A través de paneles, documentos, fotografías y elementos simbólicos, la muestra reconstruye la historia del campo de trabajo y exterminio de Hradištko, un lugar poco conocido pero significativo en la red de deportación nazi. Por sus barracones pasaron miles de personas arrancadas de sus países, entre ellas varios prisioneros vascos y españoles que habían quedado sin nacionalidad reconocida. Entre ellos estaba Anjel Lekuona, busturitarra fusilado en 1945, cuya trayectoria vital forma parte del relato expositivo como ejemplo de las vidas truncadas que la investigación busca recuperar.

Una búsqueda compartida

La génesis de ese proceso de investigación surgió de un gesto inesperado: el día en que el sobrino de Lekuona, Anton Gandarias, se acercó al Ayuntamiento para compartir lo que sabía sobre el destino de su tío. Aretxaga recuerda aquel momento no tanto por los datos que aportó, sino por su impacto emocional: “Su relato nos conmovió y ahí empezó a vivir, de nuevo, Anjel Lekuona entre nosotros”. 

La investigación ganó profundidad cuando Gandarias coincidió con el investigador local Unai Eguia, que se implicó de lleno en la recuperación documental. Ambos, hoy miembros activos de la Comisión Municipal de Memoria, trabajaron de forma conjunta para reconstruir los itinerarios de los prisioneros. Pero la pieza clave para completar el relato llegó desde la propia República Checa: Lucie Hašková, teniente de alcalde de Hradištko y coautora de la exposición. Según Aretxaga, “su investigación y dedicación han sido clave para hacer posible este reconocimiento”. Hašková llevaba años entrevistando a vecinos y supervivientes, y estudiando los pocos restos documentales del campo que existían en su localidad.

Tótem del busturiarra Anjel Lekuona. Ayuntamiento de Busturia

En paralelo, la investigación permitió desenterrar episodios sorprendentes. Uno de los momentos más intensos llegó en 2021, cuando se confirmaron las sospechas de que las cenizas de varios prisioneros, entre ellos los vascos y españoles, habían sido escondidas en secreto por el administrador del crematorio de Strašnice, en Praga, arriesgando su vida para evitar que los nazis las destruyeran. La exposición recoge este episodio, que resume el choque entre barbarie y humanidad que marcó aquella época.

Un puente entre dos pueblos

Toda esta labor de reconstrucción derivó en 2024 en el hermanamiento oficial entre Busturia y Hradištko, un pacto cimentado en la memoria compartida. En la exposición madrileña pudieron verse réplicas de los elementos instalados en Busturia como parte de este proceso: la señal del hermanamiento, la ‘Stolperstein’ dedicada a Anjel Lekuona, la primera colocada en Euskadi, y un tótem que sintetiza el itinerario de los deportados. Para el público madrileño, estos elementos han servido para entender que la memoria no es solo una mirada hacia atrás, sino una forma de actuar en el presente.

La Euskal Etxea de Madrid ha sido un escenario idóneo para acoger esta historia. El alcalde destaca que presentar la muestra en la capital permite ahondar en la memoria histórica del municipio y, al mismo tiempo, “rendir homenaje y honrar la memoria de todas las personas que han sufrido y todavía hoy sufren la barbarie de las guerras”. Durante las dos semanas de apertura, la exposición ha despertado interés entre numerosas personas que se han acercado a conocer esta historia, convirtiendo la Euskal Etxea en un espacio de encuentro en torno a esta memoria compartida

El recorrido expone la dureza del campo, pero también deja ver los gestos de humanidad que sobrevivieron, casi a escondidas, entre tanta devastación. Para el alcalde, uno de los elementos que mejor sintetiza esa tensión es la imagen del joven Ángel Lekuona, “una imagen serena, que transmite cordialidad, bondad y fraternidad, en claro contraste con su destino, el sufrimiento que padeció y la crueldad que marcó su memoria”. Por eso insiste en que quien visite esta exposición por primera vez debería “sentir empatía y respeto, entender el sufrimiento y la fuerza de las víctimas y reconocer su dignidad”.

La investigación iniciada en Busturia hace casi una década ha permitido iluminar un capítulo oculto de la historia europea y devolver nombre, rostro y dignidad a sus víctimas

Ese ejercicio, admite, empieza por uno mismo. Este proceso de investigación y reconocimiento también ha tenido una dimensión personal para él, pues reconoce estar “mucho más sensibilizado con el sufrimiento que provocan la injusticia y las guerras, que nunca son justas y que sin embargo no cesan”. Y añade una reflexión que le acompaña a lo largo de todo el proyecto: “Es increíble que en el S. XXI no seamos capaces de evitar las guerras”.

Una carrera de fondo

El proceso de investigación, no ha sido sencillo. Fuentes dispersas, silencios forzados y documentos incompletos han sido constantes obstáculos. A esa dificultad se suma el hecho de haber tenido que investigar en diferentes países para reconstruir la historia de las víctimas. “El reto de sacarlos a la luz ha sido una carrera de fondo”, reconoce, subrayando que la represión se preocupó de ocultar sus crímenes. A pesar de ello, la colaboración con instituciones vascas, el Ayuntamiento de Hradištko, la embajada checa y el Instituto Gogora ha permitido avanzar con rigor y profundidad.

Con la clausura en Madrid, Busturia mira ahora hacia adelante. Aretxaga es claro respecto a lo que debe ocurrir: “El reto es transformar la memoria en compromiso: que la verdad se investigue, la dignidad se proteja y la reparación se materialice”. Solo así, afirma, será posible garantizar que estas injusticias no vuelvan a repetirse.

Aunque las luces de la exposición se apagaran el viernes, su eco permanece. Entre Busturia y Hradištko, la memoria se ha convertido en un puente que une pasado y presente, dos territorios y dos comunidades que, pese a su distancia, comparten la convicción de que recordar es una forma de justicia. La historia que la muestra ha recuperado, hecha de pérdidas, hallazgos y perseverancia, seguirá ahora su propio camino, guiada por quienes se niegan a que el silencio vuelva a imponerse.