Según la tradición cristiana, San Bartolomé apóstol fue desollado –mártir a quien le quitaron su piel vivo– y posteriormente decapitado en Armenia por orden del rey Astiages, tras convertir a su hermano al cristianismo. Por este hecho, se le representa en el arte sosteniendo su propia piel como un manto, siendo patrón de curtidores, encuadernadores y carniceros.

Hace alrededor de dos años, algo parecido le ocurrió al San Bartolomé de Intxaurrondo en Durango. Según testigos presenciales, unos jóvenes subieron hasta la hornacina ubicada en el caserío que lleva el nombre del santo y tomaron la figura. Al bajarla, acabó como relata la creencia: decapitada y con otras partes de su cuerpo rotas. Desde entonces, su estancia permanece vacía. No se volvió a saber en la villa nada de aquella imagen religiosa. Ni de su paradero.

Hoy, DEIA muestra cuál es su estado. Sigue como aquel día: rota. Permanece guardada en una lonja. Tras consultar qué será de ella, la familia que la custodia detalla que instituciones les argumentaron en su día que, si quieren restaurarla, deben ser ellos quienes corran con los gastos y, a continuación, puede ser que algún ente se haga cargo del coste. La decisión, por ahora, es dejarla como está: amputada y guardada.

Hace dos años, hubo un intento de llevar a cabo una cuestación vecinal para reparar el San Bartolomé, pero, a pesar del interés por la falta del santo, no llegó a materializarse. Las familias del barrio y comerciantes lamentan que sea una familia quien tenga que preocuparse por un elemento de patrimonio. La hornacina continúa vacía y en ocasiones, incluso, hay personas que la dejan abierta, sin saberse la razón.

“La figura es una copia”, pormenoriza la persona que lo conserva y que prefiere mantenerse en el anonimato. Está hecha con varios materiales, como madera y escayola. “De hecho, está vacía por dentro”, apostilla al tiempo que estima que la original –aquella que en su día dio nombre a la ermita de San Bartolomé– ya no existente, y que un ascendiente que era muy devoto del santo solicitó conservar la original y para ello hacer una hornacina en la fachada de su caserío, el último baserri que permaneció en activo en el casco viejo de Durango.

Finalmente, el original, según la idea que hay extendida entre el vecindario del barrio, es que “fue llevado a Elgoibar, donde San Bartolomé es el patrón municipal”. Y, “en Durango, en su recuerdo quedó esta copia”. La parroquia de la localidad guipuzcoana data del siglo XVII y fue obra de los arquitectos Longa, Larraza e Ibero, quienes mostraron en este trabajo influencias de la escuela escurialense. En él se puede contemplar la imagen del santo, aunque por lo investigado, no es el vizcaino. Ante el estado de deterioro al que había llegado, se comenzó en 1994 la restauración del templo, que concluyó en 1997.

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Consultada tanto la parroquia como el historiador y docente Pello Arrieta Soraiz, no hay constancia de que la figura original del santo de aquella ermita que hubo en Durango esté en la parroquia de Elgoibar, ni sea tampoco otra imagen que hay en la localidad y que se suele portar por su callejero como tradición anual. Arrieta así lo hace constar, aunque sí detalla que en aquellos tiempos el pueblo guipuzcoano formó parte de la circunscripción de la Vicaría de San Pedro de Tabira, Durango. Es decir, ninguno de los dos San Bartolomé, según este profesional, son el que hubo en la ermita de la villa vizcaina. Ese templo hoy inexistente y donde desde hace décadas se levantan viviendas, según un estudio minucioso de Alberto Errazti de toponimia, aparecía ya en 1736 como ‘San Bartholome’, con h. Y en ese legajo aparece además citado el caserío como “casa enfrentte de le hermitta de San Bartholome” (sic). Es en un documento foral de Obras, Transportes y Caminos cuando consta ya como “San Bartolomé” (sic) y con tilde en la ‘e’ por primera vez en 1925.

Cada 24 de agosto, la hornacina era engalanada en honor a San Bartolomé. La documentalista de ETB, Marian Díaz Gorriti, lo recuerda: “Siendo yo niña, había también pasacalle de txistularis y tamboril por Intxaurrondo, hasta el caserío de Tibur. Uno muy famoso de mi infancia era Itzela. Resultaba un día muy animado pues, además de estar amenizada la mañana e ir a la pisci, ese día había nacido una niña en la escalera y solíamos tener merienda toda la chavalería de la calle”, detalla y va más allá: “Tras la vandalización de la imagen, las vecinas de más edad viven con disgusto cada 24 de agosto pues eran muy devotas del santo. Mantienen la tradición de las capillas itinerantes. Creyentes o no, es una realidad que se percibe su ausencia, ese hueco vacío dejado por una imagen religiosa portando un cuchillo, símbolo de su martirio. Murió despellejado vivo”.