diario de un teletrabajador

Como tigres enjaulados

25.03.2020 | 08:06
Como tigres enjaulados

EL martes arrancó muy temprano. Muuuuuuy temprano. ¿El motivo? Que a última hora del lunes a Malen, por fin, se le cayó el diente que llevaba moviéndose más de una semana. Mi mujer y yo intentamos hacerle entender que tal vez era mejor poner ese diente debajo de la almohada en la noche del martes al miércoles, porque Maritxu Teilatuko igual ya había salido a recolectar dientes y no se enteraba a tiempo para traerle un regalito. Pero, claro, a Malen, las minucias de la logística en tiempos del coronavirus se la trae floja, así que puso el diente de la misma en su cama. Y al amanecer€ ¡qué digo al amanecer! En cuanto abrió un ojo de madrugada, nos despertó a todos para mirar debajo de la almohada. Y claro, a aita y ama eso nos sentó muy mal y arrancamos el día de muy mal café. Sepan que hoy en día, en plena crisis social y sanitaria, el valor de un incisivo central de leche está a 8 euros y 50 céntimos. No está mal.

Empezar así complicó bastante el día. Nosotros, que ya estábamos un poco alterados, tardamos unas cuantas horas en recuperar la serenidad y no ladrar a los niños a las primeras de cambio. Teníamos previsto salir a hacer la compra hoy, pero nos pareció buena idea adelantar la incursión al supermercado 24 horas para airear la cabeza y rebajar la tensión de casa. Rompíamos así con esa sensación de ser tigres enjaulados.

Desempolvé el carrito de la compra y me fui paseando al Urduliz profundo. No había salido de casa desde hacía ocho días, cuando hice la última compra, y he de confesar que me sorprendió notar la diferencia. A ver, Urduliz seguía igual que como lo había dejado, pero el ambiente era muy distinto. En la calle no se veía un alma y podía ver un montón de cabecitas que se asomaban a ventanas y balcones. Era inevitable sentirse como Clint Eastwood al recorrer la empolvada calle de un pueblo del salvaje oeste mientras los lugareños le observaban desde el interior del saloon o del taller del enterrador. Solo que en lugar de un poncho y el sombrero de vaquero yo llevaba mi sudadera de los Cazafantasmas y el carro de la compra de mi difunta amama.

En el supermercado también me encontré una nueva era. Para empezar, aforo limitado, como en la Columbus. Y en la puerta, en lugar de un segurata hormonado, una señora que te pone guantes y te echa un chorrito de desinfectante. Para que no contamines los melones. Me hizo gracia encontrarme dentro a Koldo, el vecino de mis padres, porque también nos vimos en el supermercado ocho días atrás. Es un grande, Koldo. Un tipo que sin ponerse unas zapatillas de deporte en su vida introdujo el atletismo en Urduliz. Lleva 25 años corriendo por la calle Aita Gotzon todos los días para coger el metro. Superé la misión de abastecimiento con éxito. Eso sí, han de saber que en Urduliz es algo complicado conseguir jabón de manos, papel higiénico y alitas de pollo. Todo llegará.

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