quítate el mantón de luto y ponte el de alegría porque el luto es muy pesado, quítate el mantón de luto, porque Cristo ha resucitado”. Los nestosanos tomaron al pie de la letra el consejo de esta estrofa de la canción que se entonaba tradicionalmente el Domingo de Resurrección. Vestidas de blanco de arriba a abajo salvo por el toque de color de fajín y el pañuelo anudado al cuello, alrededores de veinte personas -la gran mayoría mujeres- recorrieron el casco antiguo para cumplir con una costumbre perdida desde hace 21 años.
El centro de Documentación y Divulgación Trueba y la asociación cultural Piñaburu han colaborado con el Ayuntamiento de la localidad en la recuperación de las Pascuas nestosanas con la esperanza de que no caigan en el olvido de nuevo. En ello han puesto también todo su empeño Laura Pellón, Manuela Ranero, Ana Mari Quintela, Charo Domínguez y Mari Nieves Crespo, vecinas que animaron a sus hijas y nietas a tomarles el relevo en el futuro. Les han enseñado la letra de la copla que ellas conocen de memoria y el ritual de preparativos y ayer se sumaron a la ruta.
Hoy el edificio de aires palaciegos conocido como La Casona presenta un aspecto descuidado en comparación con el esplendor que exhibía antaño, cuando en Lanestosa se concentraban numerosos indianos que amasaron fortunas en América. Los mayores de la villa recuerdan con cariño a Manuela Sainz de Rozas, benefactora del municipio, cuyo nombre lleva la calle donde se encuentra el Ayuntamiento. “De aquella casa salía todo el ropaje para las celebraciones de Semana Santa y también para las Pascuas. Las mujeres ricas nos dejaban sus combinaciones de color blanco para que cantáramos porque la gente humilde no teníamos ese tipo de prendas. Para nosotras era un día de fiesta”, rememoró Manuela Ranero. A ella se unieron sus nietas, Adriana y Naia, que pese a vivir fuera, sienten Lanestosa como su pueblo y quieren involucrarse en sus tradiciones.
Después de asistir a misa saludaron con la canción en bares, los comercios que abrieron ayer y a quienes escucharon la copla desde sus casas, junto al acordeonista de Basauri, Koldo Etxebarria y su hijo. Como agradecimiento al deseo de buena suerte recibieron alimentos o dinero, que se destinará a luchar contra el síndrome de San Filippo. “Antiguamente, los indianos que venían aquí a pasar sus vacaciones donaban dinero en metálico porque en sus mansiones no había ganado. En cambio, los más pobres aportaban huevos, chorizo o tocino, lo que buenamente podían”, comparó Mari Nieves Crespo, otra de las veteranas. Con lo obtenido gracias a la generosidad de los vecinos disfrutaban de una merienda, una parte del programa que sí sigue fiel a los usos de décadas atrás.
Un laurel adornado con cintas de llamativos colores ocupó un sitio preferente y a lo largo de los años corresponde a un hombre transportarlo a lo largo de la ruta. “Aunque muchas veces, como ningún chico quería acompañarnos, yo misma vestía pantalones y lo cargaba”; apostilló Laura Pellón, de 73 años. Charo Domínguez, la mayor del cortejo con 78 años, se sumó por primera vez a las Pascuas. “Es que yo soy navarra y me trasladé al casarme. He conocido las coplas toda la vida, pero nunca antes las había cantado”, justificó.
Costumbre fronteriza Según explicó el historiador de Enkarterri Txomin Etxebarria, que también se acercó a Lanestosa en un día tan señalado, “este tipo de tradiciones se ven más en lugares que limitan con otros territorios”. En este caso, Lanestosa y Cantabria comparten parte de su folclore. Es más, jóvenes del vecino valle de Soba se han acercado en varias ocasiones a cantar el Domingo de Resurrección.
“Las escuelas promovieron esta fiesta muy activamente”, añadió Etxebarria. Y al desaparecer el centro educativo, las Pascuas dejaron de celebrarse. “La última vez fue en 1994”, contó el historiador de Lanestosa José Manuel Irastorza. “Desde la escuela resultaba bastante más fácil organizarlo todo y en cuanto desapareció de alguna manera se perdió la motivación para continuar”, analizó el presidente de la asociación cultural nestosa Piñaburu, Pedro Pérez. El colectivo ha contribuido a que la música regrese a Lanestosa por Semana Santa con la ayuda inestimable del Centro de Documentación y Divulgación Trueba. “Se ha entrevistado a dos generaciones de pascueras -vecinas que cantan las Pascuas- recogiendo sus recuerdos y grabando coplas y otras creadas para festejar otros eventos”, indica el director del centro, Ricardo Santamaría. Así, se da un paso más en la protección del patrimonio inmaterial de Enkarterri y Ezkerraldea, en la senda de “las Carnestolendas de Gordexola, las Carrascoliendas en Trapaga o los Cornites en Zierbena, puesto que los habitantes de estos lugares no están dispuestos a perder los rasgos que construyen su idiosincrasia”.
Concretamente, Lanestosa demostraba una marcada inclinación a ejercitar la voz en sus fiestas. No solo se cantaba en Semana Santa, sino también para anunciar la llegada del mes de marzo y en navidades se pedía un aguinaldo a los Reyes Magos de Oriente.
Las Marzas y las Pascuas se popularizaron, además, en numerosos barrios de Karrantza. “Al contrario que en Lanestosa, las canciones de las Marzas pervivieron más tiempo en el valle”, afirmó el investigador Miguel Sabino Díaz. En 1985 él inmortalizó la última vez que las coplas de Pascua sonaron en el municipio más extenso de Bizkaia. “Fue en Biáñez y las mujeres ya no vestían ropa blanca”, indicó. En la década de los 80 Díaz realizó una exhaustiva investigación sobre las fiestas populares de Karrantza en las que se llevaban a cabo cuestaciones y descubrió una danza que se bailaba en la zona de El Callejo al los sones del acordeón “gracias a las narraciones de la gente mayor”.
Con su inseparable cámara de fotos, retrató para la posteridad el retorno de las Pascuas al calendario de Lanestosa. “Tengo entendido que tras cantar la copla principal, las vecinas respondían con unos versos que variaban en función de la generosidad de los sitios por los que pasaban. Si no recibían nada, contestaban algo así como: Balcones de hierro, ventanas de alambre, nos vamos de esta casa, que se mueren de hambre. Si les obsequiaban con alimentos, la canción cambiaba bastante”, relató. Tampoco faltó Pikizu, presidente de la asociación cultural Harresi de Balmaseda, que registró en vídeo el itinerario del grupo por el centro urbano de Lanestosa. Días después de la Pasión Viviente de la villa, con el regreso de las Pascuas revive la Semana Santa de un municipio que llegó a rivalizar con Balmaseda durante estas jornadas de recogimiento pese a ser el más pequeño de Bizkaia. “Existió un Vía Crucis Viviente documentado desde el siglo XIX. Algunos decían que, al menos tan antiguo como el de Balmaseda”, narró el historiador Txomin Etxebarria.
Sin embargo, mientras uno ha evolucionado con el paso del tiempo hasta erigirse en el mejor del Estado, según certificó en 2014 la encuesta promovida por una publicación digital, el otro desapareció. Los vecinos intentarán que la historia no se repita con las Pascuas. Con perderlas una vez fue suficiente.