“No son problemáticos, pero esto se está convirtiendo en una ciudad”. Así es cómo los vecinos del barrio bilbaino de Olabeaga muestran su preocupación por la magnitud que está adquiriendo el campamento improvisado que tienen frente a su casa, un lugar en el que conviven diariamente más de cien personas de diferentes nacionalidades. Algunas de ellas, según apuntan con cierta sorpresa, de apenas quince años. Varios de los residentes que viven en el bloque que está a apenas diez metros de la entrada a la zona boscosa, como es el caso de Cristina -nombre ficticio-, identifican a las personas que están allí presentes como “gente que por cuestiones de la vida ha terminado aquí, pero salen todos los días bien vestidos, y otros que en alguna ocasión han causado algún incidente”. En otras palabras, Carlos -nombre ficticio- los define como personas “bien vestidas” y con una “presencia cuidada” hasta otras que simplemente “están buscándose la vida”. En esta línea, en los últimos años han observado cómo “esto -el número de personas- ha ido a más”.
En este contexto, el vecindario describe situaciones cotidianas que, según relatan, afectan a la convivencia. Hablan de “olores” persistentes en determinadas horas del día o de escenas como “ver gente agachada cagando entre los coches”, que generan incomodidad entre quienes viven en las inmediaciones, apunta otra vecina del bloque, que confía en que “no pase nada”.
Aun así, varios residentes introducen matices en su relato. Insisten en que no todas las personas que viven en el campamento se comportan de la misma manera y señalan que, en base a lo que han visto, existe cierto control interno. “Los que son más formales les dan el toque a los que son más cabras locas porque saben que si la lían se van de aquí, les desalojan”, explican, apuntando a una especie de “equilibrio improvisado” que permite mantener una convivencia relativa dentro del propio espacio.
"Olor a chamusquina"
La cercanía entre el bloque de viviendas y el campamento también provoca inquietud en momentos puntuales. Algunos residentes recuerdan episodios en los que se ha hecho “fuego” en la zona, una práctica que consideran arriesgada debido a las características del edificio. “Es de madera, así que cuando huele a chamusquina llamo inmediatamente a los bomberos”, explica Cristina, quien reconoce la rapidez con la que acuden cuando se les avisa.
Según explican, han visto que la evolución del campamento ha sido progresiva y visible con el paso del tiempo. En un primer momento, las tiendas se situaban en zonas más interiores del bosque, menos accesibles y prácticamente ocultas. Sin embargo, a medida que el número de personas ha ido aumentando, las tiendas se han extendido hacia áreas más cercanas a las viviendas, ocupando espacios cada vez más visibles.
El trasiego de personas es constante y forma ya parte del paisaje cotidiano de esta zona del barrio bilbaino. Algunos residentes comparan el movimiento con el de “la Gran Vía”: “Bajas diez minutos y ves gente entrando y saliendo. Bien van hacia Bilbao, vuelven o se acercan a la fuente a lavarse o a lavar la ropa”. A lo largo del día, explican, es habitual ver a grupos desplazándose, cargando bolsas o regresando al campamento, lo que contribuye a esa sensación de actividad continua que detectan los vecinos.
También destacan cómo el uso del espacio público cercano se ha intensificado. La fuente situada junto al acceso al bosque se ha convertido en un punto habitual para el aseo personal y el lavado de ropa, algo que los vecinos observan a diario. Una situación con la que conviven, en la que hasta la fecha hay un respeto mutuo entre los residentes del bloque próximo al campamento y el lugar en sí. Algo que esperan que “no genere problemas” en el futuro.