Más de cien personas de diferentes nacionalidades están conviviendo diariamente en un campamento improvisado ubicado en el barrio bilbaino de Olabeaga. Lo hacen en tiendas de campaña de diferentes tamaños en la zona de bosque próxima a la estación de tren del barrio. El asentamiento se extiende entre la vegetación, oculto a simple vista, pero activo con varias decenas de refugios improvisados, las cuales conforman un pequeño núcleo donde conviven personas procedentes de distintos países: Brasil, Marruecos, Argelia o Túnez, entre otros.
No solo hay hombres jóvenes; también hay mujeres y personas de diferentes edades que comparten el mismo espacio. La presencia de este asentamiento no ha pasado desapercibida en el barrio. Algunos vecinos de la zona reconocen que la situación genera cierta inquietud en el día a día, tanto por el impacto en el entorno como por las condiciones en las que viven las personas que residen en el campamento.
En este gran espacio han creado sus propias “habitaciones”. Eso sí, sin puertas. El entorno del campamento refleja también esa precariedad. En la zona se acumulan objetos de todo tipo: juguetes, maletas, colchones, bolsas, botellas, envases, cunas y restos de comida. El día a día empieza muy temprano y salen a buscarse la vida. Para conseguir dinero, muchas de las personas que se encuentran en este campamento se dedican a recoger chatarra en la ciudad, que posteriormente venden para conseguir pequeñas cantidades de dinero con las que comprar comida.
De Eritrea a Bilbao
Jaffar es una de las personas que desde mayo del año pasado hace su vida en este lugar. Su historia, como la de algunos de sus compañeros con los que convive en esta zona de Bilbao, comenzó mucho antes de llegar a la capital vizcaina. Según relata, la decisión de marcharse no fue sencilla, pero tampoco voluntaria. Empujado por su madre, huyó hace un año de su país, Eritrea, a causa de la guerra y la “amenaza constante”.
“Fue mi madre la que me empujó a irme”, recuerda al mismo tiempo que reconoce no saber nada de su padre: “No sé nada de él. Sé que le reclutaron para el ejército, pero no sé si sigue vivo”, ilustra recordando que “era eso o que me reclutasen para el ejército o alguna milicia”. Según explica este joven, lo hizo en busca de una vida mejor. “Vine hasta Bilbao para salvar mi vida de la guerra en Eritrea, no está siendo fácil”, confiesa.
La convivencia, marcada por la necesidad, se organiza de manera informal, sin estructuras estables. Las condiciones de vida son precarias. Por lo general duermen sobre colchones recogidos de la basura, dentro de unas tiendas que apenas les protegen de la lluvia y el frío. Sus pertenencias son escasas y las guardan como pueden. La ropa limpia la conservan, en el caso de Jaffar en una garrafa de agua, y la lavan en una fuente cercana, situada en el skate park que está justamente al lado de la salida del tren de la estación de Olabeaga.
Su viaje hasta la capital vizcaina fue largo. Jaffar cruzó primero la frontera hacia Sudán, donde inició un periplo que le llevó después a Libia, uno de los puntos más peligrosos de la ruta migratoria africana. Desde allí consiguió alcanzar Italia y continuar hacia Francia, hasta llegar finalmente a Bilbao en mayo del año pasado. Un trayecto que hizo completamente solo. “Vine para salvar mi vida”, insiste.
A pesar de todo, Jaffar mantiene un objetivo claro: no quedarse en Bilbao. Su intención es continuar el viaje hasta Reino Unido, donde cree que podrá encontrar mejores oportunidades. Ese destino, todavía lejano e incierto, se convierte en una referencia constante que le permite seguir adelante. Las horas pasan entre la espera y la búsqueda de algo de comida. “Estoy hasta la hora de la comida buscando algo que llevarme a la boca, si es que lo encuentro, y vuelvo aquí”, añade. En ocasiones, la escasez es tal que algunos de ellos, como él mismo, han llegado a pasar “tres días habiendo comido solo una vez”.