Pocas cosas resultan tan admirables como la lucidez y el amor genuino con los que niños y niñas observan el mundo. Este lunes lo hicieron con tal intensidad que esa mirada limpia terminó por contagiar también a los adultos, a los aitites y amamas que, durante un rato, dejaron a un lado la prisa y la rutina para soñar a lo grande y convertirse, por un instante, en críos.
La Gran Vía de Don Diego López de Haro, tan acostumbrada a ser escenario de movilizaciones y reivindicaciones, dejó en suspenso el ruido y la tensión para acoger una de las comitivas más bellas y mágicas que puede ofrecer la villa. Con Olentzero y Mari Domingi ya de regreso al monte, Sus Majestades de Oriente tomaron el relevo y convirtieron Bilbao en un auténtico oasis de ilusión compartida.
Una ciudad que sueña despierta
La tradicional cabalgata de Reyes volvió a ser, un año más, el puente hacia una ciudad fantasiosa que se permitió soñar despierta. El inicio del desfile llegó anunciado por la estruendosa sirena de dos camiones históricos de bomberos, que abrieron paso entre la multitud apostada en los arcenes de la arteria principal. La emoción era palpable. Aitas y amas apenas podían contener a los más pequeños, que se estiraban y saltaban sin descanso en busca de la primera carroza.
Tras los vehículos rojos, una veintena de carteros reales del Departamento Postal recogían las cartas de última hora. Lo hacían subidos a zancos, con redes y gestos cómplices, antes de depositarlas en el gran buzón mágico. No eran muchas, pero cada una parecía llevar dentro toda la esperanza del mundo. Las carrozas avanzaban con dificultad entre un público que apenas podía contener los nervios.
El frío no logro calar en unos huesos protegidos por la emoción
Animaciones de calle y personajes se iban alternando para mantener el ritmo y el calor en una tarde fría, con apenas cuatro grados que no lograron calar en unos huesos protegidos por la emoción. A ritmo de ska, la batucada rebelde aportó energía antes de dar paso a la Navidad Musical, que entonó el popular Maite zaitut. Los Transformers, con Bumblebee a la cabeza, se acercaban a los laterales provocando gritos y risas, mientras figurantes y colaboradores se dejaban llevar, convertidos también en niños por unos minutos.
Convertidos en niños por unos minutos
La magia cinematográfica llegó de la mano de Pixar. Woody y Buzz Lightyear despertaron una nostalgia compartida entre pequeños y mayores. “Ha sido uno de nuestros favoritos”, comentaban Zulema Díez y Daniel Rubio, acompañados de Luna y Lia, que confesaban haber pedido “princesas” a los Reyes Magos. Después fue el turno del Gran Pegasus y la cuadriga de la diosa Atenea, uno de los momentos más celebrados, cuando la criatura mitológica parecía abalanzarse sobre el público. “Es una noche mágica. Yo soy italiano, de Verona, y allí no solemos celebrar esta fiesta. Por eso venimos a Bilbao a disfrutarla”, explicaba Fabio Vignoletti, casado con una bilbaina.
Desde Verona a Bilbao
Y entonces llegó el instante más esperado. La multitud se compactó y los ojos buscaron el fondo de la Gran Vía. Melchor fue el primero en aparecer, con su templanza habitual, quebró su habitual serenidad por una alegría infinita ante el clamor del público. Gaspar, muy expresivo y emocionado, no dejó a nadie sin respuesta, con el brazo siempre en alto y en busca de todos los saludos. Baltasar, por su parte, avanzó cerrando el trío, con una sonrisa y con la emoción a flor de piel. La magia de Sus Majestades parecía iluminar la noche. Cientos de niños y niñas gritaban los nombres de los protagonistas con la voz rota por la emoción.
Con la voz rota de emoción
Por último, la Fábrica de Caramelos trabajó sin descanso. Tres toneladas de dulces sin gluten volaron por el aire en una lluvia incesante que desató carreras, risas y algún choque improvisado. Los caramelos apenas podían llegar al suelo. La magia era tangible. “Nos encanta. Venimos todos los años y es una cita extraordinaria, No podemos faltar”, confesó emocionado Ricardo Capel cuando, sus hijos, Aitor y Carlos, aun perseguían los últimos dulces, A su lado, Cristina Rodríguez y Javier Saavedra alucinaban con lo vivido. “Es increíble. Somos de Mahón y allí no es para tanto”, apuntaron.
Una ciudad rendida a Melchor, Gaspar y Baltasar
El desfile continuó su camino por la Gran Vía, escoltado por el gran árbol de Navidad de la plaza Moyua, hasta alcanzar el Ayuntamiento. Allí, el alcalde Juan Mari Aburto y la concejala Itziar Urtasun recibieron a Sus Majestades antes del saludo desde la balconada. Desde lo alto, Melchor, Gaspar y Baltasar se despidieron de una ciudad rendida, consciente de que el verdadero milagro ya se había producido. Durante unas horas, Bilbao volvió a mirar el mundo con los ojos de la infancia. Más de 160.000 personas, según fuentes municipales, salieron a la calle para vivir la noche más mágica del año. Luego llegó, el regreso a casa, los zapatos preparados y la certeza de que los Reyes siempre volverán.