En el norte de la provincia de Burgos, a más a o menos una hora desde Bilbao, hay un territorio que la revista Viajar compara con Capadocia. No por los globos aerostáticos ni por los hoteles excavados: "aquí no hay globos ni lugares hechos por y para el turista". Lo que hay es una red de cuevas y eremitorios medievales dispersos por valles y laderas, "vinculados al eremitismo altomedieval y a la repoblación cristiana del valle del Ebro", que forman uno de los paisajes rupestres más singulares del Estado. Y está muy cerca de Bilbao.
El enclave
La zona en cuestión no tiene un único punto de entrada ni un pueblo concreto. El territorio se extiende "entre la Merindad de Cuesta-Urria, el entorno de Oña y el desfiladero del Ebro, donde las cuevas aparecen dispersas, integradas en cortados rocosos y antiguos caminos". Esa dispersión es parte de su atractivo y no se trata de aparcar en un parking y ver una cueva señalizada, sino de recorrer todo el territorio para "entenderlo". "No se trata de ver una cueva, sino que radica en el entendimiento", escribe Viajar.
El invierno y la primavera son los mejores momentos para visitarlo: "hay menos vegetación, más visibilidad del relieve y una sensación de aislamiento que refuerza el carácter histórico del lugar".
Entre los siglos VII y X, numerosos eremitas se asentaron en estas laderas calizas. Excavaron directamente en la roca blanda "pequeñas celdas, oratorios y espacios de vida", generando conjuntos rupestres que hoy se consideran "algunos de los testimonios más singulares del cristianismo altomedieval en la Península". Algunos evolucionaron con el tiempo y quedaron integrados en rutas de poblamiento vinculadas a monasterios cercanos como el de Oña.
Los lugares más destacados
Uno de los enclaves más representativos es el eremitorio de San Pedro de Argés, situado en un paraje elevado sobre el valle. "Desde el exterior puede parecer un simple frente rocoso, pero al acercarse se reconocen cámaras excavadas, accesos tallados y restos de estructuras asociadas a la vida eremítica". La elección del lugar no era casual: "dominaba el paisaje y permitía una vigilancia natural de los caminos que recorrían el valle".
En las proximidades de Trespedrosa de Tobalina se encuentra el conjunto rupestre de San Julián y Santa Basilisa, donde "el sistema de cavidades es más complejo y presenta varias estancias conectadas, excavadas con mayor profundidad que en otros eremitorios del entorno".
El entorno se relaciona con otros hitos históricos de peso, como el monasterio de San Salvador de Oña y el cercano complejo kárstico de Ojo Guareña, uno de los sistemas de cuevas más extensos de Europa. "Todo forma parte de un mismo paisaje cultural donde la roca ha condicionado durante siglos la forma de habitar el territorio", escribe Viajar.