El Athletic sigue a la deriva, acumulando méritos para completar su peor participación liguera en mucho tiempo. Va de derrota en derrota y este miércoles se acostó, por ejemplo, con un Sevilla que ha estado dando lástima y desprendiendo un potente tufo a descenso soplándole en el cogote, a un solo punto. Solo hace falta esperar a que se completen los marcadores de la jornada para conocer cuál es la situación real de los rojiblancos, pero más allá de lo que refleje la clasificación, resulta evidente que los de Ernesto Valverde se han convertido en un chollo para cualquier oponente necesitado. En cuestión de tres días, Valencia y Espanyol se han beneficiado de su pobreza futbolística para solventar o casi las miserias que arrastraban. Parece que cualquiera puede a día de hoy aprovecharse de las debilidades rojiblancas para engordar su casillero, tal es la impresión que deja un rendimiento ciertamente insulso, impropio de un grupo que está dilapidando su privilegiada posición para obtener una recompensa que objetivamente no merece.

Lo presenciado este miércoles en el RCDE Stadium fue una muestra más de hasta qué punto es posible que un equipo extravíe su personalidad. Los atributos que hacían reconocible al Athletic, el nervio, la intensidad, el arrojo, el trabajo colectivo, el tesón, todo aquello que es exigible incluso cuando se ha perdido la inspiración y la creación, brilla por su ausencia, ha desaparecido del repertorio. Solo así se entiende que un grupo tan limitado en todos los sentidos como el Espanyol, acaso el más agobiado de la categoría y con razón a causa de una trayectoria horrorosa, consistente en 18 partidos consecutivos sin una victoria que echarse a la boca, rompiese su tendencia suicida. Tuvo que ser, cómo no, a costa del último adversario al que había superado, allá por el mes de diciembre. Qué cosas.

Desde que el balón se puso a rodar, quien más quien menos vio venir lo que efectivamente acabó produciéndose. Enseguida se percibió que había dos equipos transparentes, sin fachada ni trastienda, y estaban citados para dirimir un compromiso de enorme trascendencia para sus intereses. Bastante más dramática era la circunstancia del anfitrión, en riesgo de caer en zona de descenso, aunque tampoco la coyuntura del Athletic era cómoda porque se viene mostrando incapaz de levantar el vuelo, si bien su preocupación gira en torno a las probabilidades de hacerse con uno de los chollos europeos con los que este año obsequia el campeonato.

Pues con estas premisas y observando las evoluciones de unos y otros, la primera impresión apuntaba a que era cuestión de tiempo que se impusiera el que más exponía, el más necesitado. Poco fútbol, mucho miedo a tropezar. Un surtido de errores, indecisiones y acciones casuales, quiere decirse no intencionadas y sin embargo peligrosas, ya fuese por errores o el influjo del azar. Se diría que ambos jugaron a que no pasase gran cosa y, por supuesto, el Athletic en ningún momento forzó la máquina o inquietó a un enemigo que confiaba en no conceder nada y aguardar a dar el golpe de gracia a un partido que discurría sin gracia alguna. 

El Espanyol tomó la iniciativa y el Athletic, con siete cambios en la alineación, ni pasó a saludar a Dmitrovic hasta consumida la primera media hora. Todo un detalle. Luego, con el local deseando alcanzar el descanso con el 0-0 a buen recaudo, hubo un par de lances que pudieron cambiar el signo del choque. Dos balones de Unai fueron repelidos por la madera en sendas acciones embarulladas. Entonces era imposible saberlo, pero fue cuanto de fundamento fabricó en ataque un Athletic que salió en la reanudación dando la impresión de que estaba conforme con el reparto de puntos.

Lógicamente el Espanyol tenía un punto de vista diferente: una vez comprobado que el rival no estaba por la labor de amargarle la tarde, sus inaplazables obligaciones le exigían un esfuerzo extra, hacer lo imposible para deshacer la igualada y poder así respirar profundamente de una maldita vez. Y eso fue exactamente lo que aconteció. Manolo González refrescó sus piezas más ofensivas para ello y la maniobra le salió a pedir de boca. Enfilando ya el tramo final, Pere Milla se anticipó a Yeray para colocar junto al primer palo un servicio de Romero, el mejor de los suyos. Fue un remate difícil, de mérito, ante el que nada pudo hacer Simón.

Te puede interesar:

Quedaba un buen rato aún para reaccionar, pero qué va. La pelota siguió estando en campo del Athletic de manera casi permanente. El Espanyol, crecido y empujado por unas gradas que parecían celebrar un título, no cejó en su empeño por obstaculizar las tímidas evoluciones rojiblancas. Una peinada de Guruzeta, a la salida de un córner, forzó un despeje complicado de Dmitrovic, pero a eso se redujo la réplica de un conjunto que sencillamente no pudo equipararse a los futbolistas locales en los aspectos ya enumerados al principio. 

El cronómetro fue avanzando lentamente, sin que apenas ocurriesen cosas reseñables. Los pericos iban como posesos a cada disputa, se anticipaban, ganaban metros y, en definitiva, mantenían a raya a un grupo inofensivo que en el añadido recibió el segundo mazazo. Seguramente no hubiese sido indispensable para que el Espanyol se quedase con los tres puntos, pero la facilidad con la que el recién ingresado Kike García se plantó en el área fue sintomática. Hacia un rato largo ya que el Athletic no estaba en lo que celebraba. La imagen del encuentro fueron las lágrimas corriendo por el rostro del entrenador del Espanyol con el 2-0 en el marcador. Todo el sufrimiento de González concentrado en una llorera a la que podría haberse apuntado el Athletic por un motivo justificado: su deficiente desempeño, traducido en un revés que confirma su frágil estado.