La Real confirmó el pronóstico en su estadio y obtuvo el billete para la final con un fútbol regular y sin sufrir sobresalto alguno. A pesar de que el marcador de anoche fuese escueto, lo mismo que el global, el premio que otorgaba este derbi a doble partido quedó muy lejos del alcance del Athletic. Estuvo por debajo del rival en San Mamés y en Anoeta se mostró impotente para opositar con fundamento a la remontada. Un día más, la suya fue una versión deficiente, con una incidencia ridícula en ataque, que no se correspondió con la trascendencia que posee una final de Copa. Acceder a la cita cumbre sin estrenar el casillero en 180 minutos no entra en ningún cálculo, pero fue a cuanto llegó la apuesta de los rojiblancos. En ningún momento flotó la impresión de que conseguirían, al menos, poner algo de emoción, de picante al derbi. Faltó energía e ingenio, en el cuarto cruce de la temporada con la Real, el Athletic volvió a ejercer el rol del débil.

Ni cabe agarrarse a la polémica intervención del VAR, decisivo para que Oyarzabal batiese a Padilla desde los once metros en el tramo final. Fue una acción que se puede castigar, un agarrón demasiado aparatoso de Galarreta a Herrera en un córner, pero centrar el análisis en ese instante carece de sentido visto el rendimiento de los hombres de Ernesto Valverde. Su falta de recursos para percutir y forzar los errores del oponente, la anodina propuesta que ofrecieron a lo largo de muchísimos minutos, siempre más pendientes de las maniobras ajenas, lo cual traslucía ausencia de confianza, de fe en sus posibilidades, no compensa ni por asomo el par de arreones que protagonizaron. Decepción es el término que describe con precisión el sentir que produjo la actuación que brindaron en términos generales.

Se trataba de una maravillosa oportunidad de arreglar el año. Meterse en otra final hubiese servido para aparcar ese tono negativo que ha presidido el período que va de septiembre a febrero. Siendo verdad que todavía resta la baza continental a través de la liga a modo de último cartucho, no puede por menos que reconocerse que la expectativa generada por el duelo con la Real se ha visto ampliamente defraudada. Y es que los niveles de competitividad y fiabilidad de este Athletic dan para bien poco.

50

En imágenes: gran ambiente entre las aficiones de Athletic y Real Sociedad Markel Fernández/ Arnaitz Rubio

El efecto de la tensión fue palpable desde el inicio y aunque hubo alternativas, también fases de igualdad sin apenas incidencias destacadas, dio la sensación de que ninguno de los equipos lograba soltarse. El temor al error o a asumir riesgos fue una constante y mediatizó el desarrollo del juego. Pero si esa tónica favoreció a alguien fue a la Real, que gestionaba una ventaja en el marcador. Y también la iniciativa y el mayor peligro tuvieron color local. Más minutos de balón y una intencionalidad que cristalizó en varios apuros en el área de Padilla, mientras que los ratos en que el Athletic merodeó zona de remate se concentraron en el mismo comienzo y muy cerca ya del descanso. En el resto del tiempo se impuso la propuesta de Matarazzo, con el Athletic centrado en resistir, con muy escasa producción con pelota.

Después de un arranque muy vivo, con las líneas muy altas, el Athletic no tardó en plegar velas. Si pretendió intimidar, no dio la impresión de lograrlo. En cuanto el anfitrión acertó a ligar tres pases, imprimió velocidad y se lanzó arriba con decisión. Las faltas, sin la debida prudencia, que cometieron los rojiblancos en ese rato permitieron que Soler se luciese, al igual que Padilla que palmeó un venenoso golpe franco. Hubo que esperar para volver a ver en acción a los delanteros de la Real pues, aunque se jugaba en terreno visitante, les costaba ligar acciones profundas. Alguien dirá que la fórmula de los tres centrales que dispuso Valverde resultó, pero no dejó de ser una limitación a la hora de avanzar líneas y seguro que Vivian se sintió incómodo ante la amenaza de un Barrenetxea que le encaraba lejos de su posición favorita.

Cerca de la media hora, Laporte se anticipó al límite a Aramburu a la altura del primer palo, seguido Oyarzabal proyectó la carrera de Guedes y menos mal que el pase de la muerte del luso quedó interrumpido porque Barrenetxea estaba solo para fusilar. Y de inmediato, la misma jugada, Guedes recibiendo del capitán al espacio y Soler que no puede conectar el pase, provocando el choque de Paredes y Padilla. Constatar que la mayoría de los avances realistas nacieron de pérdidas del Athletic, algunas penosas.

De repente pareció que la Real estaba deseando llegar al intermedio y el Athletic se apropió de un turno para inquietar. Sin dirigir un remate a portería, pero volcado en torno al área de Marrero vino a decir que seguía vivo. Así todo, Guedes estuvo cerca de armarla gorda en su enésima escapada, pero con escaso ángulo apuntó al lateral de la red. Del vestuario salió un Athletic mejorado, con Berenguer e Iñaki Williams más participativos. Eso sí, Guruzeta continuó sin contacto con nadie, una isla.

Te puede interesar:

Matarazzo asumió que el panorama se nublaba y metió un par de cambios. El ingreso de Herrera tuvo un peso considerable, no ya porque provocase el penalti, sino porque se hizo el amo del círculo central, le dio aire a Gurrutxaga y la Real recuperó el mando. El venezolano incluso acarició el gol en un córner. Los refrescos de Valverde, en cambio, no aportaron. El resto tampoco emitía señales positivas. Salvo un chut cruzado de Berenguer y un par de centros sin destinatario, nada de nada.

Y el cronómetro que no se detenía. Pero el Athletic no sabía cómo forzar los acontecimientos. La dinámica apuntaba al 0-0 hasta que llegó el penalti. Luego, con prisas, Vesga tuvo la única ocasión de la noche, pero Marrero tiró de reflejos. Aún Padilla trabajó a fondo y vio cómo la madera evitaba que Oskarsson ampliase la distancia. Triste adiós a la Copa.