El Athletic sacó adelante un compromiso donde el triunfo era algo más que un simple objetivo. Ofreció una actuación correcta, pragmática, sin alardes, acorde a lo que cabe exigirle ante un rival que desprende un fuerte olor a descenso. Imponerse al Levante era un deber imperioso en el actual contexto, sin margen alguno para excusas. Una obligación en el plano teórico, antes de que se disputase el encuentro, y qué decir una vez comprobada sobre la hierba la talla del cuadro dirigido por Julián Calero. Pero por encima de la objetiva fragilidad ajena, lo nuclear era que el Athletic exponía muchísimo en esta cita. Eran tres puntos innegociables por una mera cuestión de prestigio y por las urgencias acumuladas y las razonablemente previstas a partir del grado de máxima dificultad que augura el calendario inmediato.

En definitiva, en vísperas de medirse a Real Madrid y Atlético nadie quería o se atrevía siquiera a barajar la posibilidad de regresar de Valencia con las manos vacías o con un triste empate en el bolsillo. Lo que no fuese ganar equivalía a abrir de par en par las puertas de una crisis que hasta la fecha ha permanecido latente, dicho finamente. Resulta innegable que el Athletic vive un período complicado, pero este sábado realizó una acertada lectura de lo que el compromiso requería y, muy importante, despejó posibles nubarrones por la vía rápida.

Era el guion idóneo: un gol prontito seguido de un concienzudo trabajo colectivo para anular toda opción de réplica por parte de un conjunto sin argumentos sólidos para competir en la élite. Ampliar la ventaja sin llegar al descanso equivalía a rubricar la sentencia del Levante. Así sucedió y aunque en el segundo acto el anfitrión mostró un perfil mejorado, la victoria nunca estuvo en cuestión.  

Enseguida comprobó el Athletic que el famélico balance del Levante en su campo no era fruto de la casualidad. Se había plantado en su terreno desde el saque de centro y en la primera combinación en que pudo profundizar estrenó su cuenta. La facilidad con la que se asociaron Nico Williams, Berenguer y Navarro es difícil de presenciar en un encuentro de la máxima categoría, pero esa jugada no fue algo excepcional. Durante el primer tiempo pudo el Athletic incrementar su renta en diversas oportunidades ante la pasividad y la descolocación del adversario.

En el 0-1, Navarro embocó en el área chica sin nadie que le importunase, pero de similar comodidad disfrutó Berenguer para desmarcarse y servirle el pase paralelo, perfecto. Acciones de similar factura se vieron posteriormente, unas cuantas, la más nítida a cargo de Nico Williams, quien se benefició de un robo a cargo de Rego en la enésima muestra de la flojera del anfitrión, que se dejaba robar la cartera en cualquier zona del campo. El tiro del extremo, previo recorte en carrera a su par, lo sacó debajo del larguero Matturro, con Ryan superado en su salida del marco. Luego, otro intento suyo iría a estrellarse en la madera.

Navarro acariciaría el segundo de su cuenta poco después y esta ocasión se produjo en una fase en que el Levante pareció despertar, en el sentido de que por fin pudo atravesar la línea del centro del campo y ligar algunos pases, ninguno con la suficiente precisión como para generar problemas a la zaga de un Athletic que para entonces, era obvio, se estaba tomando un respiro de manera inconsciente. Y es que resultaba sencillo controlar la situación, apretar las clavijas con la presión avanzada y meter una marcha más en vertical para dar sensación de auténtico peligro. Observar la gesticulación de un Calero desesperado, que no sabía qué hacer para que su tropa reaccionase y al menos ganase un par de disputas, o escuchar las muestras de desagrado de una afición que no se resigna, eran síntomas elocuentes del cariz que tomó el evento.

La estructura de mantequilla que vestía de azulgrana no logró impedir que después un córner botado por el Levante Berenguer montase una contra que finiquitó con una vaselina Nico Williams para deleite de los cientos de seguidores que ocupaban una de las esquinas más cercanas a esa portería. Y para rematar la faena, Simón desvió la única señal emitida por el Levante en ataque, una volea envenenada a cargo de Etta Eyong, habilitado por Vivian en un envío al espacio.

A la vuelta de vestuarios el asunto adquirió otro tono. Espabiló el Levante, impulsado por el orgullo y un triple cambio de claro corte ofensivo. Entonces sí se asistió a una pelea más equilibrada, con Simón elevando su protagonismo en tres lances difíciles y la colaboración del VAR para anular un gol Romero en fuera de juego. Ahí es probable que el Athletic acusase el esfuerzo y no se entendió que Valverde se mostrase tan remiso en refrescar sus filas. Lo hizo muy tarde y cuando el inconformismo del Levante había perdido punch. Pero no cabe negar que el gol rondó el área de un Athletic forzado a emplearse a fondo; los aires de suficiencia de la primera parte dejaron de ser útiles.

Hubo que remangarse, en general resistió con eficacia, gracias al empeño de los medios, la concentración de Paredes, Lekue y Yuri, así como los respiros generados por las conducciones de Berenguer. Pero fue significativo que el Athletic únicamente gozase de una jugada para ampliar la ventaja, mientras el Levante encadenó media docena de aproximaciones relevantes. Eso sí, clamorosa: Berenguer templó, Nico cedió en corto al primer toque y a puerta vacía Guruzeta remató el aire, la pelota se le escurrió por debajo de la bota derecha de modo increíble. Una anécdota en una tarde que discurrió y acabó como la coyuntura exigía.