la crónica

La siesta, un lujo carísimo

El Athletic llega media hora tarde al partido y le cuesta la derrota ante un Valladolid que, agotado y con fortuna, al final eludió el empate

09.02.2020 | 02:19
Los jugadores del Athletic, abatidos después del partido en Valladolid, donde acudieron dos mil aficionados rojiblancos. Foto: Pablo Viñas

El Athletic llega media hora tarde al partido y le cuesta la derrota ante un Valladolid

VALLADOLID 1-0 ATHLETIC

VALLADOLID: Masip; Moyano, Kiko Olivas, Calero, Nacho; Waldo (Min. 76, Toni), Alcaraz, Míchel, Óscar Plano (Min. 65, Antoñito); Unal y Guardiola (Min. 82, Joaquín).

0 - Athletic Club: Goles: Árbitro: Incidencias:

ATHLETIC: Iago Herrerín; Capa (Min. 59, Aduriz), Unai Núñez, Yeray, Yuri; Dani García, San José; De Marcos, Muniain (Min. 68, Ibai), Córdoba (Min. 46, Raúl García); Williams.

Gol: 1-0: Min. 21; Waldo.

Árbitro: Mateu Lahoz (Comité Valenciano). Mostró cartulina amarilla a Óscar Plano (Min. 10), Míchel (Min. 35), Alcaraz (Min. 41), Borja (Min. 50), Toni (Min. 84), del Valladolid, y a Capa (Min. 30), Dani García (Min. 31), San José (Min. 55), Aduriz (Min. 90) y Muniain (Min. 90)..

Incidencias: Partido correspondiente a la trigésimo sexta jornada de LaLiga Santander, disputado en el estadio José Zorrilla ante 22.151 espectadores, entre ellos cerca de dos mil aficionados del Athletic.

La renta adquirida a lo largo de la segunda vuelta le permite al Athletic mantener encendida la llama de Europa, de hecho a falta de dos jornadas para la conclusión del campeonato sigue dependiendo de sí mismo, aunque se diría que se está desinflando. Es al menos lo que indican sus actuaciones más recientes, incluida la ofrecida en el José Zorrilla, donde se presentó con media hora de retraso. Semejante concesión resultó fatal pese a que acabó más entero que un rival agarrotado por la responsabilidad y fundido por el esfuerzo. Dispuso el Athletic de situaciones de sobra para siquiera eludir la derrota en la fase final, pero durante el tramo inicial también se expuso a recibir un severo correctivo. El Valladolid saltó al campo como corresponde a un candidato al descenso, increíblemente no halló oposición alguna y mereció bastante más premio que el solitario gol firmado por Waldo. Luego la cosa se fue igualando hasta cambiar de color, pero el marcador se negó a registrarlo.

Cuesta hallar una explicación a la puesta en escena de los hombres de Gaizka Garitano, que en definitiva fue lo que les condenó. Sin herir sensibilidades no es fácil buscar un calificativo que refleje el déficit de actitud, la ausencia de tensión, el papelón que a coro interpretó el Athletic en el arranque de una cita sobre cuya importancia no es preciso incidir. El semblante del técnico era suficientemente elocuente al respecto. El Valladolid posee sus armas, qué duda cabe, pero fue sorprendente las facilidades que halló para desplegarlas. Sus lógicas angustias se transformaron en un chorro de aire fresco gracias al caudal de energía que invirtió de entrada, favorecido por el monumental despiste del Athletic. El cuadro local se puso a coleccionar oportunidades en el área de Herrerín y si bien no marcó hasta el minuto 21, para entonces había acariciado el gol con inusitada frecuencia

La impuntualidad del Athletic tuvo un costo menor si se analiza el repaso a que fue sometido por un equipo dinámico, atrevido, que tocaba con alegría y terminaba cada ataque con un intento de remate. Nadie sujetaba, todos parecían desubicados, así era en realidad porque de lo contrario no cabe entender una diferencia tan exagerada entre los contendientes. Garitano recuperó a Yeray, Capa y Dani García, miembros de pleno derecho en su guarda pretoriana, pero Iñigo, sometido a una prueba de última hora, no llegó a tiempo, y escogió a Muniain como enlace dejando a Raúl García en el banquillo. Establecer una relación causa-efecto entre la alineación y el desaguisado resulta tentador, tanto como simplista. Al fin y al cabo se trataba de una formación perfectamente reconocible.

Tras asistir impotente al meneo de los pucelanos y consumida media hora, el equipo acertó a dar tres pases seguidos y Muniain se encontró solo ante Masip. El capitán cabeceó horrible, pero los sobrexcitados hombres que dirige Sergio González tomaron nota de la advertencia. Cedieron la posesión y un trozo de campo en la esperanza de alcanzar el descanso sin daños. No necesitaron emplearse a fondo, la inspiración no se dignó a asomar entre los rojiblancos, como ilustró el desperdicio del balón parado.

Volvió con brío el Valladolid en el segundo acto, a ver si sentenciaba, se supone. Cerca estuvo Unal, una pesadilla para los centrales, pero pronto se percibió la influencia del miedo a perder el botín que le colocaba fuera del descenso. Para entonces Raúl García era de la partida y no tardó en agregarse Aduriz, en el lugar de un Capa que opositaba a la segunda amarilla. San José, en plancha, abrió la serie de llegadas que ya no cesaría. La iniciativa era claramente visitante y se traducía en un empuje muy elemental, pero útil para saltarse las líneas del Valladolid.

AGOBIO LOCAL La fortaleza física y el amor propio fueron decantando el duelo, también Ibai colaboró con un par de centros venenosos, pero entre que Masip quiso hacer su particular aportación y, por ejemplo, le sacó a Raúl García una vaselina que se veía dentro, que la madera escupió un cabezazo de Núñez a la salida de un córner y que Williams, que se fue agigantando por momentos, no halló postura cómoda para culminar o la defensa por acumulación de personal desbarató alguna ocasión franca, la reacción rojiblanca quedó en agua de borrajas.

El Valladolid no podía con las botas, en el último cuarto de hora se dedicó a poner mil y un trabas para que el juego no fuese fluido. Eso que se suele llamar el otro fútbol fue el recurso al que se aferró, con despejes largos sin rubor alguno, faltas, pérdidas de tiempo en cada saque y constantes simulaciones de lesiones. Un espectáculo angustioso desde la perspectiva de un club que conoce muy bien el significado de perder la categoría; un drama apenas compensado por las gradas, que rugían en su afán de insuflar aliento a unos futbolistas excesivamente castigados a esas alturas. Y el Athletic, pues sí, percutió con la agresividad que le caracteriza y que ayer olvidó incorporar a su repertorio durante demasiados minutos. Una ligereza imperdonable que rumiaría en su regreso a casa y que le obliga a echar el resto el próximo fin de semana en San Mamés ante el Celta, otro rival que se juega el pescuezo.

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