bilbao. Cuando venía a esta entrevista me han dicho ¡qué tema más triste! Ayúdeme a desdramatizar el problema del daño cerebral.

Nuestra estrategia es que a los pacientes y a sus familias les explicamos las oportunidades y los problemas se minimizan. Nosotros intentamos rehabilitar a la gente cuando tiene un daño cerebral por una hemorragia, un tumor o un traumatismo. Trabajamos para sacar de ese cerebro lo máximo para recuperar en la medida que se pueda sus funciones. Que el paciente pueda vestirse, lavarse las dientes, partir el filete, hacer pipi, actividades del día a día... Luego hay funciones instrumentales como escribir o hacer una transacción en el banco que son más complicadas de conseguir.

Alguna gente asocia el hospital de Gorliz con los paliativos y, sin embargo, ustedes también enseñan a vivir.

Sí, aquí también tenemos pacientes que reaprenden. Intentamos enseñarles a hablar de nuevo y quizá no vuelvan a ser oradores maravillosos, pero igual conseguimos que se hagan entender. En Gorliz apostamos por conseguir autonomía y funcionalidad. Independientemente de la situación, hay que buscar oportunidades. Yo digo que las dificultades las pone la vida y las soluciones intentamos ponerlas nosotros.

El hospital dispone de una Escuela de Daño Cerebral donde familiares y pacientes aprenden a convivir con su enfermedad.

Sí. Es muy difícil de entender cómo en cinco minutos te ha pasado esto en el cerebro y por qué tienes el brazo rígido o la pierna inmóvil y por qué ya no puedes hablar. En la escuela les explicamos por qué les ha pasado eso y les enseñamos a eliminar o a convivir con sus miedos. Y también vemos qué se puede hacer tras el alta. Porque sobre todo damos información de qué va a pasar después, de qué ayudas dispone, qué ejercicios pueden realizar para mejorar sus déficits. En definitiva, intentamos que el paciente y su familia aprendan a manejarse.

Y en un trance como éste ¿a quién es más fácil sacarle media sonrisa al enfermo o al familiar ?

Es traumático para todo el mundo. Cuando te das cuenta que no mueves la mano o que no puedes expresar lo que piensas, es angustioso. Sobre todo cuando el afectado es joven, algo que cada día pasa más. Alguien que estaba trabajando y en media hora está tumbado con medio lado paralizado. Hay un grupo semanal en el que las familias se escuchan, y a través de sus experiencias, ven esa segunda oportunidad que ofrece la vida. Porque hay vida después de un daño cerebral.

¿Cómo se consigue vivir y abordar la enfermedad con normalidad?

Aprendiendo a vivir con ello. Hay que decir que muchas veces se recupera más agilidad andando, más habilidad en las manos con mayor destreza... aunque normalmente queda un déficit.

¿Los pacientes que más atienden son los que han sufrido un ictus?

Sí, la gran mayoría que ingresa ha sufrido un accidente cerebrovascular. Es muy difícil que entendamos porqué pasa ya que no avisa. Y a veces es como sentirse atrapado en un cuerpo que no te pertenece. Es el sentimiento de Mar Adentro.

Hay películas que ayudan más que cualquier tratado de medicina.

Sí, como la peli francesa Intocable, la del noble francés tetrapléjico. Él tiene una lesión irrecuperable pero en su vida lo que intenta es tener el mayor grado de autonomía y vivir su dolencia en positivo. Además llega el cuidador y le dice tú estas en una silla de ruedas y no puedes hacer esto, esto y aquello, pero sí puedes hacer esto y esto y lo otro.

La ayuda emocional es definitiva.

La familia y los cuidadores son la mitad del tratamiento. Los primeros sentimientos que afloran son de rabia, ira y frustración. Sin embargo, cuando salen de aquí no piensan lo mismo porque hemos transformado las debilidades en fortalezas.

A veces cuando se habla de un ictus se piensa en Jaime de Marichalar que aparentemente se ha recuperado bien. ¿Sirve de ejemplo?

O María Escario que tuvo un ictus leve que no le condicionó el habla ni lo cognitivo de una manera seria. Motoramente ha funcionado bien y le ha afectado poco. Aunque nosotros vemos casos mucho más graves.

Alguna historia bonita que contar...

Tuvimos el caso de un chico rumano que se había caído de un obra e ingresó en estado vegetativo y cuando salió, lo hizo andando. Casos como estos hacen que te reconcilies con la profesión y con el mundo. Y eso es una satisfacción enorme. Igual que cuando al cabo de seis meses ves a un paciente muy mejorado y compruebas que, al fin, los recursos sociales le han llegado.