'Tocando' vino junto a... el hombre orquesta

Dicen que hacer vino es cosa de apasionados, máxima que se convierte en agradable realidad tantas y tantas veces

29.10.2020 | 17:55
Rodrigo Fernández, técnico en Enología y elaborador de vino.

La pasión de Rodrigo se pone de manifiesto con muchos detalles: por ejemplo, con una cata campera en la bodeguita de Briones (La Rioja) donde elabora los caldos, en la conversación profunda y romántica en torno a lo que se está haciendo, en el esfuerzo personal por sacar adelante lo que es toda una aventura, y en las ganas de seguir aprendiendo. Y también en algunas opiniones que expresa ante el auditorio, en este caso breve y formado por un grupo de amigos que visitan estas instalaciones diferentes, ubicadas en una finca con césped, caballos y picadero a las afueras del pueblo de Briones (La Rioja), donde un mastín y unos frutales ponen decoración adecuada pero distinta a una bodega –Brinos, reza su fachada–, que a veces no parece tal.

"El viticultor es el 99% del resultado", dice Rodrigo, aunque quizá no acierte del todo en tal aseveración. O, abundando en la idea, "cuando se tiene uva buena lo que puedes es joderla en la bodega". El caso es que después de iniciar una aventura en solitario en 2016, sin medios para empezar, con mucha ayuda de amigos y conocidos (que agradece de corazón en cuanto puede), con unas instalaciones físicas prácticamente prestadas (la bodega de fabricar más un hermosísimo calado con varias alturas y vistas al Ebro ya en el pueblo) y una gran inversión de esfuerzo y energías, ahora atisba, después de unas añadas complicadas que no le ayudaron nada los dos primeros años, un futuro razonable, sobre todo por la uva de 2019.

Tiene Rodrigo ya dos vinos en la calle, el Fuente de Mosito, un tinto 80% tempranillo y 20% garnacha de curioso nombre que evoca un episodio de la Guerra Civil (es un lugar en el que se ocultaba su abuelo; Rodrigo lleva muchas cosas al terreno de lo personal, de lo próximo), y el blanco El hombre orquesta, en homenaje en este caso a sí mismo, porque este es un hombre plurihabilidoso, que igual le da a un roto que a un descosido. Por ejemplo, a inventar y patentar, ya en 2004, una volteadora para los cajones de vino, que consiste en una doble uña giratoria encajada en una Fenwick, que ahorra mucho trabajo manual y que fue premiada por la Asociación de Inventores de España.

Pero están al caer unos cuantos vinos nuevos de esta casa (El hombre orquesta es también el nombre genérico de la bodega elaboradora), que son objeto de la cata en un día soleado y tranquilo de primeros de octubre, vinos de la añada 2019 que verán la luz cuando terminen de crecer y que llevarán en la etiqueta el número 666, también por circunstancias personales que poco o nada tienen que ver con el día de la bestia, con una letra que indica su composición monovarietal: 666 M de mazuelo, V de viura (este será blanco), T de tempranillo y G de graciano.
Rodrigo Fernández cree que el vino no es de donde se elabora, sino de donde crecen las uvas. En su caso vienen de Labastida y de Briñas, y aunque los rectores del mundo del vino no opinan igual que él, no le han puesto inconveniente alguno en que reconozca a los productores en la contraetiqueta, y es lo que ha hecho imprimiendo en ella sus nombres.


La cata


Llega hasta la finquita Javi, un amigo del mismo Briones, y comienza el festival, al amparo de un queso de Ataun, rotundo, de un espectacular chorizo y un salchichón, ambos locales y cortados a navaja, como procede en faenas camperas. Reparto de copas, envinado y pipeta en mano Rodrigo se dirige a la primera barrica de madera, donde un mazuelo cien por cien añada 2019 espera el tramo que le queda para salir al mercado en una producción limitada, pero que sorprende por su frescura, su medida acidez, sus aromas (y sabores) afrutados, y por la facilidad con la que llega. La cata, a partir de ahí, irá in crescendo en cuanto a la complejidad de lo que va apareciendo y el mazuelo tendrá segunda oportunidad más adelante; para entonces cambia un tanto y deja ya un agradable retrogusto que hace presagiar que la inicial facilidad esconde rincones más complejos.

Nuevamente armado con la pipeta de extraer y distribuir entre los asistentes, aparece un vino compuesto en tercios por garnacha, mazuelo y tempranillo, uvas procedentes de viñas viejas en su mayoría (ay, cuánta garnacha se ha arrancado sin excesivo fundamento).

Este vino presenta gran estructura, es más complejo y se le nota a la primera de cambio la madera, que el anterior ocultaba perfectamente. Un vino serio que incluso deja entrever su puntito mentolado. Crecerá, y se espera que bastante, durante la crianza en botella.

El tercer pase vuelve a subir la apuesta: se trata de un tempranillo cien por cien con estructura y volumen, un vino de peso, serio, tánico, potente y que, como suele decirse, se pega al paladar. Redondo en boca y con una cierta aspereza, pero de la buena; un vino para bocas trabajadas.

Llega la hora de cambiar de escenario y los coches se dirigen a Briones, pueblo vinatero donde los haya, de larguísima tradición y trufado de bodegas y calados. Un pueblo hermoso aunque venido a menos en cuanto a población, que a finales del XIX sobrepasó los 3.000 habitantes mientras que hoy no llega a los 800, pero en el que si de algo se sabe es de vino, no por casualidad en sus tierras y calles se grabó buena parte de Gran Reserva, serie de expresivo nombre que TVE emitió allá por el año 2010. Parada rápida en la bodega familiar de Javi, que anda en labores de remover la uva que fermenta en varias barricas (luego probaremos alguno de sus productos y son extraordinarios. "Hago este vino con los sobrantes de mi hermano y sin tener mucha idea", dice; pues más vale, porque si llega a saber...).

Sin embargo, la meta está poco más arriba, en la bodega de catar de El hombre orquesta, donde esperan en espectacular balconada unos tomates de la huerta, unos pimientos asados y unos caparrones de Casalarreina bien sacramentados, con costilla, careta, morcilla y chorizo. Comida noble y recia con la que seguir probando vino, por ejemplo uno monovarietal de garnacha, recientemente embotellado, que resulta elegante, amable, fácil de beber, de esos que dicen que pueden recuperar a la juventud para el consumo de un producto que es exquisitez y cultura, pero siempre amenazado por los nuevos usos.

Como no se reproducen las conversaciones en los medios de comunicación, quedan éstas en el coleto y el recuerdo de los asistentes. La vista de los meandros del Ebro, la vía del tren, Labastida enfrente protegida por la sierra Cantabria, y el verde de los campos, no invita a abandonar tan agradable escenario, pero ya tardea y se impone un café en la más que espaciosa plaza local. Rápida visita a la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, espectacular, que preside y defiende a la población con robusta torre, y que fuera construida en el siglo XVI, de fábrica de sillería y concebida en planta de salón según el estilo gótico isabelino.

Y vuelta a casa, a esperar a que lleguen al mercado los vinos recién descubiertos. Lo harán cuando completen su crianza, para lo que no queda tanto, y como queda dicho en tirada reducida. Rodrigo se despide comentando que nació "en vendimias". Quizá sea eso lo que transmite a los vinos que diseña. Porque el agricultor será el 99%, quizá no tanto, pero la mano de quien los fermenta, los trasiega, los protege en madera, los cuida y los embotella vaya que si se nota. Y su personalidad peculiar también. La de un auténtico hombre orquesta, solo que en este caso, y por fortuna, no se dedica al pentagrama sino a la viticultura.