La de Mediaset es una crisis existencial y de modelo de programación, más allá de su transformación como grupo mediático paneuropeo, de nombre MFE-MediaForEurope y con sede en Países Bajos.

En España no le pueden ir peor las cosas. Según el panel de audiencias del pasado febrero, Telecinco ocupa la cuarta plaza en las preferencias de la gente, con un 8,7%, lejos de Antena 3, que reúne el 13%, y de La 1 de TVE, con el 12,3%. Acaso su canal secundario, Cuatro, le proporciona el falso éxito de empatar con La Sexta a fuerza de degradarse.

En sus informativos el derrumbe es espectacular, con sus grandes fichajes, Carlos Franganillo y María Casado, ofreciendo los registros más bajos. En este contexto se ha producido la dimisión de su presidenta, la donostiarra Cristina Garmendia, exministra con Zapatero, tras apenas año y medio en el cargo.

Porque Mediaset ha abrazado el discurso de la ultraderecha y nada es menos rentable que encabronar al espectador. ¿Sabe Telecinco hacer algo más que realitys? ¿Es capaz de definir productos que superen la época de la telebasura y la destrucción moral de la sociedad con comadreos de braga y bragueta?

Deriva neofranquista

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La torpeza de Alessandro Salem y su equipo tiene como símbolo la deriva neofranquista de Cuatro en sus espacios Horizonte, de Iker Jiménez, y Código 10, de Nacho Abad, convertidos en orgías ultra y reunión de desinformadores. Ahora, todo lo que toca Iker lo convierte en mierda y en su charca de odios y embustes chapotea y se enriquece.

Cabe dudar de si Telecinco y demás emisoras de Mediaset tienen sitio en la televisión actual, carentes de ideas y alternativas frente a Antena 3, TVE y autonómicas. Sus caras más visibles –Ana Rosa, Jorge Javier, Mejide, Sobera– engañan y embrutecen, junto a la cadena en estado de desesperación.